Por J. Jesús López García

Cuando Leopoldo Batres (1852-1926), considerado el arqueólogo oficial del periodo porfiriano comenzó el programa de excavaciones y consolidación de las estructuras piramidales de Teotihuacán con motivo del centenario, entonces, de la Independencia de México, el “descubrimiento” de ese importante sitio arqueológico era una realidad que se remontaba siglos atrás hasta la época de apogeo mexica pues fueron los aztecas quienes al revelar las ruinas de la ya antiquísima ciudad la bautizaron como hoy la conocemos “Lugar donde fueron hechos los dioses; ciudad de los dioses” y la consideraron parte importante de su cosmovisión.

Lo cierto es que desde entonces y pasando el periodo virreinal y el primer siglo del México Independiente, el lugar estuvo cubriéndose de tierra y vegetación hasta desaparecer de la vista de cualquier visitante. En fotografías antiguas puede apreciarse la gran pirámide del Sol solamente en una vaga silueta tomándose por un cerro. De la misma manera siglos atrás la ciudad antigua de Roma estuvo parcialmente oculta durante toda la Edad Media, el Renacimiento y parte del siglo XVII hasta que en el siglo XVIII comenzó su excavación coincidiendo ello también con el nacimiento formal de la disciplina arqueológica. Constancia de lo anterior son los grabados de las vistas de la ciudad de Roma del arquitecto y grabador Giovanni Battista Piranesi (1720-1778) en donde aparecen las vetustas ruinas entre cabras y partes dispersas de los viejos edificios que posiblemente resultaron en esa posición por los esfuerzos de las excavaciones.

Las ciudades ocultas son comunes en todas las culturas y en todos los periodos de la historia, sólo ver en el Mapamundi lugares que en el Medio Oriente inician con el prefijo “Tel” como Tel Aviv. Eso indica que anterior a esos lugares -algunos aún asiento de alguna ciudad-, en el mismo sitio se ubicaba uno o más asentamientos humanos que en superposición a un pueblo viejo o ya para entonces inexistente, se iban refundando. Lo mismo de hecho ocurrió con Tenochtitlán que al ser arrasada sirvió como fundamento de la ciudad española, sobre la cual se levantaría la actual ciudad de México.

Las viejas ciudades poseen una aura casi mística y su “descubrimiento” tiene mucho de aventura y romanticismo, sin embargo en nuestros tiempos corrientes donde toda construcción de ladrillo y concreto tiende a perdurar mucho más allá de las que las viejas fincas de adobe o madera, los edificios también se van ocultando de manera paulatina y parcial con el correr de los años que por cierto no necesitan ser muchos -digamos como los siglos que llevó a la Edad Media para ocultar a la ciudad de Roma-, sino que en pocos lustros la apertura o ampliación de calles, el entubamiento de arroyos, la elevación de bardas para delimitar propiedades subdivididas o la ocupación de los paramentos de un edificio por usos parciales, como el comercio realizado desde la fachada misma de un inmueble o tantas acciones que se operan sobre las ciudades contemporáneas debido a su incesante actividad social o económica van constituyendo factores del ocultamiento de edificios.

En Aguascalientes hasta hace unas pocas décadas fincas importantes como la Escuela de Cristo en el andador Juárez, primera escuela pública formal en nuestra ciudad, se encontraban detrás de obras completas que por accidentes de la historia urbana iban relegando a esos edificios patrimoniales en calidad de bodegones pendientes de ser demolidos, sin embargo esos fenómenos suceden a diferentes tipos de inmuebles, algunos de más valor, otros carentes de él pero todos parte de episodios importantes o aislados de la historia de nuestra ciudad capital.

Circulando por la acera sur de la avenida Ayuntamiento, sobre un interminable muro de ladrillo se asoma una porción interesante del Hotel San Marcos al que se accede desde la avenida José María Chávez, como desde hace décadas cuando a la llegada desde México el hotel era de los primeros moteles en Aguascalientes junto al Motel Medrano -cuando esa palabra solamente designaba a la comodidad de recibir a todo huésped con un estacionamiento privado-.

Al abrir la avenida Ayuntamiento sobre lo que era el cauce del arroyo del Cedazo las dimensiones del terreno del hotel probablemente se disminuyeron y se le construyó una barda para protegerlo del tránsito rodado que quedó mucho más debajo de su nivel de desplante. Al transitar en auto -ya que la avenida no da mucha opción a transitarla de otra manera-, esta porción de la edificación pasa desapercibida, lo que es una verdadera lástima ya que tiene rasgos de diseño atractivos que si bien corresponden a los de la arquitectura moderna realizada en las décadas 40, 50 y 60 del pasado siglo XX, tienen un vago parecido formal a algunas de las obras del arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959)

Esta cara “oculta” del edificio ha hecho que se mantenga más o menos fiel a su constitución original, lo que incentiva a quienes gustamos de ejercer observaciones cuasi “arqueológicas” sobre la ciudad moderna. Hallazgos como el ejemplo descrito representa conocer Aguascalientes en su recóndita arquitectura para aquilatarla en su justo valor.