Por J. Jesús López García

Cuando los ingenieros Maurice Koechlin (1856-1946) y Émile Nouguier (1841-1897), llevaron una propuesta estructural a su jefe Alexandre Gustave Eiffel (1832-1923), que consistía en enormes elementos que partiendo de cuatro puntos convergían 300 metros arriba en un solo punto, el ingeniero rechazó en principio el planteamiento rescatándolo de su memoria cuando al ánimo de la Exposición Universal de París en 1889, pudo ganar el concurso con la participación en el diseño del arquitecto Stephen Sauvestre (1847-1919) quien finalmente delineó la forma definitiva.
A muchos parisinos les resultó un adefesio al que solamente toleraron por ser en inicio provisional que habría de desmontarse una vez pasada la exposición. Realmente su desmantelamiento resultaría costoso y además la torre que era un prodigio de la ingeniería y del diseño francés, era un emblema de modernidad para la Ciudad Luz.
En nuestro tiempo, la remoción de la Torre Eiffel se viviría como pérdida y no como alivio, lo que sucedería si los puentes de Brooklyn y de Manhattan en Nueva York desapareciesen, y es que no es solamente la utilidad de una construcción como infraestructura, sino su imagen ante los habitantes de una urbe, lo que va estableciendo parte de un imaginario muy difícil de desmontar para bien o para mal.
Lo que ocurre hoy, es que la complejidad de las ciudades obligan a instrumentar más medios técnicos, servicios e instalaciones que modifican completamente la percepción de los espacios públicos, alterando de paso el modo de habitar esos entornos donde varía la dinámica de los traslados, de la mezcla de usos de suelo y de la participación de sectores de población que trastocan la dinámica de su movimiento por la ciudad, de sus hábitos de consumo, y así de múltiples factores que dan a cualquier sitio, una percepción completamente diferente.
Fotos antiguas en las que apreciamos edificios que conocemos, presentan a veces un aspecto muy diferente: a aquella iglesia le falta una torre, la fachada de esa finca tiene un acabado diferente, tal calle es una terracería sin banquetas y tal otra es un arroyo bordeado por algunos árboles frondosos donde ahora es una banqueta flanqueada por locales comerciales y cocheras. Pero aún más que las modificaciones a la arquitectura, saltan a la vista las obras de infraestructura, especialmente las viales que tienen el potencial de atraer más vehículos, más gente, más servicios.
En primer anillo sur que en la esquina noroeste con la avenida Mahatma Gandhi el edificio Piscis con su arquitectura del último tercio del siglo XX destacó en la imagen del sitio, ahora sometida por el paso elevado de ese tramo, y gradualmente la nueva imagen se va asentando en el paraje, condicionando éste al resto dela zona.
Y es ahí en ese momento y lugar cuando caemos en cuenta de que esa parte de la ciudad es totalmente diferente a la que conocíamos. En principio nos impacta la apertura de la obra, pero es al paso del tiempo cuando finalmente comprendemos que el lugar no es el mismo, en adelante será otro distinto.
Las ciudades tienen una constante principal: el cambio; éste es constante en las ciudades vivas de la modernidad en su necesidad de adaptarse a los retos que una población creciente, heterogénea y diversa le somete cotidianamente. Puentes, antenas, túneles, avenidas y muchos otros elementos urbanos más, van delineando la imagen de la ciudad con la misma fuerza que lo hacen los edificios de gran envergadura, pero su apariencia utilitaria parece disminuir el peso de su percepción, lo que es engañoso, pues el pasaje urbano cambia completamente si nos proponemos observarlo aún con un mínimo de atención.
Las ciudades son orgánicas. El cambio por ello se potencia en ellas pues la edad, el uso y las costumbres van dejando las huellas de su desarrollo, manifestadas en la infraestructura.