Jesús Eduardo Martín Jáuregui

14 Nissan es la única fecha que se menciona en el Nuevo Testamento. No hay referencias cronológicas ni de acontecimientos históricos que permitan precisar los sucesos de la Pasión de Cristo. El acontecimiento que habría de datar la historia en el mundo occidental y prácticamente en el mundo de los negocios de todo el mundo no quedó registrado, y, si se registró no se ha encontrado el dato en ningún monumento o documento de la época, y sí, en los elaborados varias décadas y algunos varios siglos después del suceso. El nacimiento de Jesucristo no fue consignado por los historiadores ni romanos ni judíos, ni romano-judíos como Flavio Josefo, que vivió en el primer siglo, liberto de un ciudadano romano que adoptó el nomen de su ex dueño como parte de los iura patronatus, obligaciones que los esclavos liberados conservaban con respecto a los que habían sido sus dueños y a sus familias.

14 Nissan es la fecha de la crucifixión y muerte de Jesús el Cristo. De creer a los glosadores que luego aderezarían los cuatro relatos seleccionados como auténticos por los primeros concilios, la muerte lo sorprendió, Eli, Eli, lama sabactani, a los treinta y tres años. Cifra imposible si consideramos que Herodes el Grande, a quien se atribuye en los relatos sagrados la persecución de los Santos Inocentes, entre los que se encontraba Jesús niño, falleció lo sabemos con precisión por los documentos, estos sí históricos según se dice, el año 4 antes de nuestra era, lo que plantea una disyuntiva, o bien la huida a Egipto no aconteció o bien el Cristo nació antes del año 4 de la era a la que dio su nombre. Para perplejidad de los que sin guía nos adentramos en estos vericuetos de la lectura aventurada del libro de libros, 14 Nissan no cayó en viernes en el año 33, lo que parece corroborar la segunda hipótesis, que podría también presentar otra cuestión adicional, que el Cristo no falleció de 33 años, edad que, por otra parte, tiene resonancias “cabalísticas”, que es una forma impropia de decir, porque las 10 sefirots de la Cabala no tienen que ver con los juegos numéricos que se les adjudican. 33 alude más a las doctrinas iniciáticas de Pitágoras continuadas por sus seguidores pitagóricos, el Uno es el origen, que se duplica y al sumarse en el Tres, da lugar al número perfecto, que prefigura la doctrina del hilemorfismo presente también en la trinidad hindú y en la egipcia, para más señas. Dicho sea de paso la doctrina del Hilemorfismo la desarrolla magistralmente Paolo Dezza en su libro introductorio a la filosofía que se detiene en razón de su fe, en abordar el misterio de la Santísima Trinidad apoyado en un Aristóteles cristianizado por Tomás de Aquino.

La crucifixión era una pena infamante, reservada para aquellos romanos que no se hubiesen comportado como un buen pater familiae abusando de un menor a su cuidado, cometiendo perjurio, o engañando al censor para eludir sus responsabilidades militares o fiscales, o hurtando el bulto al cuestor encargado de la recaudación de impuestos, lo que solía hacer con un cesta de mimbre denominada fiscus de donde derivó el adjetivo fiscal que califica la actividad tributaria. La declaración de infamia tenía consecuencias terribles, la suspensión de los derechos públicos y privados, la expulsión de los territorios romanos llamada ostracismo porque la decisión se tomaba por los Comicios Curiados contando las ostras insaculadas, es decir, metidas en uno de dos sacos, el de la deportación o el de la permanencia en Roma. Por cierto, el Censo era el conteo que realizaban los censores para determinar el número de ciudadanos, de sus dependientes o familia, de sus arrimados o clientela, y en general de los habitantes del Imperio. Por razones de orden los habitantes tenían que ocurrir cada 5 años al lugar de su nacimiento para pasar el Censo, con las terribles consecuencias apuntadas para quienes lo eludían, de allí que José, el carpintero avecindado en Nazareth, hubo de acudir con su joven esposa embarazada a la ciudad de Belén, distante más o menos 120 kilómetros lo que significaría alrededor de tres jornadas en circunstancias normales.

Los condenados a la crucifixión eran atados de brazos a la furca y conducidos de la prisión hasta el lugar donde se hubiere instalado el patíbulo, expuestos al escarnio público. El nombre furca proviene de su naturaleza: un madero bifurcado que tendría forma de “Y”. Los condenados, una vez instalado el patíbulo que fungía como base de la furca, eran colocados con la cabeza entre la “Y” y jalados lo que provocaba una inmediata y por lo tanto piadosa muerte, por la fractura de las espina dorsal a la altura del cuello. Más elaborada, la horca cuyo nombre evidentemente está emparentado con la furca original, debe producir la muerte instantánea por la fractura de las cervicales.

El “furcifer”, el condenado, era amarrado con los brazos hacia atrás y abajo unidos a los brazos de la furca. En la época de la República, unos dos siglos antes de nuestra era, la furca no era un medio para aplicar la pena de muerte, sino para exhibir a los esclavos rebeldes, que eventualmente sería combinada con los azotes propinados con vergajos hasta producir la muerte cuando la falta lo ameritara. En el caso extremo de la rebelión de Espartaco los esclavos sometidos luego de su fallida intentona fueron colgados en la furca sin provocarles la fractura, untados de brea y encendidos con antorchas formando una fúnebre iluminación humana.

Jesús reunió a sus apóstoles en la cena pascual, el cordero y el pan ázimo formaban el menú ritual. Luego los condujo al Monte de los Olivos no muy distante del lugar de la cena, donde se introdujo para orar. Allí fue aprehendido luego de la ignominiosa traición de Judas, el Judas al que Lanza del Vasto en una extraordinaria novela dota de una personalidad enigmática, atrayente, contradictoria y atormentada. Empiezan los procedimientos que anticipan el Via Crucis, de Herodes a Pilatos, Anás y Caifás. Otra vez los relatos se contraponen, sólo si la Pascua la hubieren celebrado a la usanza de los esenios, la narración evangélica de los pormenores judiciales embonaría. No están contestes los evangelistas. El proceso estuvo plagado de errores, los relatos los consignan e introducen otros. Al asumir su mandado como prefecto de Galilea, Pilatos había entrado montando su caballo al Sancto Sanctorum del templo de Salomón. Nada que ver con el pusilánime que Hollywood nos ha vendido. Roma, y ese era uno de los secretos de su dominación, respetaba las autoridades locales y se reservaba la ejecución de las sentencias, monopolizando la fuerza pública. Para Roma, el Cristo no era reo de culpas, para Judá lo era. La Profecía habría de cumplirse.

El Cristo que murió en la furca, que nada poseía, que nada atesoraba, dejó el riquísimo legado de una doctrina: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

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