Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Norteamérica, 1630. En plena época colonial, una modesta familia de Nueva Inglaterra dedica su cotidiano a actividades agrícolas, de crianza y a Dios, pues el ejercicio eclesiástico es fundamental para el sustento ideológico y formativo de su pequeño núcleo. Tal vez por ello una misteriosa entidad posa su atención en ellos y poco a poco, desde las entrañas del ominoso bosque que rodea la granja, comienza un proceso de intrusión sistemática que inicia con la desaparición del bebé de la familia, el cual tiene un destino tan horripilante que al revelarse a la tenebrosa anciana raptora y el propósito por el que ha secuestrado al infante, somos testigos de una de las escenas más escalofriantes en los anales del cine de horror, no por lo que se muestra sino por lo sugerido. Tal es el poder transgresor de “La Bruja”, la ópera prima del director Robert Eggers quien se ha enfocado en producir un filme inquietante sustentado en el cultivo gradual del miedo y la paranoia sin recurrir a la bolsa de trucos baratos tan socorrida por mediocres cineastas como James Wan (“La Noche del Demonio”, “El Conjuro” y anexas) o Scott Derrickson (“Siniestro”). Eggers demuestra que no se requiere ni de un elevado presupuesto o de triquiñuelas sonoras abruptas para producir escalofríos en el espectador.
La cinta en cuestión recorre dos rumbos paralelos igualmente efectivos: la amenaza que representa esa enemiga sobrenatural y los efectos que produce en la familia, la cual comienza un proceso de desmoronamiento al punto de verse orillados a enfrentarse entre ellos, movidos por la angustia y la ignorancia propias de la época y su convicción católica. Este último elemento juega un papel crucial, ya que el contraste entre su satánica adversaria y los fundamentos teológicos a los que se aferran los protagonistas -en particular el patriarca, interpretado con mucha soltura y convicción por Ralph Ineson (“Ready Player One: Comienza el Juego”)- plantea de manera simbólica la dualidad de la condición humana, a la vez que se plantea como un motor dramático valido sustentado en un cuadro de actores sorprendentemente mimetizados en sus papeles, en particular la joven protagonista Anya Taylor-Joy quien no solo conduce emocionalmente la narrativa de este filme sino que la catapultó a las grandes ligas como sus protagónicos en “Fragmentado” (Shyamalan, E.U., 2016) y la inminente “Nuevos Mutantes” (Boone, E.U., 2019), así como personajes tan bien construidos que el pánico producido en el espectador se debe más por lo que les pueda suceder que por aquello que sí ocurre (entre otras cosas: ataques de una imponente cabra negra, la posible posesión de un hijo, sangre que brota de lugares insospechados, etc.), minando la potencia de la imaginería sobrenatural en favor del terror antropocéntrico. Todo esto trabajado con mesura y mucha atención a la construcción narrativa, culminando de forma eficaz y aterradora, no por lo que se muestra, sino por lo que implica. “La Bruja”, con sus breves recursos financieros y austera puesta en escena, da cátedra de atmósfera y tensión psicológica a cualquier remedo de cine de horror como “La Monja” (Hardy, E.U., 2018) que se le ponga enfrente, poniendo además un sortilegio de fascinación y miedo a los cinéfilos necesitados de una experiencia cinematográfica intensa e inteligente.
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