Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Una epopeya migratoria

Un jovencito llamado Juan (Brandon Lopez), nuestro personaje principal, mira como cae la nieve como sólo un hombre viejo que mora en su interior puede mirar. De origen guatemalteco, ha llegado a los Estados Unidos pagando varias cuotas emocionales que lo han transformado, mutado en aquel ser que debió extraviar su alma por seguir la senda del hambre que provoca vivir en el Tercer Mundo y venderse a sí mismo como peón de un destino cruel que lo colocó como pieza en este juego llamado pobreza: un inmigrante. Su historia comienza desde su país de origen donde se gesta la odisea de llegar al país anglosajón en compañía de sus colegas Samuel (Carlos Chajón) y Sara (Karen Martínez), ésta última caracterizándose como niño para sortear los brutales y abusivos baches en el camino. Durante la travesía conocen a Chauk (Rodolfo Domínguez), un joven indígena chiapaneco que no habla español, pero se gana la simpatía de Sara. Su único plan consistente es llegar a Norteamérica, pero conforme el trayecto comienza a tornarse vertiginoso y varios elementos ponen incluso en riesgo sus vidas, las cosas cambiarán para todos, comenzando un proceso de desgrane donde no todos verán a la tierra de la libertad, pues sus caminos siempre se pavimentan con la sangre de quienes aspiran a llegar ahí.
El director Diego Quemada-Diez, quien debuta en el terreno de los largometrajes después de una serie de cortos y una interesante carrera en lides técnicas para producciones norteamericanas, construye un ejercicio en contemplación narrativa donde logra aproximarse a cabal intimidad con sus personajes al punto que cada espectador se convierte en un integrante más del grupo protagónico, pues su sensibilidad plástica y compositiva tiende al documental, logrando un efecto de realidad que golpea como mazo ante los eventos que se verifican y que no mencionaré para no diluir su potencia, basta decir que fluyen con naturalidad y sin efectismos baratos. Quemada-Diez logra conjugar no sólo un proyecto de lirismo sociopolítico (el dedo jamás abandona el renglón del desequilibrio económico que obliga a muchas personas a abandonar sus hogares para buscar oportunidades que casi nunca llegan y sus sueños pisoteados o ultrajados en el camino) con la corrección narrativa fílmica, sino que obsequia una de las mejores cintas mexicanas en lo que va del siglo por su concreción dramática, fuerza histriónica y limpieza narrativa, despreciando la pompa o aparatosidad de un Iñárritu o la insoportable petulancia de un Reygadas. Una poesía ruda y pura que nos orilla a contemplar, como Juan, el devenir mientras las lágrimas se contienen y genuino antídoto para el veneno almibarado que representa la mayoría de la producción fílmica nacional saturada de comedias románticas y bobas.

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