Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Nina Sayers (Natalie Portman) se encuentra frente a un espejo mas no le agrada lo que ve. Dicha superficie reflejante le muestra su verdadera naturaleza, aquella que anida en ominosos nichos horadados por el constante golpeteo de una cotidianidad donde habitan complejos de inferioridad, megalomanía suprimida, sexualidad truncada y dominación materna. Por cierto, el espejo está roto… y ella también.
Tal imaginería es la que puebla el pasado trabajo del destacado cineasta Darren Aronofsky, quien retoma su línea ideoléctica ya prefigurada en sus anteriores proyectos (“Pi, el Orden del Caos”, “Réquiem por un sueño”, “El luchador”) donde las obsesiones desmedidas, el desgaste corporal y el empecinamiento en la autodestrucción juegan un papel trascendental en paralelo con el involutivo derrumbe psicológico y emocional de sus personajes. En esta ocasión la “afortunada” es Natalie Portman, quien crece histriónicamente ante nuestros ojos en su papel de Nina, una virginal bailarina de ballet del Centro Lincoln en Nueva York y que sueña (literalmente) con obtener el papel de la princesa Odette en una moderna puesta en escena del clásico de Tchaikovsky “El Lago de los Cisnes”, dirigida por el severo y autocrático Thomas Leroy (un Vincent Cassell espléndido, como de costumbre). Leroy (apellido cuya traducción al francés es, muy apropiadamente, “El Rey”) decide desplazar a la veterana ‘prima ballerina’ Beth McIntyre (una irreconocible pero destacable Winona Ryder quien se desaliña como un espejismo a lo que sería posteriormente su presencia en la serie “Stranger Things”) y reemplazarla por Nina. A partir de este momento una guerra de voluntades se entabla entre el personaje de Portman y su madre (la excelente Barbara Hershey), una ex bailarina de personalidad sofocante y con posibles filias que involucran a Lily (Mila Kunis), bailarina consumada que rivaliza tanto en ambiciones como en posición a la protagonista dentro de la compañía de ballet, Leroy y sus absorbentes métodos para dirigir y motivar dicha compañía (en un punto del filme, Cassell le asigna a su grupo una tarea para esa noche: tocarse onanistamente, para que vivan un poco Un verdadero maestro) y, como punto nodal de la cinta, con ella misma, ya que su psique se debate entre la entrega total a las puras y castas características que distinguen en la obra a el Cisne Blanco o la sumisión total a las perversas y aberrantes tendencias homicidas que caracterizan a Odile, el Cisne Negro y a la vez oscuro reflejo de Odette. Es en este punto cuando el personaje localizará su verdadera naturaleza y distinguir al filme de fantasías clásicas ambientadas en el universo del ballet como “Las Zapatillas Rojas” (tanto el cuento de Hans Christian Andersen como su magnífica adaptación cinematográfica de 1948) o “La Chica de Petrovka” (Miller, E.U., 1974).
La acostumbrada mano firme de Aronofsky en las lides técnicas para procurar atmósferas intrigantes y decadentes y un guión muy logrado cortesía de la tríada integrada por Mark Heyman, Andrés Heinz y John MacLoughlin permiten un desarrollo narrativo fluido y de ritmo enriquecido por la ambivalente estructura argumental. Sin embargo, como suele ocurrir con la mayoría de los directores de línea iconoclasta (especialmente con individuos de esta casta como Peter Greenaway o Terrence Malick), ciertas secuencias poseen una carga excesiva en su construcción simbólica, tornándolas visualmente llamativas pero infortunadamente todo un lastre para una clara exploración de la ya de por sí oscura psicosexualidad del relato, vistiendo de forzado barroquismo una anécdota que, por sus características minimalistas e introspectivas, procedería con mayor éxito en las vías de la sobriedad.
Sin embargo, el verdadero triunfo reside en el desempeño de sus protagonistas, ya que el sobresaliente cuadro de actores jamás permite que los intrincados laberintos somáticos de sus personajes rebasen sus capacidades, logrando una verdadera mímesis con su deteriorada y detallada psicología, otra virtud anexa a las habilidades como director de Aronofsky, quien siempre logra contener todo estridentismo histriónico a pesar de las exuberantes características de sus personajes.
La búsqueda de una identidad para la femineidad contemporánea requiere de una labor analítica y seria que logre desafanarse de incómodos estereotipos validados por los medios que minimizan el potencial visceral e intelectivo de la mujer, más allá de los dramas pueriles y telenovelas que fatídicamente infantilizan la potencialidad del sexo opuesto, posturas patéticamente validadas ahora por un presidente norteamericano cuyo modelo de trato a las damas es un demoledor “grab’em by the pussy”. “El Cisne Negro” permite ese atisbo al sombrío proceso de dualidad identataria al que toda fémina debe confrontar pero se resiste debido a este sometimiento cultural donde el único santuario que debe adorar es la cocina o los ídolos administrativos. Sin lugar a dudas, este es un filme que celebra un genuino empoderamiento femenino sin condescendencia y, como tal, debe ser apreciado por su público meta. Y por lo hombres también, claro está, particularmente en esta época.
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