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Agencia Reforma

MADRID, España.-La Covid-19 y el ictus hemorrágico son una combinación mortal, que aumenta el riesgo de muerte hasta 2,4 veces entre los pacientes que presentan este binomio en comparación con los que sólo sufrieron ictus hemorrágicos, según un estudio nacional dirigido por científicos de la University of Utah Health, en Estados Unidos. Los pacientes que sobrevivieron tuvieron estancias hospitalarias más largas, más complicaciones médicas y resultados menos favorables que los que no tenían ambas afecciones. Las minorías raciales y étnicas y los obesos o diabéticos se encontraban entre los más vulnerables, según publican los investigadores en la revista ‘PLOS ONE’.

“Este es uno de los primeros estudios que documentan que, en los pacientes con ictus hemorrágico que tienen COVID-19 comórbido, existe un riesgo significativamente elevado de muerte en el hospital –dice el doctor Adam de Havenon, autor principal del estudio y profesor asistente de neurología en la U of U Health–. Este hallazgo justifica un estudio adicional y un tratamiento potencialmente más agresivo de cualquiera de las dos condiciones”.

Estudios recientes sugieren que la COVID-19 aumenta el riesgo de accidentes cerebrovasculares isquémicos, el tipo más común de ictus, que se producen por la obstrucción de una arteria que suministra sangre al cerebro. Sin embargo, se sabe poco sobre la asociación entre COVID-19 y los accidentes cerebrovasculares hemorrágicos.

Los accidentes cerebrovasculares hemorrágicos son causados por un vaso debilitado que se rompe y sangra en el cerebro circundante. Hay dos tipos de accidentes cerebrovasculares hemorrágicos: La hemorragia intracerebral (HIC) está causada por una hemorragia dentro del propio tejido cerebral, mientras que la hemorragia subaracnoidea (HSA) está causada por una hemorragia de una arteria dañada en la superficie del cerebro.

Accediendo a una base de datos de asistencia sanitaria de uso común, de Havenon y sus colegas analizaron los registros médicos de 568 hospitales de todo el país. Compararon los ingresos hospitalarios de 23.378 pacientes con ictus hemorrágico sin COVID-19 en 2019 con 771 pacientes ingresados en 2020 con COVID-19 que también tuvieron ictus hemorrágico antes o después del ingreso hospitalario.

Los 559 pacientes con COVID-19 e HIC comórbidos tuvieron una mayor tasa de mortalidad intrahospitalaria (46% frente al 18%), junto con estancias hospitalarias más largas (21 días frente a 10 días) y estancias más largas en la unidad de cuidados intensivos (UCI) (16 días frente a 6 días). Solo uno de cada cuatro de estos pacientes tuvo un resultado de alta favorable, lo que significa que se fue a casa o a un centro de rehabilitación. En cambio, cerca de la mitad de los pacientes con HIC de 2019 tuvieron resultados favorables.

Los investigadores encontraron un patrón similar entre los 212 pacientes con COVID-19/SAH: un mayor porcentaje de muerte en el hospital (43% frente al 15% entre los controles), estancias hospitalarias más largas (27 días frente a 13 días) y estancias más largas en la UCI (22 días frente a 9 días). Sólo el 31% de estos pacientes tuvo un resultado de alta favorable, en comparación con el 65% entre el grupo de control de 2019.

Durante sus estancias en el hospital, los pacientes con HIC y HSA con COVID-19 tuvieron más probabilidades de ser intubados y de sufrir un síndrome coronario agudo, insuficiencia renal aguda o embolias pulmonares que los que sólo sufrieron un ictus hemorrágico.

Casi la mitad de los pacientes ingresados con COVID-19 no tuvieron ictus por HIC o HSA hasta después de su ingreso en el hospital. La razón no está clara, pero los pacientes ingresados con COVID-19 tenían más probabilidades de recibir fármacos anticoagulantes, lo que podría aumentar el riesgo de ictus hemorrágico, según de Havenon. Los investigadores tienen previsto investigar este fenómeno en futuros estudios.

Mientras que los blancos representaron más de la mitad de los accidentes cerebrovasculares hemorrágicos en el grupo de control de 2019, los negros, los hispanos, los asiáticos y otros grupos étnicos representaron la mayoría de los accidentes cerebrovasculares entre los que también tenían COVID-19. Los investigadores planean hacer un seguimiento de estos resultados también.

Una de las limitaciones del estudio fueron las diferencias en los códigos de facturación de los hospitales para la HIC y la HSA, que pueden dificultar su diferenciación. El estudio tampoco incluyó información sobre la dosis de medicamentos anticoagulantes, lo que podría explicar algunos de los accidentes cerebrovasculares.

Para los médicos, este estudio ofrece la oportunidad de adaptar los tratamientos para los pacientes con accidentes cerebrovasculares hemorrágicos que tienen COVID-19 como enfermedad comórbida, dice el doctor Ramesh Grandhi, neurocirujano en la U of U Health.

“A veces, como médicos, vemos cosas en el día a día, a nivel de paciente a paciente, que no nos ayudan mucho –reconoce Grandhi–. Pero ver un conjunto de datos más amplio en una amplia red de hospitales nos permite ver que no se trata de incidencias aisladas. Se trata de tendencias institucionales en todo el país que podrían ayudarnos a orientar el tratamiento y desarrollar nuevas intervenciones que conduzcan a mejores resultados para estos pacientes”.