Juan Pablo Martínez Zúñiga

En teoría, Tm Burton nació para realizar esta película. Su pasión por los elementos circenses, en particular aquellos que destacen sus aristas macabras o surreales, aderezan varias de sus cintas (“Beetlejuice”, “La Gran Aventura de Pee Wee”) o forman parte integral de la trama (“Batman Regresa”, “El Gran Pez”). Pero algo ha ocurrido con el otrora wünderkind de Hollywood, pues sus últimas producciones adolecen de un patente extravío narrativo como si filmara más por fuerza que por gusto, abandonando la pureza de sus excéntricos, malformados e inadaptados personajes por la seguridad que brindan los argumentos aptos para todo público. Y esto afecta gravemente a “Dumbo”, una puesta al día del clásico animado de 1941 con actores y paquidermo protagonista generado por computadora cuya historia se desenvuelve íntegramente en la atmósfera de un circo, mas ofreciendo un resultado tan despatarrado y desapasionado que nos orilla irremediablemente a preguntarnos si Burton simplemente puede continuar funcionando como narrador.
Este remake tiene la virtud de desapegarse lo suficiente al material original y atreverse a crear una historia que emplea la animación original como base, construyendo una senda nueva. El problema es que nada termina por superar los arquetipos comunes y los nuevos personajes no sólo se muestran debilitados en cuanto a motivación y psicología, también la trama misma se ve afectada al construirse sobre los hombros de varias producciones previas similares, en particular “Bronco Billy” (1980) de Clint Eastwood, con lo que respecta a la dinámica entre dos personajes principales, y casi cualquier otro filme donde algún animal con propiedades casi mágicas cambia el destino de sus circundantes. Ausente queda el ratón Timoteo para darle lugar a dos niños huérfanos de madre, Milly (Nico Parker) y Joe Farrier (Finley Hobbins), pequeños hermanos que viven en el circo de los Hermanos Medici aun si sólo es gobernado con clemencia y astucia por Max Medici (Danny DeVito), quien ve por la seguridad e integridad de su negocio y trabajadores ante el difícil panorama financiero que atraviesan debido a la 2ª Guerra Mundial. Las cosas logran alegrarse un poco ante dos eventos primordiales: la llegada de Holt (Colin Farrell), el padre de los pequeños, del frente de batalla a costa de su brazo derecho, y el nacimiento de un pequeño elefante, a quien bautizan Dumbo después de unos estropicios causados por sus enormes orejas. Los chicos se encariñarán con él y descubren que al inhalar una pluma por su trompa, sus orejas se despliegan y logra lo imposible: volar. Holt se nos revela como un ser cariñoso y gentil al apoyar incondicionalmente a sus hijos a la vez que él lucha por recuperar su antigua vida como jinete en el circo y ganar algo de dinero. Pero la llegada del ominoso empresario V.A. Vandevere (Michael Keaton), capitalista muy a la imagen de Walt Disney -con parque de diversiones tecnológico y toda la cosa- quien se ha enterado de la existencia de Dumbo y su peculiar habilidad, cambiará todo. Sus maquinaciones lo llevan a embaucar a Medici para ser copropietario del circo y tener al elefante bajo su poder con el fin de presentar un ambicioso acto donde será montado por su esposa, la prodigiosa pero melancólica trapecista francesa Colette Marchant (Eva Green), quien poco a poco comenzará a caer en los brazos de Holt mientras su codicioso marido trama quedarse con todo.
Los componentes básicos que nos remiten directamente a la cinta original se encuentran aquí, como la separación de Dumbo y su madre para, posteriormente, reunirse lastimosamente al son de “Hijito de mi corazón”, los elefantes rosas ya no producto de una borrachera, sino de un acto circense y algunas escenas tomadas de la animación, con lo que se busca complacer a los admiradores del filme fuente, y por ello dichas escenas jamás ingresan orgánicamente a la narración, pues el enfoque es para los nuevos personajes y acontecimientos, los cuales tienen consistencia de gruyere y planos, sin genuina consistencia o elementos que los hagan perdurar de alguna forma, ya que todos bailan la tonada de la complacencia y el cliché, creando situaciones tan melosas y predecibles que lastran cualquier intento por contar algo genuinamente nuevo. Como colofón, unas actuaciones que van de lo conformista a lo pésimo, en particular Nico Parker, quien padece del síndrome de parálisis actoral de Kristen Stewart y no muestra ningún tipo de rango histriónico o emociones de algún tipo, fatal para un personaje que se pretende empodere a las niñas como una científica en ciernes y librepensante. El colmo es que ella acapara varias de las escenas importantes, disminuyendo las capacidades de su papel y el drama con su pésima interpretación.
Tim Burton es un hombre talentoso, así lo ha demostrado con varias de sus cintas, pero “Dumbo” simplemente no es el caso, dejando que un clásico animado no sólo se vea imposibilitado para remontar el vuelo, sino además se estrelle aparatosamente. Sólo queda ver qué ocurrirá con las puestas al día de “Aladino” y “El Rey León”, todas para este año. Ojalá Disney dejara en paz las películas que hicieron su nombre y fama, sobre todo si podemos esperar algo similar como “Dumbo”.

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