Por Noé García

PRIMERA HISTORIA

Los Rodríguez González viven en un “coto” de la zona nororiente de la ciudad, el matrimonio encabezado por Clarissa de 40 años y Efrén de 45, tiene dos hijos Efraín de 16 y Santiago de 14. Están preparados para esta enfermedad, primero fueron medio incrédulos, tenían programado un viaje a España en abril, en enero y febrero que comenzaron a escuchar las noticias de la propagación de la enfermedad, sus planes seguían firmes, a mediados de marzo cambio todo y lo reprogramaron para noviembre con un costo adicional cobrado por la agencia de viajes.

Fueron de los primeros padres de familia que exigieron al colegio de sus hijos suspender clases. El sábado 14 de marzo en pleno puente vacacional, estando en una amplia reunión con la familia de Clarissa en un jardín propiedad de los abuelos. Fue donde leyeron la noticia en sus teléfonos, de que se suspenderían las clases hasta 23 de marzo para detener los posibles contagios. Después de cruzar comentarios, teorías y posibles escenarios sobre el COVID-19 en México con los congregados en esa reunión, decidieron enviar un mensaje al grupo de WhatsApp del colegio de sus hijos “¿Qué va a pasar en el colegio? ¿Sería una irresponsabilidad llevar a nuestros hijos el martes?” las preguntas estaban dirigidas a todos los integrantes del grupo virtual, se dieron cuenta que cuatro padres más ya habían realizado cuestionamientos similares. Llegó el martes y por supuesto no llevaron a Efraín, ni a Santi.

El domingo fueron al centro comercial a comprar una abundante despensa, rollos de papel, jabón de manos y gel antibacterial a granel, algunos juegos de mesa completaron la compra. Efrén preparó todo en su despacho de abogados para que continuara operando, con él a la distancia; el negocio de venta pays de Clarissa siguió funcionando, al fin estaba diseñado para ventas a conocidos, así como pedidos por internet y el local era para cocinarlos y pocas ventas para llevar.

La familia González Rodríguez es disciplinada en su aislamiento, salen poco a realizar el “súper”, encargan comida por las aplicaciones móviles; invitan de vez en vez el fin de semana a algunos familiares o amigos que están seguros que también han estado en aislamiento, para realizar pequeñas reuniones, ellos regresan la cortesía cuando los invitan.

Siguen las noticias, y difunden conscientemente las que podrían orientar a otros a sobre llevar dicha emergencia sanitaria. Se desesperan cada día que pasa, pero saben que el sacrificio vale la pena.

 

SEGUNDA HISTORIA

Los Flores, integrada por Don José el abuelo de unos 65 años, Carmen la madre 30 y Denisse 13, Javier de 12 y Arnold de 6 años. Viven en la zona oriente de la ciudad, rentan una pequeña casa de dos cuartos y un baño, la sala la adaptaron como taller de reparación de ropa, la vieja máquina de la fallecida abuela sirve para un dinero extra cuando vecinos les llevan alguna ropa a reparación.

Ellos comenzaron a comprender lo que implicaría la enfermedad del COVID-19 cuando el martes regresaron sus hijos de la escuela, Denisse comentó que les dijeron en la secundaria “que esa semana les dejarían tarea para la casa y la tenían que entregar por WhatsApp”; los más pequeños en la primaria les comentaron “que el que ya no quisiera ir ya no fuera y no le pondrían falta”, a Carmen en el trabajo notó que había gel antibacterial en los pasillos y les dieron un cubre bocas con la indicación que les tenía que durar tres días, trabajaba en una maquiladora. Don José salía a recoger latas de aluminio, era lo que mejor pagaba y menos hacia bulto, ya tenía una ruta de contenedores y negocios que le aseguraban dos kilos en promedio por 7 horas de recorrido; los acumulaba en el patio y cuando juntaba unos 10 kilos los llevaba en su viejo costal a vender, doscientos o trescientos pesos no caían mal a la familia.

Todos los días escuchan o leen noticias del COVID-19, Carmen le recomendó a sus hijos que no salgan y se laven las manos, compraron una bolsa extra y especial de jabón en polvo para ello. Los niños obedecen, están extrañados por cómo los adultos hablan y hablan del “coronavirus” por lo que será importante y peligroso, por lo que se entretienen turnándose el celular de Denisse para sobrellevar el aislamiento. Cuando llega su madre les presta el suyo, pero notaron que tienen que poner saldo más seguido, pues los archivos que tienen que adjuntar para las tareas se los consumen más rápido. Pero la hija mayor, Denisse se propuso cuidar a su sobrinita de 4 años, mientras su tía trabaja, le ponen 100 pesos a su celular a la semana (con la condición de que le llame por alguna urgencia con la pequeña) y le pagan 20 pesos por día, -si ya cuidaba a sus hermanos y apoyaba a su abuelo que diferencia sería cuidar a otro niño más-. El problema es cuando el niño usa más de los dos pañales que le dejan al día a su tía, ahí si es un problema.

Los domingos se la pasan todos en familia ven la televisión juntos, preparan comida y como a las seis de la tarde que comienza a bajar el sol, sale al parquecito que está a dos cuadras, llevan la pelota y los carritos, por espacio de una hora disfrutan de salir de esa pequeña casa. Regresan y todos se bañan, cenan y duermen. Sabiendo que el lunes nuevamente tendrán que seguir con sus vidas y además enfrentar al COVID-19.