Fernando López Gutiérrez

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El pasado martes, 30 de septiembre, ocurrieron dos acontecimientos que resultan de gran utilidad para comprender la relevancia del diálogo en la atención de los asuntos públicos. El primero, la inauguración del Seminario Encuentro por la Federación y la Unidad Nacional; y el segundo, la atención que brindó el Secretario de Gobernación a los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional, ante sus protestas por las modificaciones realizadas recientemente al reglamento de dicha institución.

La inauguración, llevada a cabo en el Senado de la República, había sido anunciada como un acto sin precedentes en el que participaría el Presidente Enrique Peña Nieto en interacción directa con la sociedad y las distintas fuerzas políticas del país, en torno al tema del federalismo. Sin embargo, las características del programa generaron la inconformidad de diversos senadores, principalmente del PAN, y ocasionaron que dicho partido anunciara que no se presentaría, con la posterior cancelación de la asistencia del propio titular del Ejecutivo Federal.

El resultado de lo anterior fue un acto protocolario deslucido, con poca atención mediática y reducidas aportaciones en la materia que se abordó. Debido al exceso de precauciones en torno a la interacción directa del Presidente de la República con la sociedad y sus representantes, lo que se había planteado como un espacio de participación e intercambio de ideas, terminó siendo un breve encuentro entre representantes de los diversos poderes de la unión.

En oposición a dicho acontecimiento, la disposición al diálogo del Secretario de Gobernación y su presencia ante miles de estudiantes generaron una perspectiva claramente favorable sobre la presente administración. La ciudadanía y los medios de comunicación aprobaron y celebraron el proceder de dicho funcionario, ante las inquietudes de un grupo de jóvenes que se comportó a la altura de las circunstancias.

Si bien, las características de los dos ejemplos citados son distintas, considero importante reflexionar en torno al reconocimiento que genera la apertura y la voluntad de interactuar de frente con la sociedad. La población mexicana se muestra cada vez más cansada de los anquilosados protocolos y exige con mayor vehemencia ser escuchada. Esperemos que con los acontecimientos citados nuestros representantes hayan percibido los beneficios del diálogo y estén dispuestos a promoverlo como práctica cotidiana.