Noé García Gómez

La corrupción y la impunidad en nuestro país son un problema grave y fuerte; pero algo peor es que parece que es algo que muchos se están acostumbrando a convivir y hacer parte del día a día.

Las últimas semanas fuimos testigos de capturas de capos del crimen organizado como los familiares y operadores del líder del cartel de Santa Rosa por un lado, y la captura del “Mochomo” uno de los responsables de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, ambos casos después de mediáticas detenciones fueron liberados. También escándalos del director del IMSS por adjudicaciones, las múltiples casas y los negocios del hijo del director de la Comisión Federal de Electricidad, las acusaciones de desvíos millonarios en MORENA cuando era encabezada la dirigencia por Yeidckol Polevnsky, por poner algunos ejemplos.

Pero hay que destacar, que para que la corrupción se dé, el corrupto y el corruptor son consientes que hay las condiciones idóneas y con altas probabilidades de salir impune. La impunidad es un caldo de cultivo para la corrupción.

La corrupción es un complejo fenómeno social, político y económico que afecta a todos los países del mundo. Lo preocupante es que en México va acompañada de un alto índice de impunidad lo que provoca un círculo vicioso y deleznable. En diferentes contextos, la corrupción perjudica a las instituciones, inhibe el desarrollo económico y social además de contribuir para una inestabilidad política y ensucia la imagen al exterior de un país. La corrupción destruye las bases de las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, socavando el imperio de la ley y deslegitimando la burocracia.

Tal es su magnitud, que se estima, moderadamente, que en la actualidad el 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) es lo que ocasiona de daño directo al pueblo de México. De ahí que se diga que es el impuesto más costoso que pagamos los mexicanos. El más reciente informe de Transparencia Internacional ubicó a México en el lugar 106 de 177 naciones, lo que lo coloca como uno de los países más corruptos para el organismo.

El Índice Nacional del Buen Gobierno, estima que dar una mordida cuesta en promedio 165 pesos a cada hogar de México; mientras que tres años atrás la cifra fue de 138 pesos. Además estima que en un año se dan aproximadamente 32,000 millones de pesos para, a través de la corrupción, facilitar o acelerar trámites y servicios públicos. Según las estimaciones presentadas en este índice, los mexicanos destinaron por familia 14 por ciento de sus ingresos en sobornos, con el fin de acelerar trámites o librar sanciones.

En cuanto a la impunidad, de acuerdo con un estudio presentado por el Instituto Tecnológico de Monterrey, el 98.5 por ciento de los delitos cometidos en México queda impune. El análisis también señala que del total de delitos sólo se denuncia un 22 por ciento y de esa cifra únicamente se investiga el 15 por ciento, pero para desgracia de los mexicanos y del país, nada más el cuatro por ciento de dichas investigaciones concluye; por si esto no fuera alarmante, sólo se sujeta a proceso penal a un 1.75 por ciento de los delincuentes.

Gran parte del desprestigio ganado por la clase política es por estos dos fenómenos, la realidad es que parte del ciudadano también se está quedando sin calidad moral para exigir al político, pues de una u otra medida se enclava en la dinámica, desde dando las “mordidas” a los agentes de tránsito, pagar un soborno para agilizar un trámite, etcétera- Pero lo que hay que reflexionar es qué ejemplo le estamos dado a las nuevas generaciones, en las que están nuestros hijos, hoy más que nunca se requieren de ciudadanos de temple, con calidad moral y ética para poder formar con el ejemplo a nuestros jóvenes y en un corto plazo se puedan generar cambios culturales que al menos señalen y segreguen a los agentes corruptos y corruptores.

Recordemos que el combate a la corrupción y la impunidad fue la principal bandera de campaña del hoy presidente, pero a dos años de su triunfo todavía no se ve un cambio significativo.