Agustín Lascazas

Con perdón de Perec, uso una cita suya, a falta de alguna idea mejor para titular estas líneas. Por un camino secundario, sin apenas coches, frente a un horizonte de viñedos, una gasolinera enorme y desierta, con el rumor del Duero de fondo –un día nublado y templado–, aparco en un amplio empedrado frente a la ermita. Zumban en el pastizal las abejas ebrias de azúcar. El camino cruje bajo mis pies.

Se trata de una pequeña construcción de una nave, con una espadaña con tres pequeñas campanas, sobre la cual anidan las cigüeñas. Anexo a la ermita hay lo que parece una casa; quizá la casa de un custodio, un cura (entiendo que no hay oficios regulares, salvo en la fiesta del Cristo, en mayo, con una romería cuyos detalles desconozco), quizá desierta. Tras la casa se extiende, en una pequeña elevación, una explanada de piedra con bancas y mesas del mismo material, gris. Al lado hay un pequeño Volvo blanco y sobre el muro una bicicleta. En una de estas mesas hay un sujeto anotando algo en un cuaderno. Tan reconcentrado que no repara en mi llegada.

En el muro hay una reproducción del Cristo, una imagen más del románico tardío que gótica, con los pies informes, vestido de un faldón granate, con una corona de espinas, y el INRI, de plata, en un altarcillo de arco con filigrana dorada.

De un tal F. Romero, hay un poema en alejandrinos, tallado toscamente en una pizarra, empotrada en un muro de ladrillo: “Ahí está en la penumbra de su casona/ Con su cruz con sus clavos y su corona…”

Aquí es donde alguno, como lo hice yo mismo, se preguntará por qué ese viaje de varias horas, con la última y casi la única intención de venir a esta ermita: ni soy un hombre piadoso, ni he sido tocado por la fe, y tampoco soy un tipo con especial arraigo a asuntos accidentales, como el origen y el apellido, por no hablar de mi opinión respecto a la religión organizada, el culto de las imágenes, el clero y otros asuntos.

Si buscaba sosiego, estaba en el lugar más sosegado del mundo, aunque yo mismo no sé, sigo sin saberlo, qué buscaba. Por lo pronto, entrar a la ermita, confiado en la información que consulté días antes y que decía que los domingos estaba abierta hasta el mediodía.

Entre dos columnas de un dórico ya ajado por el tiempo, el viento y el polvo, bajo una techumbre piramidal de tejas rojas, tiré de la puerta y ésta se abrió a un pequeño vestíbulo; una puerta lateral cedió y, cuando ingresé a la pequeña nave, una luz automática encendió la penumbra y las luces que dejaban ver al Cristo, en su retablo dorado, tras un enrejado de hierro que resguarda el altarcillo, bajo el ábside de horno.

Había dos letreros rogatorios: no llevar flores naturales y no encender velas o veladoras de cera; usé unas cuantas monedas de cinco céntimos que llevaba en el bolsillo para encender media docena de veladoras artificiales, en una maquinilla tragamonedas.

El silencio era conmovedor. Me senté, no sé bien del todo para qué, en el primer banco, frente al Cristo y detrás de la reja, y reparé en una hoja que estaba a mi lado. Era una oración. La leí, la dejé allí donde la había encontrado y me puse a reposar en ese silencio, con la sensación de haber escuchado ya demasiado ruido y de estar profundamente cansado. Permanecí en ese silencio diez, quince minutos. Silencio y más silencio.

Los dioses que tan elocuentes fueron en la antigüedad, hace mucho que han decidido callar. Quizá ellos mismos hastiados de tanto ruido en el mundo. Salí, al rumor del río, tras el cual se veían las orillas de Zamora, la mole de su catedral, los suburbios de la ciudad. El hombre de antes ya no estaba, como no estaban el auto ni la bicicleta.

El resto fue ir a Toro a comer a unas bodegas, pasear un rato por las orillas del Duero, ya en Tordesillas, y regresar a Madrid a entregar el auto y dejarme envolver por el trajín de una ciudad enloquecida. Llamé a mi hijo, pero era ya tarde para ir a cenar, así que caminé en medio de las multitudes hasta el hotel, sabiendo que me restaban sólo dos jornadas más antes de tener que emprender el regreso.

De alguna manera, ese peregrinar era ya una manera de comenzar el viaje de regreso, muy a mi pesar.

Abur.