Moshé Leher

Y ahí estaba yo, sentado y sintiendo ese temor reverencial que en este país nos han inculcado para con cualquiera que esté sentado del otro lado de la ventanilla. Temor tan reverencial como irracional, pues llegué a temer que la mujer empleada del INE, que observaba con aparente atención la pantalla de su ordenador (donde comencé a suponer estaban escritos mis secretos más inconfesables), me soltara un:

-Lo siento señor Leher, pero no puedo tramitarle su credencial de elector: para efectos legales usted no existe.

Me pidió que me sentara en una silla, delante de un fondo blanco, para hacerme la fotografía, lo que me causó un gran alivio; por lo menos en esta ocasión había vuelto a eludir la muerte civil, a pesar de que llevo, lo confieso, meses sin pasarme un peine por la cabeza: hasta ahora, creo, no es una falta a los códigos legales de nuestro país ir despeinado. En cambio parece que sí que lo es llevar pendiente y, peor todavía, tener la cabeza un poco ladeada por causa de una tortícolis crónica.

Me pidió, eso sí con educación exquisita (lo que habla de lo escaso que es mi trato social desde hace meses), que si me podía quitar el pendiente y, además, que si podía hacer un esfuerzo por mantener la cabeza erguida. Clic. Listo.

Me pareció correcto que me informara que ahora se pueden omitir de las nuevas credenciales dos datos: la dirección personal, que debe ser por motivos de seguridad, y la especificación del sexo. Del sexo, aclaro, que eso del género no me acaba de convencer más que como cuestión gramatical, en tanto que soy de los que pienso que la orientación sexual es un asunto de cada quién.

-Puede poner usted la hache- le dije, pensando tanto en mi condición de hombre, como en mi condición de heterosexual, un asunto que suelo llevar con discreción, pues no creo que la forma de ser de cada cual tenga que servir a ninguno para manifestar orgullo. Uno nace planta de sombra, ciudadano de Gambia, centro de mesa, hijo de la familia real de Bután y no hay mérito en ello.

Tras la toma de huellas digitales, la mujer me soltó la bomba, en forma de una pregunta que no sé qué tiene que ver para que uno sea considerado o no un elector empadronado, que es lo mismo que un ciudadano de pleno derecho.

-¿Y a qué se dedica usted?

Me quedé pasmado. Hubo tiempos en que, de acuerdo con el contexto y mi humor, podía contestar: periodista, escritor, editor de diarios o profesor universitario, sin enfrentar un dilema moral. Me encogí de hombros y, con la mirada extraviada, le dije que sencillamente no me dedicaba a nada. Podría haber dicho que escritor, uno que apenas escribe, o pintor, aunque supongo que un pintor profesional es el que además de pintar vive, de cualquier manera, de su obra. Hasta donde sé leer (a menos que a uno le pague una editorial por hacerlo), fumar, beber café y maldecir a la humanidad no son considerados un trabajo. Y no pueden ser considerados tal cosa porque a uno no le pagan por eso, a menos de que tenga un padrino en Palacio Nacional.

Salí, contaba, con un resguardo para recoger mi nueva credencial en unos días y meditando sobre que no sé de qué manera me había convertido en uno de esos que llaman ‘ninis’.

Metido en estas meditaciones, reparé en que si me pasé cuarenta años trabajando sin darle un palo al agua, tal vez recorrer el camino contrario, el del ocio, me puede llevar a amasar una considerable fortuna, en el entendido que no se me da nada mal esto de no hacer nada; es una pena que no sea yo nieto del Aga Khan, ni tenga yo muchos conocimientos sobre cómo hacer de la inopia una actividad lucrativa, como hacen no pocos potentados.

Lo que sí sé es que en este país ahora dan becas medianamente apetitosas por no hacer nada: mucho mejores que las que dan por estudiar o capacitarse para una actividad productiva. No es que sea mucho, pero para andar un camino lo importante es dar el primer paso. ¿Dónde me inscribo?

¡Mazel Tov!

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