Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La Asociación Nacional de Matadores de Toros, Novillos, Rejoneadores y Similares, rindió un homenaje, con la presencia de la gobernadora Tere Jiménez, a la Señora Ana Romero de Andrea, por su afición y apoyo constante a la torería. Las siguientes son un extracto de las palabras que me invitaron a pronunciar:

Hay seres imprescindibles, personas y cosas que de tal manera se identifican, se involucran, se interrelacionan, que no es posible imaginar unas sin las otras. Las mujeres han sido imprescindibles desde la fundación de Aguascalientes. Sería inexplicable la villa de Nuestra Señora de la Asunción sin la presencia de las valientes, abnegadas, heroicas mujeres que, soportando incomodidades y arrostrando los peligros de incursiones chichimecas, hicieron casa para la construcción de nuestra comunidad, que fue, que es y seguirá siendo un estado de ánimo. Ser aguascalentense, reitero, es un estado de ánimo, no un acta ni una fecha. Manantial, pero también crisol; fuente, pero también confluencia; unión, pero también respeto a las diferencias. Lugar de encuentro, de trabajo, de progreso.

No podemos pensar nuestro estado sin la acción y la decisión políticas de Doña María Luisa Villa de García Rojas, unida indisolublemente a la elección de un camino propio para nuestra comunidad. No es posible pensar en Aguascalientes sin el Liceo de Niñas y sin el trabajo de maestras como Vicenta Trujillo, pilar fundamental de la educación; imprescindible también el trabajo de la señora Carolina Villanueva para estructurar y modernizar un trabajo que básicamente lo hacían las mujeres en su casa, incorporando a la prenda el toque de sensibilidad y creatividad de las artesanales; imprescindible Carmelita Martín del Campo, pionera de la banca y de la política, primera presidenta municipal, gerente de un banco regional, factor fundamental del desarrollo agropecuario del estado.

Pero si se piensa en los servicios de hospitalidad, es imprescindible pensar, como ahora se dice, en la marca Andrea: sinónimo de bonhomía, de calidad, de buen servicio, de cordialidad y, en una palabra, de hospitalidad. Decir Andrea en Aguascalientes es decir calidez y atención, es decir Juan y Anita, imprescindibles como pareja e imprescindibles en la vida pública, social, cultural y taurina de nuestra comunidad.

El estilo Andrea se forja, sin duda, en torno a un hombre excepcional, Don Juan Andrea Borbolla. Baste decir esto el día de hoy, y que ese hombre excepcional lo fue, en buena medida, por una compañera excepcional. «El hombre es el estilo», decía Juan de la Encina, «pero el estilo no está completo sino lleva el toque, el tono, y para ello es fundamental la colocación». Como en el toreo, las reglas fundamentales están ahí, los tiempos básicos todos los taurinos los sabemos: citar, templar y mandar, pero la diferencia entre una obra de arte y una buena faena, entre un trasteo poderoso y un aliño, está en la precisión y oportunidad del toque, y su repetición justa para establecer el tono. Y la colocación, ah, la colocación, en el toreo como en la vida, cito a Antonio Chenel «Antoñete», la colocación es fundamental, hasta en una cantina.

Hay villamelones, hay aficionados, hay enterados, hay profesionales, pero en un estadio superior están los devotos, esos se cuecen aparte, como los Andrea, los que hacen de la fiesta de toros una devoción en la que la parafernalia, los rituales son parte fundamental del mito taurino, mito que se conserva por el ritual y ojalá por muchos años. Los Andrea han colaborado siempre para el cumplimiento cabal del ritual en lo que toca a la ceremonia previa a la corrida del vestirse de torero. Decía Carlos Llano, rector de la Universidad Panamericana, que para hacer puentes no hace falta creer en Dios, pero para hacer puentes como Dios manda, sí. Con mayor verdad podríamos decirlo del toreo en todas sus facetas: para vestirse de torero no hace falta creer en Dios, pero para vestirse como Dios manda, sí, y para ello en Aguascalientes, siempre estuvieron dispuestos los Andrea, dispuestos a hacer el avío, a echar un capotazo y entrar al quite, lo mismo si se trataba del maletilla haciendo sus pinitos, que de la figura consagrada o de los maestros, aunque bueno, ahora todos son maestros. El que no conoce a Dios a cualquier santo se le hinca. El matiz de este reconocimiento es taurino, pero la personalidad como la vocación nunca es unívoca.

Pienso en la señora Andrea en un día cualquiera, en un día normal de trabajo, tempranito en el mercado, luego en la cocina verificando la frescura y calidad de los ingredientes, recibiendo y atendiendo personalmente al hijo del carnicero y comprobando el producto, supervisando sabor y apariencia, clasificando y ordenando y dando las primeras instrucciones, paseíllo por el restaurante, la limpieza de la vajilla y la mantelería, la cuchillería en orden, la repostería a punto (déjenme hacer un guiño a la Chucha… ya), inspección a la administración, la puntualidad del personal, luego en la oficina repasando la agenda, verificando los compromisos, revisando los menús. No los hay perfectos, pero ¿qué les parecería para empezar la crema de olivas, luego el pecho de ternera y de postre, el sublime soufflé de pétalos de rosa? Anticipo del paraíso y en todo caso consuelo por si no llegamos allá. Y la señora Andrea en todas partes al mismo tiempo y siempre impecable, arreglada, guapa, amable y cordial. Unas horas más y lista para el toro y para ocupar su barrera, formando parte de la fiesta tanto como la espuerta para el torero, el maletín para los médicos o la plumilla para el escribano (aquí es donde entro yo). Imprescindible como el capote de paseo, que, como muestra de respeto, cariño y gratitud, la torería le brinda cada tarde.

Muy guapa y siempre arreglada, bueno, casi siempre, porque cometeré una pequeña indiscreción que estoy seguro de antemano que la Señora me perdonará. Una noche o madrugada, no lo sé con certeza, hubo un conato de incendio en el Hotel Francia, entonces los Andrea vivían en el hotel. La ciudad no tenía un servicio de bomberos regular y se recurrió al cuerpo de bomberos de la Maestranza, que hacían servicio voluntario para la ciudad. Afortunadamente se pudo controlar y los daños no llegaron a mayores. De primera mano, uno de los integrantes de aquel voluntariado, me platicó: licenciado, la señora Andrea tuvo que salir en bata, no estaba arreglada, pero viera que guapa. Siempre guapa, siempre amable, siempre señora, siempre taurina, siempre Ana Andrea.

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