Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 Con mis votos porque el año que comienza sea gratificante, próspero y con mucha salud.

Gustavo Arturo de Alba Mora, conocido por muchos como Don Gus, decidió la semana pasada ya no despertar. Sin estridencias, sin dar molestias, que tanto le chocaba, sin aspavientos, sencillamente, se acostó tranquilo y en la hora más profunda de la noche (Nietzche dixit) emprendió el viaje. Nada cuesta pensar que en el roster celestial de los Yanquees de N.Y. ya estaba establecido su turno al bat, o quizás ya era tiempo de poner orden en las crónicas y reseñas de tantas estrellas cinematográficas que se habían adelantado, o, ¿por qué no creerlo?, va con la misión de preparar el camino (no hay prisa) de tantos seres queridos y querientes que por acá deja.

En cierto sentido fue ingrato y, que yo sepa nunca lo había sido, porque dejó a sus más cercanos con un palmo de narices: Carmen Luz, Diego, Alejandra, Hernán y adláteres. No se despidió, pero, no hacerlo también es una forma de cortesía, cuando las cosas tienen que hacerse, se harán y ¿para qué adelantar el dolor y sufrimiento?. ¡Era tan amoroso, que no hubiera soportado una despedida!. No consuela saber que está bien o que estará mejor, el hecho es que aquí no está, y, que aunque la situación general no facilitaba la interacción, saberlo, tenerlo, leerlo y consultarlo era un bastión de afecto y de conocimientos.

Mucha gente lo conocía por Don Gus. A me daba cierto recelo que así le dijeran, pero es claro que a él le gustaba. Cuando niños, compañeros de colegio, de adolescentes, en secundaria y bachillerato, compañeros en los Escuderos de Colón, en donde se encargó del área social, amigos desde siempre y para siempre, no era infrecuente que los fines de semana o en vacaciones, pasaran tempranito su papá Don Miguel y él, alguna vez Miguelón su hermano, ni Marthita, por ser niña, ni Fernando que todavía no figuraba, y pertrechados con lonches, resorteras y alguna diversión de temporada (yoyo, balero, canicas, etc.) me llevaban al establo que en ese tiempo lo tenían en el Cariñán. Mientras Don Miguel organizaba y supervisaba el trabajo, luego de cumplir alguna tarea que nos encargaba, nos dedicábamos a lo que se dedica un niño en un rancho, explorar, saltar sobre la alfalfa, perseguir alguna liebre (las había), tirar sapitos (piedras rasantes) en algún charco o estanque, dar cuenta del almuerzo, pelearnos, contentarnos, hasta que el grito de Don Miguel nos retornaba al establo: ¡Vámonos Don Gus! (¡ya apareció el peine!, así le decía su papá) ¡Vámonos mi Supe! (Supe, ese soy yo y siempre lo he sido para mi familia y mis amigos). Regresábamos y no pocas veces llegábamos a su casa en donde Doña Quica, su mamá, siempre atareada y siempre diligente, algo tenía para ofrecernos, aunque fuera una simple tarea y luego la colación. Decirle Don Gus fue una herencia directa de Don Miguel.

De jovencillo Don Gus había perfeccionado la técnica para hacer avioncitos de papel, que fabricaba con sorprendente habilidad especialmente con los programas de los cines que, por el papel ligero con que estaban hechos y su forma alargada se prestaban para avioncitos ligeros y veloces. Entonces las funciones de cine se anunciaban en el periódico (uno solo, luego dos), en algunas mamparas colocadas estratégicamente en algunas esquinas recargadas y aseguradas con alambre en los postes de los servicios públicos y en coches con magnavoces que recorrían la ciudad anunciando las películas de los cuatro cines que había y lanzando programas hechos avioncitos y, sí, Don Gus se había acuatado (lo de cuate es otra historia) con un repartidor y conseguía un triple resultado: se paseaba en coche, lanzaba sus avioncitos y, lo mejor para su incipiente vocación de cinéfago, cinéfilo y cine-todo, lo dejaban entrar gratis al cine, gratis es un decir, porque bien que trabajaba en la repartición de los programas.

Su vocación volaba en esos programas, así como la de comunicador, por eso no fue extraño que eligiera una carrera, más o menos desconocida, en una escuela de la UNAM, la de Ciencias Políticas que todavía no alcanzaba la categoría de facultad: la de periodismo. Durante el receso obligado del movimiento del 68, en que muchos de los que entonces estudiábamos en México regresamos a Aguascalientes, un grupo de amigos, entre otros Mario García Navarro, Víctor Martínez Díaz, Sergio Flores Azco, José Luis Esparza, José de Jesús Coronel, con el apoyo de Víctor Sandoval, organizaron el primer Cine Club en Aguascalientes, antes había “cinitos”, pero este era un cine club en forma, con programas, con debates, con un espacio y proyectores de calidad y un proyeccionista de lujo. Allí también nos incrustamos Don Gus y yo, aunque nunca logró permear del todo su gusto por la comedia musical. El del western, se explica, ¡pero la comedia musical!. Y ahora, ya me lo imagino departiendo con Vincent Minelli, Stanley Donen o Gene Kelley. ¡Bienaventurados ellos que tendrán mucho de qué hablar!.

Apegado a su vocación (el beisbol era su pasión) en la ciudad de México se forjó un sólido prestigio como periodista cinematográfico, como encargado de cinetecas, trabajo también para una cadena de televisión y cultivó la amistad y cercanía del medio cultural, en particular el de la difusión y la crítica. Y, siguiendo el consejo de José Ma. Gabriel y Galán: “para ser como mi padre fue, busqué entre las hijas de esta tierra, una mujer como mi madre ella”. De sangre alteña, Carmen Luz, fue su compañera, la madre de sus hijos, su soporte y guía y ¡vaya que no pocas veces, requirió de ese soporte!. No siempre los tiempos fueron buenos tiempos.

Regresar a Aguascalientes fue una ganancia para el pueblo. Su trabajo creando y difundiendo espacios de encuentro crítico, de divulgación y reflexión marcaron un hito. Se hizo de un nombre, de un prestigio y de, algo mucho más difícil y tornadizo, del aprecio y reconocimiento generalizado, que, se ha puesto de manifiesto con su partida. Triste consuelo, pero consuelo al fin.

Te voy a extrañar Don Gus, yo también te quiero.

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