RICARDO OROZCO CASTELLANOS

Apenas la comunidad académica y artística de Aguascalientes había concluido el merecido homenaje a nuestro gran poeta Desiderio Macías Silva, en el centenario de su nacimiento, nos sobrevino la infausta noticia del fallecimiento en la Ciudad de México de la enorme poeta Dolores Castro Varela, nacida en 1923 y muerta unos días antes de cumplir los 99 años. Dedico las siguientes líneas a glosar, a modo de ejemplo de su muy fructífera carrera literaria, periodística, académica, unos cuantos encuentros en los que tuve la fortuna de compartir con ella en foros de difusión organizados por diversas instituciones culturales de nuestro estado.

El 22 de octubre de 2018, fecha señalada por el aniversario de la fundación de esta ciudad, tuve la dicha de saludar a la entrañable poeta, a esa gran mujer que fue y es doña Dolores Castro. Se presentaba al público, en esa ocasión, el volumen de su obra reunida, editado con esmero por Martha Esparza en la Universidad Autónoma de Aguascalientes en colaboración con el IMAC, con prólogo de José María Espinasa y unas memorables palabras introductorias escritas por Rocío Castro. Pasado el tiempo, hoy caigo en la cuenta de que aquella fue la última vez que escuché hablar a Dolores Castro. Lo hacía con alguna dificultad al articular las palabras; aquella dicción suya avanzaba a ritmo lento como la propia Lolita, que se movía a pasos breves y vacilantes, pero no se reñía con la extrema lucidez de su mente joven. Era una mujer alegre, en permanente florecimiento, lo cual era notable en la vivacidad de su mirada limpísima. Acercarse a ella daba la impresión de estar próximo a la luz de la fuente y escucharla era beber de la fuente de luz de la poesía. Emanaba luz y transparencia en su voz serena, la misma luminosa transparencia que se puede leer en cada verso suyo.

El libro que nos ocupaba ese día lleva un hermoso título: Río memorioso (UAA-IMAC, 2018), metáfora del fluir de la vida, imagen heracliteana aunada al concepto reposado de la memoria como una viva paradoja. Ese volumen reunía su obra completa en los tres géneros que cultivó: primordialmente la poesía, pero también la narrativa y el ensayo literario. Dos admirables amigas suyas, Martha Esparza y Rocío Castro, se habían confabulado amorosamente para editar el libro que a la postre ha venido a ser su testamento literario: el río memorioso de su vida discurre por sus 541 páginas como el viento que recorre sus paisajes interiores, como la luz de una perenne mañana de abril, el mes en que nació, presidido por el sol más intenso, en el cielo más azul del altiplano. Su poesía es, sin duda, un río memorioso plantado como un árbol de luz en su tierra natal, esta, la que hoy nos nutre y sostiene.

El mismo año, 2018, pero en el mes de marzo, había tenido lugar la dichosa circunstancia de reunir en torno suyo a medio centenar de escritores, en un Encuentro que llevaba su nombre, organizado conjuntamente por el ICA por obra y gracia de la perseverancia invencible de Claudia Quezada y por la UAA –desde el Departamento de Letras con la visión arriesgada, el ingenio y la efectividad característica de Marcela Zárate– y destinado a difundir y debatir literatura escrita por mujeres. En esa oportunidad tuve el privilegio de acompañarla tanto en su visita a la Universidad, donde participó en un conversatorio y fue entrevistada por Radio Universidad (gracias al siempre bien recordado Rafael Juárez), así como en momentos privados de su estancia, merced a la amable mediación de Rocío Castro. Confirmé entonces lo que ya sabía de ella: su sencillez nunca impostada, su trato fino y cordial, y esa absoluta elegancia de su persona que trasuntaba como un aroma fresco, amable y primaveral.

Hablemos ahora de otro día y otro libro, otra ocasión de encuentro. Hacia finales del 2010, la maestra Martha Lilia Sandoval y quien esto escribe, propusimos al Departamento de Letras de nuestra universidad la creación de una Cátedra Especial que atrajera invitados de gran nivel académico para enriquecer la formación de estudiantes y profesores. Desde el principio escogimos el nombre de Dolores Castro para significar esta iniciativa, dados los enormes méritos de la maestra y escritora. El año siguiente, la celebración del 25° aniversario de la carrera de Letras Hispánicas coincidió con la primera edición de la Cátedra Dolores Castro. En esa oportunidad, el Departamento Editorial de la UAA tuvo la excelente idea de publicar un libro extraordinario, único por su diseño y contenido. Se trata de Soy todo lo que vuela (UAA, 2011), una colección de fotografías de Carmen Amato Tejeda que ahondan el sentido de los poemas elegidos por Dolores Castro, casi todos de breve extensión, provenientes de poemarios antiguos y recientes, en particular de dos de ellos: A sombra luz (título certero, donde los haya) y el poema-libro Un corazón transfigurado, cuyo nombre es, a no dudarlo, una síntesis metafórica de lo que para Dolores debe ser el poeta y la poesía. Poesía y fotografía en connivencia total, la poesía como imagen y la imagen fotográfica como ars combinatoria de sombras y luces, poesía tejida con palabras de sombra en combustión para revelar, nunca mejor dicho, con su transparencia la luz absoluta de la belleza. Bastaría con asomarse a las páginas 76 y 77 del libro para entender lo que acabo de exponer. Allí podemos leer estos versos: “he querido decir/ y no he podido tanto/ como quisiera:/ decir/ con el fino pincel/ de la luz/ lo que la sombra calla en su volar”… y a contra cara admirar el instante eternizado en una prodigiosa fotografía de Carmen Amato: la inminencia del relámpago, la presencia del destello hacia las sombras del cerro. Revelación pura: las palabras de sombra de Dolores (“Ascender tras el ala de la sombra/ hacia destellos/ y a través de su única ventana/ atrapar/ el murmullo del sueño/ al paso de la luz/ que pasa cada vez/ como única”) y la luz de la palabra convertida en imagen por el ojo de esa “única ventana” que es la mirada de la fotógrafa.

Existe un linaje de poetas hispanoamericanas del siglo XX al que, con justicia crítica, pertenece nuestra poeta. Linaje encabezado por las cubanas Dulce María Loynaz y Fina García Marruz, la peruana Blanca Varela, la salvadoreña-nicaragüense Claribel Alegría, la uruguaya Ida Vitale, la argentina Olga Orozco y las mexicanas Rosario Castellanos y Enriqueta Ochoa. Poetas, como Dolores Castro, cuya mirada se vuelca hacia adentro y desde dentro contemplan el mundo convulso en el que habitan, poetas de una expresión lírica radical, desnuda de oropeles, esencial, en íntima comunión con las cosas; ellas produjeron una poesía alejada del narcisismo vanguardista tan propio de los “monstruos” del siglo, una poesía serena, reflexiva, que se ha quedado como raíz de la que se nutren hoy en día las nuevas y no tan nuevas voces femeninas de la poesía en lengua española.

¡Participa con tu opinión!