“¿Cómo podría yo saber que el crimen, en ocasiones, huele a madreselva…?”
Una figura envuelta en gabardina camina lentamente como si el peso del mundo cayera sobre sus hombros mientras recorre un ominoso pasillo, padeciendo cada paso mientras la cámara lo toma de cuerpo entero siempre dándonos la espalda. Titubeante, abre una puerta, ingresa y se sienta revelando a su vez un rostro fatigado y humedecido por gruesas gotas de sudor. Vacilante, toma un magnetófono de un escritorio cercano y comienza su narración con las palabras -“Lo maté por dinero… y por una mujer. No obtuve el dinero. Tampoco a la mujer”. Lo que ocurre a continuación es el desarrollo de una de las cintas norteamericanas más relevantes de la década de los cuarenta y piedra angular en la consolidación del cine negro, gran y único aporte genuino de Hollywood al discurso cinematográfico donde los antihéroes son la norma, las féminas unas tersas armas de múltiples filos y absolutamente nada es lo que parece.
En 1944 el entonces novato cineasta Billy Wilder, un inmigrante austrohúngaro con tan solo 3 cintas en su haber, dirigió “Doble Indemnización”, una adaptación del texto pulp homónimo escrito por el curtido James M. Cain (“El Cartero Llama dos Veces”) que se transfiguró en una suerte de arquetipo plástico y discursivo que definía las inquietudes narrativas y emocionales de la Norteamérica de los 40 una vez que la Segunda Guerra Mundial hiciera mella en su festivo espíritu y los contactara irremediablemente con aquellos puntos más oscuros de su naturaleza. De qué otra forma se podría explicar la sombría historia sobre un agente vendedor de seguros de nombre Walter Neff (una interpretación icónica por parte de Fred MacMurray) y su confabulación con Phillys Dietrichson (la voraz y rugiente Barbara Stanwyck) para asesinar al marido de ésta y así cobrar una jugosa póliza obtenida mediante engaños. El plan es intrincado y aparentemente a prueba de fallas. Solo resta lidiar con la hijastra de Phillys, Lola (Jean Heather), su violento “novio” Nino Zachetti (un jovencito Byron Barr) y Barton Keyes (Edward G. Robinson dando una cátedra suprema de actuación), jefe de Neff y una de las mentes más agudas y deductivas que se hayan visto en el cine (fuera de Sherlock Holmes o el Dr. House). Sin embargo, como ya lo demostrara Hitchcock en “Con ‘M’ de Muerte” (1954), no existe el crimen perfecto e inevitablemente, algo sale mal…
Las características visuales de la cinta son las que le proveen de un sello distintivo, ya que los juegos de luz y cargados claroscuros brindan una serie de atmósferas muy ad hoc a las personalidades de los personajes principales, abundando los juegos de sombras y las tomas representativas del género: muros bañados en luz entrecortada por persianas, noches lluviosas, ambientes urbanos y cierto glamour profano cuando de retratar personajes femeninos se refiere.
Las actuaciones sobrepasan la mera corrección histriónica y tanto MacMurray como Stanwyck se mimetizan fluidamente con sus personajes, construyendo entidades tan memorables como los ingeniosos diálogos que constantemente salen de sus bocas cortesía del guión-adaptación por el mismísimo Raymond Chandler y Billy Wilder, quien en su labor como director provee de fuerza dramática y ritmo sinfónico a una historia compleja, dejando ver el talento que lo caracterizaría en futuros proyectos como “El Ocaso de una Vida”(1950), “La Comezón del 7º Año” (1955) o “Una Eva y Dos Adanes” (1959). Sin embargo, “Doble Indemnización” permanecería como uno de sus trabajos que ameritan el adjetivo de “portentoso”. Un fenómeno irrepetible de una época ídem.

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