Por J. Jesús López García

En las ciudades contemporáneas se van sumando formas arquitectónicas de acuerdo al correr de los tiempos, esto derivado de técnicas y materiales constructivos que van haciéndose comunes en las diferentes épocas, pero también disposiciones y configuraciones especiales que se engarzan en el transcurrir cotidiano de las décadas que acumulan diversas maneras de experimentar la vida en comunidad.

Las ciudades antiguas eran muy homogéneas en sus formas y configuraciones arquitectónicas; solamente en las grandes metrópolis podía apreciarse esa variedad que ahora contemplamos en cualquier asentamiento humano, incluso en el más pequeño, sólo que lo dispar se expresaba en los monumentales edificios, fuesen los propios de las elites o bien en aquellos propios de la representación social. Entre más abiertas fuesen las sociedades urbanas, mayor profusión de géneros arquitectónicos, tipologías y formas. En las ciudades estado griegas puede actualmente estudiarse su arquitectura a través de templos, gliptotecas, stoas, teatros, estadios entre muchos otros tipos de edificios; en Roma mercados, gimnasios, basílicas, anfiteatros y circos, en oposición a ciudades más jerarquizadas donde templos y mausoleos eran la arquitectura dominante, supeditando el resto del acervo construido a un carácter meramente subsidiario como en el caso de la arquitectura egipcia.

Al explotar las dimensiones territoriales y demográficas de las urbes a partir de la Revolución Industrial, la gran masa humana que fue acumulándose en la geografía urbana, comenzó a ejercer una creciente presión para que edificios y espacios públicos fuesen incluyéndose en un programa constructivo cada vez más exigente de servicios colectivos; por ello, ahora tenemos inmuebles que aún dándolos por hecho como teatros, mercados públicos, plazas y jardines dentro de un extenso etcétera, son realmente parte de un acervo arquitectónico nuevo, inexistente hace 170 años -de los casi 450 que tiene de existencia nuestra ciudad, por ejemplo-.

Y lo anterior no lo es todo, pues incluso fincas de todo tipo que pertenecen al ámbito privado de ciudadanos comunes y corrientes, manifiestan también una diversidad inédita, reflejo esto de una sociedad en que la libertad de empresa y los riesgos que ello conlleva, son asumidos de manera particular, y en caso de haber fortuna, son manifestados luego en un objeto construido.

Es así como las ciudades actuales por ello manifiestan una gran diversidad en su acervo arquitectónico; cúmulo que lo mismo incluye viejos edificios previos al acceso de Aguascalientes a la modernidad industrializada, que muchísimos más enmarcados en los últimos 150 años que incluyen también intervenciones periódicas sobre fincas ya anteriormente levantadas.

La construcción es uno de los principales indicadores para medir el desempeño de la economía de un lugar y en ciertos momentos en la historia de una ciudad, ese ejercicio se manifiesta en una actividad arquitectónica intensa donde los edificios no solamente son numerosos sino también heterogéneos en sus formas y en su constitución constructiva. Se puede apreciarse en la arquitectura de Aguascalientes en el periodo que va de los años 20 a los años 50, en que algunos rasgos de la tradición conviven con algunos elementos modernos o bien, con elementos externos que ahora se nos hacen paradójicamente muy tradicionales, como la teja en color verde en la finca ubicada en la calle Héroes de Chapultepec, No. 110, elemento que viene, posiblemente de una influencia francesa o anglosajona.

La casa posee dos elementos verticales que lo asemejan a unos pilonos, con una terraza en medio; se desplanta en un primer cuerpo y guardapolvo, probablemente posterior, recubierto en laja de piedra. Un buen ejemplo de arquitectura que nos remite a una sociedad aguascalentense propia de su momento y espacio.