Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En colaboraciones anteriores se ha insistido que el regreso a clases presenciales no significa que los aprendizajes, en las escuelas, mejorarían en automático; no, no es así; el proceso educacional es complicado y complejo, porque inciden muchos factores tanto del interior como del exterior de los planteles.

Los primeros días de clases presenciales, al margen de los protocolos de sanidad, fueron de gran expectación para los alumnos al estar nuevamente en la escuela y de alegría por volver a ver a compañeros y amigos; incluso, aquellos alumnos que parecían haber abandonado la escuela por no comunicarse ni enviar trabajos a sus maestros durante el confinamiento fueron los primeros en presentarse a clases y sus padres también se veían muy entusiasmados con el regreso a las actividades presenciales de sus hijos. En los salones estaban casi todos los alumnos convocados para el reinicio de clases; se avizoraban enormes expectativas académicas. Sin embargo, entre la tercera y la cuarta semana varios alumnos empezaron a faltar, agudizándose la inasistencia en el turno vespertino de las secundarias; a grado tal que donde deberían presentarse diecisiete o dieciocho alumnos por salón, tan sólo están acudiendo ocho o nueve, y en algunos casos extremos tan sólo dos o tres. Las faltas no son por síntomas del CORONAVIRUS; la mayoría de los faltistas son aquellos estudiantes que durante Aprende en casa dejaron de comunicarse y de entregar trabajos a los maestros; es decir, son los más rezagados en los aprendizajes. Pero ahora el asunto empeora, pues estos alumnos aun cuando ya tienen la oportunidad de asistir a la escuela para que los maestros les expliquen presencial y detalladamente las clases no acuden a la escuela; y cuando los maestros les envían, vía WhatsApp, actividades de aprendizaje que deben realizar, tampoco responden y se están volviendo a “perder”. Lamentablemente, sus padres tampoco se hacen responsables de enviarlos a la escuela ni para que realicen las actividades mediante WhatsApp. Entre el 10 y el 15 % de los alumnos están provocando esta difícil situación. Los directivos escolares y los docentes están poniendo el mejor de sus esfuerzos para brindar la atención que merecen los educandos; pero si los más necesitados de regularización faltan sistemáticamente a la escuela y tampoco responden a los llamados telefónicos, difícilmente se puede avanzar en los estudios.

Algunos de estos muchachos han comentado “no hay problema por faltar a la escuela, como tampoco hay problema si no entrego los trabajos por WhatsApp, pues las autoridades han dicho que, por lo menos, puedo pasar con 6 de calificación y aunque sea con 6 puedo obtener el certificado”. Y todo indica que varios padres de familia también piensan igual. Los maestros veían venir este problema desde el momento en que las autoridades ordenaron pasar a los alumnos, mínimo con 6, aunque no hicieran trabajos durante el confinamiento.

Si se sigue con la misma política, los faltistas se multiplicarán, las aulas estarán semivacías y la educación se demeritará más aún. Las clases ya son nuevamente presenciales; todos los alumnos tienen el derecho de asistir a la escuela o de entregar los trabajos escolares a distancia. Por lo tanto, corresponde a las autoridades de la Secretaría de Educación redefinir, cuanto antes, cómo será la evaluación de los aprendizajes para los alumnos que asisten a clases presenciales y cómo para los que están estudiando a distancia. Urge esta precisión para que la conozcan los alumnos, los maestros y los padres de familia, desde el inicio de este ciclo escolar. Cuando los niños van a jugar a las canicas, desde el inicio del juego establecen reglas, así se evitan pleitos. La Secretaría de Educación debería de establecer reglas de la evaluación, de ya, para evitarse malos entendidos o malos resultados en la educación.