Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

La anticipada suspensión de clases, debido a la contingencia por el coronavirus, hizo notar las diferencias que hay, en el uso de las tecnologías, entre las escuelas oficiales de educación básica y los colegios particulares del mismo nivel. La Secretaría de Educación Pública, a través de las autoridades locales, dio la indicación que los días laborables, suspendidos por la contingencia, deberían compensarse con trabajos que los alumnos deben hacer desde sus hogares, utilizando equipos tecnológicos para establecer comunicación digital (con fines de aprendizaje) entre los alumnos, los maestros y las escuelas.
Tan pronto como se dio la indicación anterior, las escuelas privadas de inmediato asignaron tareas e investigaciones académicas a sus alumnos con el objeto de que, desde sus casas, las realicen para continuar desarrollando y aprendiendo los contenidos de los programas de estudio, correspondientes a los días que no acudirán a la escuela. Para tales efectos, estas escuelas (casi en su totalidad) disponen de plataformas digitales que han instalado en sus planteles (con distintos costos) para su uso permanente durante los días del ciclo escolar; de tal manera que para los alumnos de los colegios no fue ninguna novedad hacer los trabajos digitalmente, porque están acostumbrados a ello y porque, también, cuentan con computadoras e internet en sus casas.
En tal virtud, la semana pasada y ésta, estos alumnos han estado enviando a sus maestros, digitalmente, los trabajos de acuerdo con los temas señalados; y los docentes, a su vez, los han estado revisando, enviándoles (por el mismo medio) las observaciones, las evaluaciones y formas de cómo mejorar los aprendizajes, con el apoyo de sus padres.
En las escuelas públicas el panorama es diferente; en la generalidad, éstas carecen de plataformas (salvo las que excepcionalmente algunos docentes usan), y son pocas las que tienen computadoras funcionando y más pocas aun las que tienen internet (pero para uso administrativo). Hay algunos alumnos que cuentan con celulares, pero éstos están prohibidos en los salones de clase. Ante este orden de cosas, las maestras y los maestros de las escuelas públicas encomendaron a los alumnos hacer trabajos digitales si disponen de algún equipo electrónico en su casa y si no, los trabajos se realizarán en sus cuadernos, con el apoyo de sus padres.
Si a las escuelas públicas las hubieran dotado de computadoras y de internet, como las autoridades han dicho en sus discursos en los últimos veinte años, la situación de estas escuelas sería totalmente diferente y los aprendizajes de los alumnos también serían diferentes. Alguien dirá que la federación no enviaba los recursos para estos fines. Hacienda, mediante la Secretaría de Educación, sí radicó presupuestos millonarios para el equipamiento de las escuelas, conforme lo programado y presupuestado. Por citar un ejemplo: en el ciclo escolar 2010 – 2011, la federación radicó, localmente, 520 millones de pesos para la compra de computadoras y la conectividad en las escuelas. Este presupuesto era suficiente para entregarle una computadora a cada alumno de las escuelas secundarias; sin embargo, ese dinero, hasta la fecha, no se sabe, de bien a bien, a dónde fue a parar; a pesar de auditorías y más auditorías. El problema de las escuelas públicas, pues, no es la falta de recursos sino la deshonestidad. Ciertamente, hubo administraciones que hicieron esfuerzos responsables por dotar a ciertas escuelas de computadoras (veinte o treinta a cada una), pero éstas, por falta de mantenimiento y con el paso de los años han quedado en chatarra.
Los docentes, de las escuelas públicas, han sido justos y flexibles con los alumnos por las precariedades, al pedir trabajos digitales a los que tienen los medios necesarios y a los que no disponen de equipos electrónicos, usaron estrategias y técnicas que recomienda la didáctica. La tecnología está macando la diferencia en los aprendizajes.