Moshé Leher

Desde la noche del domingo, justo después del ocaso, estoy festejando la Janucá; y no, no creaturas gentiles, no se trata de la Navidad de los judíos; los judíos no festejamos el nacimiento de nadie y la coincidencia de fechas no va por allí, y tiene que ver más con todas las fiestas de fuego del Mediterráneo y el Oriente Próximo, que son invariablemente fiestas de fuego y de luces, que tienen que ver más con el solsticio de invierno y la circunstancia de que los días se acortan y las noches se alargan. Punto.

Que se dé la circunstancia de que Janucá se celebre este año tan temprano (el año pasado terminó el 20 de diciembre y el próximo se celebrará hasta el 26, según recuerdo el San Esteban cristiano), es porque el calendario judío es un calendario lunar, de tal manera que esta fiesta, que se festeja cada año desde el 25 del mes de kislev y entre el 2 o 3 de tevet, no necesariamente coincide con el calendario gregoriano, aunque su celebración suele coincidir con el 22 de diciembre, fecha del solsticio en el hemisferio norte.

No voy a incurrir en la barbaridad de sugerir siquiera que la Janucá tiene algún tipo de primacía sobre la Navidad, pues yo, muy por el contrario de muchos que conozco, respeto las creencias de cada quien y el derecho de cada uno de festejar lo que se le venga en gana; en cambio he de decir, yo que festejé navidades por décadas, que en lo que a mí concierne me gusta más esta festividad, sobre todo porque -no es una fiesta preceptiva, es más bien una tradición- no me obliga a nada.

¿Que quiero encender las velas de la januquiá (el candelabro de nueve brazos que se usa para esta ocasión, no la Menorá que tiene siete) las ocho noches? Pues qué bueno. ¿Que no se me pega la gana encender las velas ni cantar el Ma’oz Tzur (que ni sé qué dice)? Pues todos tan amigos, no es que me vayan a encarcelar o a ver feo por eso.

Por lo demás, decía, me gusta mucho más por varias cosas: la primera de ellas la ausencia de personajes ridículos como el tal Santa Claus, el reno de la nariz roja, unos duendes que trabajan en el Polo Norte en condiciones de esclavitud, y otros tantos, incluido el aborrecible Grinch; tampoco extraño las sandeces esas que se cantan en estas fechas, comenzando por los mentados peces que viven en el río, el inverosímil ‘niño del tambor’, ni la sandez supina esa de las campanas de Belén. ¿Cuáles campanas había en Belén, o en toda la Palestina bíblica hace dos mil años?

¿Nadie les ha explicado, gentiles míos, que esto de las campanas para torres en templos es un asunto del siglo III, y se le atribuye a un tal San Paulino, en la región de Campania, en Italia? Bueno, pues ya les digo que en el inicio de la era común, en Belén no había ni campanas, ni campanarios, de tal manera que la tontería esa de campana sobre campana, es como decir que los Reyes Magos llegaron en una moto, en un tren y en un avión a chorro.

Y luego lo de los pastores que corren presurosos y llevan ‘de tanto correr, los zapatos rotos’. Los pastores palestinos de esas épocas no llevaban zapatos, y creo que abundar en explicaciones sobre el particular es ya entrar en terrenos de una escolástica de la banalidad, como la ya consabida aclaración de por qué los peces no beben en el río.

Iba a abundar, eso sí, en lo sencillas y comodonas que me resultan estas fiestas, se me pegue mi regalada gana celebrarlas sí o no, pero creo que por razones de espacio tendré que dejarlo para mi colaboración del viernes próximo, en que entraremos en el motivo de la celebración, lo que se hace en estos festejos y el peliagudo asunto de la supuesta obligación de dar regalos, lo que es malo, y de recibirlos, que suele ser peor.

Por lo pronto y como signo de que soy un sujeto de exquisita educación y de buena voluntad, me despido con un sincero ¡Janucá Sameaj! (Feliz Janucá).

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