Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

En todo este hacinamiento de puestos, en banquetas y calles que es la antigua feria de los muertos -antigua en comparación con el Festival de las Calaveras-, una zona está libre. Es la explanada de acceso al enésimo ensanche del Panteón de la Cruz, separado de este mundo de vivos y atontados por una puerta metálica que en la parte media está enrejada. Desde ahí, y hasta donde alcanza la mirada, es posible contemplar la casa de quienes han traspasado el umbral terrible de la oscuridad y el silencio. Ahí está nuestro futuro…
Unos 12 jóvenes, hombres y mujeres, se agrupan ante la gran puerta metálica, quizá atraídos por el paisaje de ese lugar inhóspito donde reina la lívida muerte cobarde, ese conjunto de edificaciones inútilmente blanqueadas, rematadas con cruces y ángeles y cristos crucificados y sagrados corazones. Están ahí estos vivos, los corazones que no son sagrados pero que rebosan de morbosa emoción. Observan el interior con una atención silenciosa y concentrada hasta donde la luz alcanza; hasta donde las tinieblas lo permiten. No hablan ni se miran, quizá interés puesto, no en aquel monumento de ángeles con las alas cerradas, las cabezas bajas; derrotadas, o en aquella Virgen de Guadalupe toda descarapelada, sino más allá; mucho más allá.
Así están hasta que alguien, con toda premeditación, alevosía, ventaja, e inocente malicia, golpea la puerta… Lo hace con una gran fuerza, como si se tratara de un enérgico llamado que viniera desde dentro, y que provoca que estos vivos se asusten y retiren abruptamente, sonriendo con la vergüenza de quien tiene la pena de ser descubierto en esta fragilidad terrible, o de reconocerse acobardado ante el lance. ¿Por qué? Los muertos ya no hacen daño; la oscuridad no hace daño, ¡y sin embargo qué miedo! Yo lo vi; él lo vio; ellos lo vieron; todos lo vimos.Y entonces, descubiertos frágiles y miedosos, se retiran, se derraman en el flujo interminable de visitantes y recuperan su anonimato. Al lado de la puerta una pareja se toma una fotografía con el teléfono móvil, teniendo al fondo el panteón… ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene semejante gesto?
Todo este tiempo he estado acompañado de Armida, mi esposa, y luego de ver este par de escenas continuamos nuestro recorrido. Dos puestos atraen nuestra atención, lo suficiente como para detenernos a observar y participar. Es un puesto en donde se organizan carreras de caballos… En el frente está una escalera con doce peldaños; doce divisiones por las que van los carriles de otros tantos corceles. En la base, debidamente alineadas, doce tablas inclinadas ante las que se sientan los jugadores. En el extremo opuesto se observa una serie de agujeros cuyos bordes están pintados de amarillo, blanco y verde. El juego consiste en lanzar una bola y meterla en alguno de los agujeros, de preferencia el verde, ya que acertar en este impulsa al caballo a correr; el peor es el amarillo, con el que sólo camina.
Se escucha la trompeta característica de los hipódromos, y luego el grito de ¡Y aaaarrrrrrrancan! Es una grabación a la que se suma el joven que anima la carrera, cobra las participaciones, ve que no haya colados y entrega el premio. Da la señal y los caballos se lanzan hacia delante, impulsados por las bolas arrojadas febrilmente por chicos y grandes. Avanzan los corceles de cartón pintado deslizándose en las notas gozosas, enérgicas, de la obertura Guillermo Tell. Pero luego sucede que la interpretación orquestal, esa que salió de la mente de Rossini, se convierte en una versión ponchisponchis; horrenda. ¡Caray! Es este un robo en despoblado, una versión a la que sólo salva la belleza de la melodía, esa llamada enérgica a lanzarse pa’lante… Pero, la verdad, ni quien se fije en ello, todos atentos a la carrera de su caballo, hasta que el cinco llega a la meta y la gesta concluye. ¿El premio? Un cojín con el incono del Cruz Azul.
En donde participo es en el Tiro al blanco, justamente la última parada de esta peregrinación. Tiro sport se llama el establecimiento… En filas muy compactas esperan perros, coyotes, patos -¡estos no podían faltar!-, tornillos, águilas con las alas bien abiertas, guajolotes. Todos muy plateados, esperan a los tiradores expertos, que con un solo disparo puedan derribarlos y a lo mejor hasta al vecino. Están también unos cubos que contienen muñecos que salen de su mutismo a punta de postazos. Ahí observamos a una muñeca “tabledancelipstick”, a Vicente Fernández, a quien acompaña un mariachi, a un toro mecánico montado por Woody, el personaje protagónico de Toystory, a los Tucanes de Tijuana y al Chukymión –hágase a un ladito, no lo vaya a mojar-…
Con un tiro certero, Vicente Fernández se anima y canta para nosotros su éxito “Estos celos”, en tanto los músicos que lo acompañan, todos muñecos parientes pobres de Ken, el machín de Barbie, bailan con mucha gracia, tocan los violines, rasgan las guitarras…
En honor a la puritita verdad, jurada sobre la salud de su político favorito, agoto la carga sin un solo fallo; ¡ninguno! Ante mi ojo avizor, mis brazos firmes; inconmovibles, mi decisión de candidato a algún cargo de elección popular, caen águilas, tornillos, guajolotes. Además bailan y cantan los Tucanes de Tijuana a las puertas de un saloon, y el Chucky mión lanza su líquido –ojalá que sea agua-.
Pero entonces una vocecita que me recuerda a Pepe Grillo, dice: ¡Eh! ¡Estabas muy cerca! (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).