Moshé Leher

Lejos de ese extremo, tan desproporcionado como desafortunadamente cotidiano, los conozco que se sienten suecos, pero cumplen con su cuota anual de patriotismo, subiendo la dichosa foto con una bandera tricolor, una leyenda de lo más cursi o con algún sucedáneo, el más socorrido un video de un fragmento del Huapango. Lo que sigue es irse a una ‘noche mexicana’, escuchar tamborazos (que parecen ser más un signo de un profundo odio por esta tierra mártir), beber tequila y mezcal como si fueran cosacos del Don, y ganarse una bien merecida indigestión con los consabidos pozoles y enchiladas.

Yo no soy, la verdad, lo que se llama un patriota. Nací aquí por casualidad, como todo mundo, pero siento si no un profundo amor por lo que se llama México (el famoso ‘fulgor abstracto’), sí un respeto por el país donde nací, me eduqué (mal, ya se sabe), donde hice una carrera medianamente respetable, me casé dos veces (hasta ahora), donde me arruiné en dos patadas, y, lo más importante, donde nació mi hijo… Mi hijo que, patriotismos aparte, en cuanto pudo se marchó al exilio.

Como sea respeto a este país, sobre todo a esa extraña vitalidad que derrocha, esa obstinación cariñosa de tantos y una fuerza telúrica que se deja ver en cuanto ponga una atención; de ahí a siquiera pensar meterme en la obtusa polémica sobre la propuesta ‘descolonización’ que propuso una señora que tiene un apellido que me suena a alemán, hay la distancia que hay de una democracia funcional a lo que tenemos aquí; o, para poner otro ejemplo, en la que existe entre un estadista y los atributos de nuestro caudillo de la última hora.

Como sea, cuando comencé a ver las inflamadas muestras de amor por México, y luego de pensar que alguien que ama a su país no lo anda cacareando, sino que lo muestra siendo un ciudadano responsable, respetuoso de la ley, seguidor sin tacha de las reglas comunes, o no votando con el hígado, entre otras cosas, me dije que a mí me apuraban asuntos de índole menos mundanos.

Sobra decir, lo lamento señora del apellido que me suena a alemán, que yo me declaro hijo de Atenas y de Jerusalén, nunca mejor dicho, lo que quiere decir que puestos a elegir entre Tácito y Moctezuma, entre Dante, Eliot o Pound y el poeta Huichilopoztli (al que no le he encontrado mucha poesía), pues ya pueden ir a descolonizar a la más vieja de…

En fin que yo, que ya dije que tampoco es que palpite de amor por la idea México (que es Alfonso Reyes, el doctor Atl y López Velarde sí, pero también es Televisa, el Chapo Guzmán y MORENA), tampoco es que le haga el feo a un buen atracón de tamales y sopes, a hartos chorros de mezcal y hasta un buen son de Colima -sobre todo si es de gorra-, aunque este año no pudo ser porque coincidieron el 15 y 16 de septiembre con el Yom Kippur, el más sagrado de los días sagrados de los judíos, que comenzó justo al caer el ocaso del miércoles y terminó apenas al caer la noche de ayer.

No les voy a contar más que se trata del día del perdón, el principal de los Yaim Noraim, las festividades matores del judaísmo, que concluye tras los diez días de arrepentimiento que iniciaron el Rosh Hashaná (el año nuevo nuestro) y que según las creencias de los judíos que creen, lo que tampoco es mi caso, es el día que queda sellada la suerte para el próximo año lunar, que donde no sea siquiera un poco mejor que el que acaba de pasar, va a terminar siendo mi perdición.

Tenía que ayunar, no beber, arrepentirme y pedir perdón a los que he ofendido (incluso a aquellos a los que ofendí por el mero hecho de haber nacido), lo que tampoco es que me dejara tiempo y margen para irme con los amigos a ponerme ciego de mezcal, reventar de fritangas y terminar dando vivas a Hidalgo, Allende, los Monreal, Noroña, al nuevo salvador de la patria y la señora del apellido que me suena a alemán.

Tampoco ayuné, la verdad; en cuanto me dio hambre, cuando apenas llevaba media hora de ayuno, me hice un emparedado, kosher, eso sí, a la media hora estaba yo sirviéndome una copita de mezcal, con mucho cargo de conciencia, eso sí, pero con mucha sed, la verdad. Respecto a eso de ir a pedir perdón a los que he ofendido, lo dejé para cuando tenga los medios y las ganas de viajar por medio mundo para disculparme, sentidamente, con todos aquellos a los que he llamado idiotas, lo que como sea no pasará hasta que vengan a pedirme perdón los que me han ofendido a mí.

Ahí será para el año entrante, si el destino -que supuestamente está sellado desde ayer- me lo permite.

¡Shalom!

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