Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Cuando llegué al tanatorio, encontré a mi madre enlutada en las escaleras. _¡Pero mamá, tú estás muerta!; le dije. _Tú también, mi niño; dijo ella. Y nos  abrazamos desconsolados.

 

El cuarto oscuro

Hace poco tuve una pesadilla terrible. Soñé que la madre Dolores me ponía unas cuentas larguísimas que nunca me salían. Sumaba una columna y me olvidaba cuánto llevaba, y tenía que empezar de nuevo y los ojos de la madre Dolores se ponían rojos como los de los monstruos de los dibujos. Como me puse a llorar la madre me cogió de las orejas y con su carcajada de bruja me encerró en el cuarto oscuro hasta el día siguiente. Mi madre no me cree y quiere saber dónde estuve toda la noche.

 

Abuelita está en el cielo

Mamá decía que abuelita había sido la mujer más buena del mundo, que todos la querían y que nunca le hizo daño a nadie. “Abuelita está en el cielo, mi amor”, señalaba mamá con el dedo, “rodeada de ángeles y santos”. Pero mamá no quiere verla cuando viene de noche a mi cuarto, llorando y toda despeinada, arrastrando a un bebito encadenado.

 

Última voluntad

Los moribundos tienen fugaces destellos de lucidez que se extinguen como velas en la penumbra de la muerte. Mamá murió así, enumerando mis obligaciones, recordándome mis deberes, indicándome en qué cajón estaban los papeles del seguro, quiénes tenían libros suyos y sobre todo conminándome a proteger siempre a mis hermanas. Pobre mamá. Su agonía había sido muy larga y jamás esperamos que en el último instante pudiera despedirse así. Lentamente fue cayendo en una somnolencia dolorosa, repitiendo una y otra vez los nombres de mis hermanas. Cogí su mano y me dijo que le alegraba reunirse por fin con mi papá. De pronto me clavó dulcemente las uñas y me pidió que nunca dejara a Luisito, que estaba enfermito y me necesitaba. Y mamá murió como suponía, reservando sus palabras finales para el pobre Luisito, que falleció de leucemia cuando éramos niños. Fuimos a la casa de mamá a ordenar sus cosas y escuchamos un llanto dentro del ropero. Mis hermanas dicen que es mi obligación y me lo tuve que llevar a casa. Le gusta jugar con medias de nailon y pétalos secos.

 

Pueblo chico

No soportaba más a ese mamarracho. En la escuela me golpeaba y me humillaba; abandoné la fábrica porque disfrutaba insultándome y ni siquiera en el casino dejaba de ridiculizarme, delante de todos. El pueblo es chico y aquel imbécil lo habría convertido en un infierno grande para mí. Por eso lo hice, porque aquí las noticias vuelan.

Cuando inventé lo de su enfermedad comenzaron los primeros síntomas, cuando describí sus llagas y la pestilencia de sus forúnculos (granos) dejó de salir  a la calle, y cuando mandé poner su esquela en el periódico del pueblo desapareció para siempre. Nadie quiso ir a su entierro.

 

Fidelidad

El perro iba detrás del cortejo, cabizbajo y con el rabo entre las piernas, como un huérfano más detrás del ataúd de su dueño. Durante el entierro sus ojos parecían arrasados de lágrimas, y cuando los deudos se fueron se acurrucó al pie de la tumba, donde aulló y murió días después.

 

El deseo

“¡Pide un deseo!” _dijo la tía Carmen_ y yo pedí que resucitara abuela y soplé las velas. Todos se quedaron callados y mamá comenzó a llorar, porque echa de menos a la abuela y siempre está con los ojos rojos. Mi papá me ha castigado y se ha llevado a mamá al cine para tranquilizarla; pero yo también extraño a la abuela porque me contaba cuentos y me daba dulces. Por eso pedí el deseo, para que volviera a casa y mamá deje de llorar. ¡Qué contenta se va a poner cuando la encuentre en su cama acostadita!

Cuentos del libro Ajuar funerario de Fernando Iwasaki.