Por J. Jesús López García

Más allá de la división historiográfica, la posmodernidad en materia arquitectónica ha tenido como su predecesor el Movimiento Moderno, una buena cantidad de tendencias, estilos y corrientes que aún no cierran su capítulo, y por tanto no tenemos aún el suficiente bagaje crítico para poder enmarcarles bajo una etiqueta precisa.

En la arquitectura el desasosiego tal vez se manifiesta bien en una corriente que llamamos “deconstructivismo” y que muestra la disolución, la inestabilidad y la fragmentación de las formas tenidas como unidas, estables y equilibradas, pero ese movimiento surgió hasta fines de los años ochenta del siglo pasado, más de cuarenta años después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial. Los primeros atisbos de la posmodernidad arquitectónica no fueron por tanto las visiones apocalípticas sino todo lo contrario, fueron armónicas composiciones retomando las figuras geométricas clásicas que la Modernidad arquitectónica había despreciado. Maestros como el arquitecto Louis I. Kahn (1901-1974) fueron poco a poco desprendiéndose del dogma moderno de la simplificación formal y de la neutralidad espacial, y paulatinamente volteando a la arquitectura histórica nuevamente. Tras décadas de haber sido tomada la arquitectura antigua  como parte de una decadencia disciplinar, otra vez la posmodernidad la volvió a poner en circulación.

De pronto aparecieron disposiciones arquitectónicas similares a las clásicas: los capiteles, los entablamentos de notorias cornisas, las sillerías aparentes y los pedestales ya no eran proscritos y a su vez proliferaron en ocasiones sin mesura. Por otra parte, el rigor de las tendencias del Movimiento Moderno, austeras y demasiado sobrias y racionales, terminaron sucumbiendo a una cultura popular que desde la década de los sesenta comenzó a posicionarse con características globales y que se presentó desde ese momento como especialmente ruidoso, más proclive a la emoción. La posmodernidad arquitectónica así fue planteando sus propias tendencias en una línea diferente, lo emocional no es funesto, las referencias antiguas no son parte de un pasado tiránico necesariamente, y lo lúdico en el tratamiento de las formas es algo deseable, pues no todo debe ser racionalizado de manera estricta.

En la calle Guadalajara en el centro de la ciudad aguascalentense, existe una finca que contiene rasgos eminentemente propios la arquitectura que se gestó después de la modernidad propia de los años ochenta y noventa en que se retoman algunos elementos del expresionismo en que los volúmenes giran para romper con lo ortogonal; los macizos se interrumpen para dejar que los lienzos de vidrio sin enmarcar actúen como paneles casi autónomos.

Sucesiones de marcos a dobles alturas confieren jerarquía al acceso y a manera de ornato en todo este lenguaje de volumetría geométrica, una columna de concreto de sección circular. Como en la casa referida, múltiples edificios posteriores a la modernidad arquitectónica presentan espacios de transición generosos diseñados de manera imbricada con esas variaciones geométricas descritas. Este tipo de arquitectura es relativamente reciente y es por ello que aún no llega a su correcta apreciación, lo que va a ocurrir tarde o temprano con lo que hacemos los arquitectos actualmente, pero se observan rasgos de diseño muy atrayentes, de cuando más que el seguimiento de las modas, el proyecto de edificios era una especie de juego de formas que el arquitecto iba manipulando, imaginando los espacios resultantes entre el cruce de prismas de base triangular, paralelepípedos y cilindros en el conjunto.

Sin duda alguna, el ejemplo de esta finca es sugestivo, que a la vuelta de la esquina podemos encontrar si acostumbramos a recorrer la ciudad de forma peatonal, algo que ya no es muy común en estos tiempos de pandemia. En fin, nosotros continuaremos explorando la arquitectura local.

¡Participa con tu opinión!