Luis Muñoz Fernández

Nuestra democracia es todavía embrionaria, a lo sumo fetal. No nos hemos podido sacudir de encima los siglos del poder omnímodo detentado por caciques, emperadores, conquistadores, virreyes, obispos, párrocos, presidentes (de la República y municipales), diputados, senadores y partidos funcionando como dictaduras perfectas que nos marcaron (¿usarían tinta indeleble?) con la convicción de que “un político pobre, es un pobre político”. La nuestra es una historia salpicada de hombres providenciales que, “ahora sí”, iban a convertir la miseria en riqueza y el atraso en progreso. Como el agua en el vino de las bodas de Caná.

Somos todavía presa de la fascinación hipnótica que ejercen sobre nosotros los rostros sonrientes que, desde diversas atalayas, nos prometen el maná y el reingreso al Edén hoy rebautizado como primer mundo. Y eso que algunas sonrisas, por más esfuerzos ante la cámara y retoques digitales, pintan siniestras.En pocas palabras, si como individuos llegamos a madurar en mayor o menor grado, como sociedad todavía permanecemos envueltos en las brumas de la infancia.

La maduración suele ser dolorosa. No es fruto de los triunfos, sino hija (a veces no deseada y no reconocida) de los fracasos. Si lo anterior es cierto, tras nuestro largo historial de descalabros, ya deberíamos habernos ganado la mayoría de edad, pero todavía no lo hemos logrado. ¿No será porque se nos quiere infantes perpetuos?

A estas alturas, ya todos deberíamos estar conscientes de que no hay ser humano capaz de ejercer el poder sin resentir sus efectos nocivos. Porque el poder los tiene, no cabe duda. Transforma en soberbio al humilde, enerva al inteligente y hunde en la sandez al ignorante.

El día que maduremos, sabiendo que la hipoxia de las alturas marea sin remedio, nos preocuparemos de ponerle férreos contrapesos al poder y veremos a nuestros gobernantes, sin importar su color, con una sana desconfianza, vigilando que no se aparten de nuestro mandato (pues mandatario significa el que es mandado), y no permitiremos que se conduzcan cual mandones, como aquellos caciques prehispánicos que parecen haber reencarnado trayendo consigo su antigua parafernalia.

No existen líderes milagrosos capaces de ver lo que nosotros no percibimos. Esos que “saben como hacerlo” o que dicen monopolizar la esperanza de todo un país. No hay tal. Son puros espejismos y, tras lo ocurrido aquel día de San Hipólito de 1521 (que este año se conmemorará), a estas alturas deberíamos saber que los espejuelos no son de fiar. Despertemos.

 

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