Moshé Leher

No, tranquilos, no voy a ponerme ahora -¡a mi edad!- sicalíptico, sino hasta (casi) místico, hablaré de las desnudeces interiores; no de las del espíritu, ni las del alma, pues ni soy cartesiano, ni creo que exista tal cosa como lo llamado ‘alma’; lo cual, espero, no me convierta ante sus caros ojos en un desalmado.

Hubo tiempos, idos, en que se hablaba de que poetas, pintores, escritores, mostraban sus desnudeces, lo que no es del todo cierto, pero tampoco es una mentira. Tampoco es que yo tenga ‘otros datos’, pero sí que los hay que cuando narran, componen un poema, o una sonata muestran las tripas o, para decirlo en términos más lacanianos y más modernos, el interior de su mente.

En el caso de la pintura, la llegada de la fotografía y luego las vanguardias y su caducidad, arrojó a los grandes artistas al triste papel de decoradores; decoradores de esos nuevos templos en que se convirtieron los museos, lo que quedó en evidencia cuando los expresionistas abstractos estadounidenses, se percataron que, mientras el mercado del arte agregaba ceros a sus obras, su papel se constreñía al de decorar los altos muros de las grandes pinacotecas y, peor que eso, a dialogar con una crítica que, de manera espuria, creo yo, se elevó, por un proceso autotélico (ex nihilo para ponernos mamertos con el latinajo), a una categoría que reclamaba estatus de arte.

John Canaday lo dijo, en su reseña crítica para una exposición de Rothko en el MOMA, hace ya seis décadas: “el pintor actual se ha convertido en alguien cuyo trabajo consiste en gran medida en proporcionar (…) materia para el ejercicio estético de los críticos”. Bonita la cosa: uno pinta para que otro se adorne y, si salen bien las cosas, para engrosar la chequera.

Esto me lleva, cuando me veo saliendo con mi treintena de grabados recién impresos bajo el brazo, a dos asuntos. El primero, lo que va a pasar con mis obras, a lo que me respondo que probablemente nada. Ya se sabe que aquí mismo hay decenas de muy buenos artistas gráficos que, justo por la ausencia de críticos, de atención de los pocos que hay, por falta de marchantes, de un mercado sólido de arte, y al final de una noción siquiera decente de buen gusto, no pueden vivir de su obra, ni mucho menos.

De las autoridades y la burocracia cultural, mejor no decir ni media palabra.

El segundo tema, y esto me pasó cuando, por obra del bendito azar, alguien llegó, preguntó y adquirió la primera serie, es el de cuánto cuesta la obra de un pintor, un grabador, un fotógrafo… De las obras de un poeta, ni hablar, pues se las respondo en dos patadas: la obra de un poeta mexicano (un inédito, seguro), no vale nada.

Para la primera cuestión viene bien citar al ensayista y poeta Paul Valery, que a pregunta expresa de qué significaba su obra, contestó: ‘mi obra significa lo que usted quiera que signifique’, ‘mi obra significa lo que usted quiera’, o algo así.

Para la segunda pregunta, hay que traer a cuento de nuevo a Mark Rothko, que una vez preguntado por el costo (no el valor, aclaremos), de sus pinturas, dijo que sus obras valían todo lo que alguien estuviera dispuesto a pagar por ellas. Entiendo que el último precio que alcanzó un cuadro de él (Yellow Expanse Número 20, de 1953), fue de algo así como 300 millones de dólares.

No seas ingenuo, si es que piensas vivir de tus obras, me dijo, con no poca mala leche, un amigo mío; le contesté que no, que no soy ingenuo, que de hecho no pienso vivir de mis pinturas, sino de milagro; estamos en un país donde se cuentan con los dedos los artistas que pueden vivir de su trabajo, y son legión los que tienen que alternar puestos de empleados de las lamentables instancias oficiales ‘culturales’, para sobrevivir.

Por lo pronto, otro golpe de suerte; no voy a dar detalles que soy supersticioso con estas cosas, pero me llega, también casi milagrosamente, una invitación a exponer en un museo de grabados en el extranjero. Yo que ya expuse en Londres, hace años, sé bien que no es tampoco como para ponerse a echar cohetes, pero que es mejor que nada.

Mientras tanto ahí está uno desnudándose el alma, por casi nada, que es lo mismo que decir que por amor al arte. Será que uno tiene el alma (o como se llame) impúdica.

Shalom.

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