Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Al parecer, en el contexto de la pandemia, lo que más preocupa a las autoridades educativas, oficiales y privadas, es la deserción de los alumnos en los estudios a distancia. Y tienen razón, porque se quedarían miles de estudiantes sin haber concluido la primaria, la secundaria, la preparatoria y hasta la educación superior. Consecuentemente, serían generaciones de jóvenes sin estudios terminados, hecho que a la vez bajaría, ostensiblemente, el nivel educativo y cultural de los mexicanos.

Por lo anterior, las autoridades federales y locales esporádicamente anuncian la intención de regresar a las clases presenciales, inicialmente, bajo el esquema híbrido, como una medida para evitar el abandono escolar. Por ejemplo, las autoridades educativas del estado, han anunciado que a partir de esta  semana las escuelas preparatorias regresan a las clases presenciales con un promedio de diez alumnos por grupo, y sobre todo en materias que requieren laboratorios y talleres para cuestiones prácticas. La Secretaría de Educación, por su parte, insisten que en los estados, con semáforo naranja, los alumnos pueden regresar a las escuelas (con diez estudiantes en promedio, incluyendo a padres de familia) con el fin de recibir orientaciones pedagógicas y emocionales, tendientes a mejorar sus estudios. Originalmente, las autoridades de salud habían establecido que “sólo en semáforo verde se puede regresar a las clases presenciales”; pero debido a que el tiempo pasa y los contagios y la mortandad por el COVID-19 en lugar de disminuir aumentan, por lo que hay desesperación y por la misma desesperación los colores de los semáforos se están adecuando, ya no con estrictos criterios de salud, sino a lo que se quiere políticamente, aún en detrimento de la salud.

En cambio, pareciera que el aprendizaje de los alumnos queda en segundo plano y, en cierta forma, se soslaya su estado real. Pero si hay interés en mejorar el aprendizaje, entonces, se  tendría que analizar su real situación y, entre otras cosas, tener que reconocer la cantidad de alumnos, por nivel, que no están avanzando y, enseguida, buscar las causas que están limitando su aprendizaje, para su debida atención. Estas causas podrían estar en la dificultad para entender las clases por televisión, por internet, o cualquier otro medio electrónico; también podría ser que las indicaciones del maestro son confusas o que se exagera el número de investigaciones y de ejercicios; como también podrían darse casos en que los padres de familia, con muy buenas intenciones, quieran imponer los estilos de aprendizaje de su época, chocando y confundiendo a sus hijos con las nuevas formas de aprender; o que hay padres de familia que, por sus ocupaciones, no apoyan a sus hijos en los estudios; por lo que éstos no ponen mayor interés en los aprendizajes; entre otros factores. Generalmente, un funcionario difícilmente acepta que su proyecto no está funcionando del todo  bien. Todo lo contrario, se desvive en autocomplacencias, manifestando que “todo va muy bien” y que “hay interés de otros en replicarlo por los éxitos obtenidos”, aun cuando éstos se desconocen. El autoelogio es enemigo del mejoramiento educativo, pues hay la tendencia de persistir en los errores, a pesar de resultados desafortunados. En cambio, si se actúa con valiente humildad, se reconocen los errores y las insuficiencias educativas es síntoma que es para bien, toda vez que se intentará mejorar el aprendizaje de los alumnos en rezago académico.

En síntesis, si se quiere abatir la deserción y mejorar el aprendizaje, primero, habrá que reconocer la magnitud de los problemas, buscar sus causas y afrontar éstas con ideas y acciones congruentes, de manera perseverante y coordinada entre todos los actores educativos; pero con valiente humildad.

Quedan pendientes más temas. Éstos se abordarían en las próximas colaboraciones, gracias a la generosidad de El Heraldo de Aguascalientes.