Jesús Orozco Castellanos

El pasado viernes se transmitió un concierto de música mexicana con motivo del 85 aniversario de la autonomía de la UNAM. Acompañados por la orquesta filarmónica de esa institución, cantaron Fernando de la Mora, Eugenia León, Lila Downs y Filippa Giordano (nacida en Italia y nacionalizada mexicana). Ya había comenzado cuando comencé a verlo a las 10.30 p. m. Terminó dos horas después. Fue realmente de antología. Hubo de todo: Cuco Sánchez, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel. La única pieza no cantada fue el danzón No. 5 de Arturo Márquez. Al final interpretaron entre todos un popurrí que tuvo como eje “México Lindo y Querido” (escrita en 1921 por Chucho Monge e inmortalizada por Jorge Negrete). Por cierto, hace unos meses, unas 300 señoras, hijas de exiliados españoles llegados a México, se reunieron en Zamora, España, cantaron México Lindo y Querido con los ojos bañados en lágrimas, según dijeron. Quizá sea nuestra canción más emblemática, por más que “Cielito Lindo” se cante ahora en todo el mundo y que “Bésame mucho”, de Consuelo Velásquez, sea la melodía que más se ha grabado en el planeta, por encima de las interpretaciones de los grandes como Frank Sinatra. Algo hay que presumir.

Al final del concierto, Eugenia León tomó como base la música de “La Paloma” (la canción del cubano Ernesto Lecuona) para cantar una letra con contenidos actuales. Dijo que México es un país muy fuerte, con agallas. Sabremos salir adelante, afirmó, no obstante que, por ahora, “tengamos el pecho herido”. Terminó con un vibrante “viva México”.

Coincido totalmente con Eugenia León. México es un país muy fuerte, a pesar de los avatares históricos. La guerra contra Estados Unidos en 1847 fue una excepción. Nuestro país estaba profundamente dividido, con un dictador incompetente (Santa Anna), con un ejército mal entrenado y peor armado. Todo estaba en contra y los resultados no se hicieron esperar: se perdió más de la mitad del territorio nacional. Estados Unidos no respetó el Tratado de Límites (Adams-Onís), firmado con España en 1820. Pero como dijera don Jesús Reyes Heroles, “a la generación del dolor, siguió la generación de la gloria”. Los liberales encabezados por Juárez demolieron la vieja estructura colonial y edificaron el Estado nacional con la separación entre la Iglesia y el Estado, con los inicios del estado de derecho mediante las leyes de Reforma, con el combate a los grupos conservadores y la expulsión de los invasores franceses. Todo esto en unos cuantos años. Y por más que la historia oficial se ha encargado de denostar al régimen (liberal) de Porfirio Díaz, no podemos negar que con él se inició la verdadera modernización de México. Se construyeron los ferrocarriles y se dotó a las ciudades de los servicios básicos: agua, drenaje, pavimentos, banquetas, alumbrado público, electricidad en las empresas y los hogares, telégrafo, tranvías. Se inició la industrialización del país y con ello se pasó de una economía de agricultores, ganaderos, comerciantes y artesanos, a una economía basada en la industria. Además, se construyó la primera red nacional de teatros. De esa época es nuestro Teatro Morelos, en el que se acaban de conmemorar los primeros cien años de la realización de la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes.

A pesar de los destrozos de la Revolución mexicana, el país se levantó de las ruinas como el ave fénix. Cobró nuevos bríos y, no obstante la persistencia de la pobreza y la desigualdad social, para el año 2012 ya éramos prácticamente un país de clase media (más del 47% de la población se ubicaba en ese segmento). Como hemos comentado en este espacio, todavía en 1950, más del 90% de la población del país era considerada pobre o en pobreza extrema.

Los conflictos que vemos ahora, especialmente en los estados de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, México y Tamaulipas, son lastres que se vienen arrastrando desde hace varios años. México es un país muy complejo y difícil de gobernar, aún para los dirigentes políticos más avezados, que los ha habido. En Guerrero, hasta la fecha, no ha sido posible terminar con cacicazgos que disponen a discreción de la vida y los bienes de los habitantes. Gobiernan a sangre y fuego y, ahora, por desgracia, de la mano con los dirigentes del crimen organizado. Lo ocurrido en Iguala es una muestra de ese lamentable contubernio, sólo que ahora hay un pendiente muy grave: encontrar a 43 normalistas desaparecidos. La verdad es que resulta casi inconcebible que el Estado mexicano, con todos sus recursos, no sea capaz de dar con el paradero de esos jóvenes. Alguien decía que, si por cada estudiante había dos al cuidado, ¿cómo es posible que se pierdan 130 personas sin que nadie se dé cuenta? Tal vez las autoridades están esperando capturar a los principales responsables para dar a conocer dónde están los desaparecidos, así sea sin vida, porque todo indica que fueron asesinados. Insisto: ojalá que me equivoque. Como se ha dicho en todas las manifestaciones públicas: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Por lo pronto, debemos ser solidarios con sus familiares.

Volviendo a la grandeza de México, en mi curso de historia del arte sacro estamos viendo la época del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia, Borja en español porque era valenciano). A pesar de su conducta personal incalificable, fue un destacado jefe de Estado. Fue él quien trazó la famosa “línea alejandrina”, una raya imaginaria que fijaba los límites de las posesiones territoriales españolas y portuguesas en América. Hicimos un ejercicio de lo que se conoce como historia contrafactual (el famoso “si hubiera” ocurrido…) Asumiendo que Enrique VIII de Inglaterra se hubiera mantenido fiel a la Iglesia católica romana y que no se hubiera dado la fundación de las 13 colonias inglesas en América del norte, a México le hubiera correspondido el papel de primera potencia mundial. Ni más ni menos. De hecho a finales del siglo XVIII la economía de la Nueva España era mucho más próspera que la de las 13 colonias inglesas. Pero como bien se dice, el hubiera no existe. Estados Unidos es el imperio romano de nuestros días, el inglés es la nueva “lingua franca” y México no termina por superar sus problemas ancestrales. No obstante, es uno de los países más poblados del mundo y, junto con Brasil, está a la vanguardia de las economías en América Latina.

A manera de conclusión, la fortaleza y el destino del país dependen de un buen diagnóstico, es decir, del punto de partida, y de una actitud de cierta humildad, alejada de la arrogancia. Fue un error eso de que “nosotros sí sabemos cómo se gobierna”. También fue un error el haberle apostado, de manera enfática, sin matices, al México exitoso, al de las reformas estructurales y el reconocimiento en el exterior. Ciertamente todo eso hace falta, pero no es suficiente. Es más, me parece que ni siquiera es lo más indicado. Creo que hay que partir del México real, el de las carencias. Es más urgente reparar escuelas que arreglar el asunto de las telecomunicaciones. Y como ya hemos dicho, la única reforma realmente urgente es la energética, que por fortuna ya se aprobó, para poder allegarse a los recursos necesarios a fin de poner en marcha las políticas públicas más apremiantes. Como siempre, el orden de prioridades es crucial. La nueva cadena de televisión puede esperar.