Jesús Orozco Castellanos

Estoy leyendo el libro “Carlos V y su imperio”, de Federico Chabod (México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, 2003). Chabod es un historiador y político italiano nacido en Aosta en 1901 y fallecido en Roma en 1960. Por su parte, Carlos I de España y V de Alemania fue heredero de Maximiliano de Austria y nieto de los reyes católicos. Fue un personaje a la altura de Carlomagno y digno antecesor de Napoleón Bonaparte. Su sucesor Felipe II llegó a decir: “En mis dominios no se pone el sol”. La posición de Carlos V era aún mejor. Dominaba Europa entera, con excepción de Inglaterra y Francia. Los príncipes electores de Alemania le rendían tributo. No tenía rival en todo el continente americano (los ingleses llegaron después). Fue un rey viajero, a diferencia de Felipe II. Por mar y tierra supervisaba sus dominios en Europa y el norte de África. Nunca visitó América. En el siglo XVI era muy riesgoso hacerse a la mar para cruzar el océano. De hecho el primer rey de España que estuvo en América fue Juan Carlos I, que hizo el viaje en avión. A lo más que llegaban los reyes de la Casa de Austria era el traslado a Sevilla para presenciar la llegada de la Flota de Indias. Eran cientos de barcos cargados de oro y plata y miles de marineros hambrientos de comida y mujer. Los comedores públicos y las mancebías de Sevilla se ponían a reventar. Esa derrama económica y la piratería de los ingleses forjaron un continente que fue capaz de alcanzar uno de los desarrollos económicos más altos de la historia. Aunado a esto, paulatinamente se incrementaron los niveles de educación y salud. Hasta la fecha Europa, incluyendo a España, sigue siendo uno de los continentes más avanzados. Basta ver el ingreso per cápita de cada uno de esos países. Rusia es la excepción, quizá por la azarosa mezcla de pueblos asiáticos y europeos. Así se formó el imperio de los zares.

Algo que me llama especialmente la atención en el libro mencionado es el sistema monetario de Italia (parte del imperio español) en el siglo XVI. No había billetes. La moneda fuerte era la lira que podía ser de plata o de oro. Una lira de plata tenía 4.5 gramos de ese metal, en tanto que la de oro tenía 2.7 gramos. Para darle forma y peso a la moneda, se utilizaban otros metales no preciosos. Pero quizá lo más sorprendente es la enorme diferencia entre los salarios de las élites y los del pueblo llano. Por ejemplo, un magistrado en Milán tenía un salario de 6 mil liras al año, más una fanega de sal (55.5 kilos). En cambio, los porteros ganaban 200 liras al año y su fanega de sal. La fanega de trigo en Castilla era de poco más de 43 kilos. En México los campesinos de Los Altos de Jalisco les llamaban “hanegas” (sin “f”) y les asignaban un valor de 70 kilos. Finalmente era un sistema que resultaba funcional. Utilizaban también las medidas de superficie del sistema español: solares, sitios, caballerías. Ciertamente es mucho más preciso el sistema métrico decimal. Una hectárea son diez mil metros cuadrados. Un kilómetro cuadrado tiene mil metros por lado y por lo tanto se trata de un millón de metros cuadrados.

La brecha en la distribución del ingreso en el siglo XVI era mucho más marcada que ahora. Un portero ganaba 30 veces menos que un magistrado. En México, de acuerdo con las cifras del INEGI, la diferencia entre las personas que se encuentran en el grupo de menores ingresos con las que están en el peldaño más alto (de mayores ingresos) es de 10 veces.

Me vienen a la mente dos reflexiones. La primera es sobre la sal. La cultura de la sal es proverbial y milenaria. En La India se forman enormes caravanas de personas que acuden a las salinas o a las costas en busca de la sal. Para los judíos era una forma de penitencia comer pan ácimo, sin levadura ni sal. En México también es muy generalizado el consumo (excesivo) de sal. Hay gentes que antes de probar los alimentos les ponen sal. Me consta. Sin embargo, actualmente hay una conciencia cada vez mayor sobre los problemas que produce la sal. Genera una retención de líquidos muy significativa y eso lleva a una alteración de la presión cardiaca, además de la hinchazón que produce en el cuerpo entero. Por eso la Secretaría de Salud ya prohibió poner saleros en las mesas de los restaurantes. Es bueno que nos acostumbremos a reducir nuestro consumo de sal. Entre menos, mejor.

La otra reflexión es sobre el sistema de pesas y medidas, a propósito de las fanegas. Hasta la fecha se siguen utilizando algunas medidas del sistema español. En las carreras parejeras de caballos, que se llevan a cabo en carriles improvisados, se habla de competencias de 300 varas, de 400 varas. Una vara equivale a 83.6 centímetros. Se usan también las arrobas (11.5 Kg.). Para medir estas últimas era necesaria la “romana”, una barra metálica que se colgaba de una viga en el techo con un gancho. De un lado estaban las pesas metálicas y del otro la mercancía. Se le llama así porque la usaban los romanos. Por supuesto que su grado de precisión es muy limitado. Otra medida, de longitud, es la legua. La castellana equivale a 4.4 kilómetros, que se supone es lo que recorre a pie una persona en una hora. La milla son 1,609 metros y es muy utilizada todavía. Las carreras de caballos en los hipódromos se fijan en millas. Pueden ser incluso cuartos y mitades de milla. En México hay comunidades indígenas que utilizan medidas prehispánicas como el “cuartillo”, que es un cubo de madera de unos 20 centímetros de lado y lo mismo de altura. Le debe caber aproximadamente kilo y medio de cereales.

Los ingleses han sido particularmente reacios a cambiar su sistema de pesas y medidas. Por algo rechazaron entrar en la zona euro. Siguen con la libra esterlina. Los norteamericanos, que también utilizan el sistema inglés, son más pragmáticos y ya están utilizando cada vez más el sistema métrico decimal. De hecho el dólar se maneja en decimales. En el mundo de la ciencia y la tecnología es obligado el uso de lo que se conoce como el sistema internacional de unidades de medida, también conocido como metro/kilo/segundo. Ninguna revista científica publicaría un artículo que no estuviera sustentado en este sistema Y no se diga en el ámbito de la nanotecnología. Es el mundo de las micras y los nanos, usual en la investigación de materias como la biotecnología.

Se ha dicho que el alto desarrollo alcanzado por el mundo occidental se debe a las matemáticas de los griegos (en especial la geometría), al alfabeto fenicio, al arco de medio punto de los romanos, a la numeración arábiga y al sistema métrico decimal. Los números romanos que carecen de fracciones. También fue un avance el uso de letras mayúsculas y minúsculas durante la Edad Media. Así se podía escribir de corrido. Las máquinas de escribir llegaron hasta finales del siglo XIX. Primero fueron mecánicas, luego llegaron las eléctricas. Por cierto, las primeras máquinas eléctricas como las Olivetti tenían un sistema de retroceso con diferentes golpes según el tipo de letra. Para la “i” eran dos golpes, para la “M” cinco golpes. Se corregía con un líquido blanco y había que esperar hasta que se secara. Teníamos que armarnos de paciencia. Las computadoras que ahora utilizamos son una maravilla. Corregimos con un “click”. Aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, estaría por verse.

¡Participa con tu opinión!