Jesús Orozco Castellanos

En diversos momentos se han dado a conocer cifras sobre el estado que guarda la educación en nuestro país, tanto por parte de las organizaciones no gubernamentales Mexicanos Primero y México Evalúa, así como por el INEGI y el Instituto Mexicano de Competitividad (IMCO). Son datos alarmantes. Por más que la SEP se deshaga en aclaraciones y que trate de descalificar a una institución tan prestigiada como el IMCO, el hecho es que en México hay casi 300 mil maestros que cobran sin trabajar. Unos porque están comisionados, otros porque ya se jubilaron y otros más porque ya se murieron (pero siguen cobrando). El IMCO ha señalado que los sueldos de los maestros rebasan los 25 mil pesos mensuales en promedio, debido a que muchos de ellos tienen varias plazas. Eso es creíble. Son cantidades astronómicas al mes y si las multiplicamos por doce, el costo anual es apenas imaginable. Ese es el tamaño de la afectación al erario. Hay quienes incluso han calculado lo que nos tendría que devolver el gobierno a los contribuyentes si se suprimieran esas plazas. Nos tocarían varios miles de pesos al año.

Si de por sí son graves los hechos denunciados, hay algo más grave aún: nadie hace nada para corregir la situación. Ni el gobierno que es el principal responsable, ni los maestros ni los padres de familia. Uno se podría preguntar, por ejemplo, qué tan difícil es dejar de pagarles a los muertos. Resulta que no es fácil porque los herederos siguen cobrando las quincenas. Y por supuesto que darle la batalla al sindicato magisterial es impensable. La maestra Elba Esther Gordillo terminó convertida en la golondrina que no hace verano. El tema es extremadamente complejo. El gobierno federal está intentando algún tipo de solución a partir de la evaluación de los maestros. No es ni será fácil. Estamos viendo las enormes resistencias que eso genera. Los optimistas dicen que por algo se tiene que empezar y tal vez tengan razón.

Lamentablemente, el tema de la educación no es el único ni el más problemático. Hay otros peores como el de la inseguridad pública. El gobierno federal llegó a ciertos arreglos con los grupos de autodefensa en Michoacán para generar la imagen de que México es un país de instituciones fuertes, capaz de acotar los conflictos en determinadas regiones del país. En realidad fue una salida fácil. El caso de Tamaulipas es peor. Allí la violencia entre los grupos criminales está desatada y tiene impacto entre la población civil. Los muertos en las calles en varias ciudades están a la orden del día. Aquello es, recordando la novela de Juan Rulfo, “El llano en llamas”.

En esas condiciones, las compañías petroleras internacionales carecen de incentivos para invertir en la exploración y explotación de los inmensos recursos de petróleo y gas natural que hay en esa entidad federativa. Los llamados hidrocarburos de lutitas (rocas) abundan en esa región. Ya hemos señalado en este espacio que Pemex no cuenta con la tecnología para extraer esos recursos. En Estados Unidos, apenas cruzando la frontera, ya están aprovechando esa riqueza. Utilizan una nueva tecnología llamada “fracking” (rompimiento) que consiste en aplastar las rocas, con agua de por medio, para formar lodos de los que se extraen el crudo y los gases. De paso están enfrentando un problema ambiental muy serio: se están contaminando los mantos freáticos. Trabajan ya en hallar soluciones. Seguramente las van a encontrar porque los Estados Unidos tienen una sociedad civil exigente, vigilante, además de una institución pública muy rigurosa: el Departamento de Educación y Protección al Medio Ambiente (DEPA por sus siglas en inglés). Otro problema, económico y ambiental, es el uso intensivo de agua.

Las compañías petroleras internacionales buscan un entorno apropiado para garantizar el desarrollo de sus empresas. Si van a Tamaulipas, encontrarán que el principal puerto de embarque es Tampico. Se van a topar con balaceras en las calles y centros comerciales incendiados. ¡Vaya espectáculo para los directivos de las empresas! Ellos piensan en su seguridad personal y en la de sus familias. Requieren, como cualquier ciudadano en México y en el mundo, paz y tranquilidad. Además, escuelas para sus hijos, universidades, buenos hospitales, centros de cultura y entretenimiento. Si los recursos que buscan las compañías sólo están en Tamaulipas, buscarán otro país que les brinde las garantías para invertir. Así de simple.

Educación de calidad, seguridad pública, sistemas eficientes de salud pública, vivienda, seguridad social universal, esos son algunos de los grandes retos que debe afrontar el gobierno de la República. La reforma política no da para eso, tampoco la de telecomunicaciones. Si la reforma energética es capaz de aportar los recursos para hacer frente a los grandes desafíos, bienvenida. Pero si se va por el tobogán de la corrupción (temor que comparten el cineasta Alfonso Cuarón y muchos otros ciudadanos), estaríamos ante el riesgo, si no es que la realidad, de otra generación fallida, de fracasados. Quienes consideran como una opción el ir sobrellevando las cosas (“nadando de muertito”), no toman en cuenta que la brecha de la desigualdad por la falta de oportunidades se sigue ampliando, y en esas circunstancias, las única salidas que van a encontrar millones de jóvenes son la delincuencia, engrosando las enormes filas del crimen organizado, o la emigración a los Estados Unidos. Este último escenario, que es el menos peor, conlleva un riesgo de largo plazo: convertir a México en un cascarón, en un territorio habitado por viejos, tanto los nacionales como los pensionados de Estados Unidos y Canadá.

Quizá el turismo pudiera ser la salida económica del país. Aporta una gran cantidad de empleos y el costo de su desarrollo lo comparte el gobierno y los particulares. Los atractivos naturales irán creciendo en la medida en que se descubran nuevos sitios de interés; los históricos seguirán donde ahora se encuentran (con una infraestructura de servicios cada vez más amplia y sofisticada) y los arqueológicos también pueden crecer. Se acaba de descubrir una osamenta en Tulum (Quintana Roo), que según los expertos data de hace diez mil años. Los comentaristas despistados de la prensa dicen que eso confirma la teoría de que el hombre americano proviene de Asia, de donde partió cruzando el estrecho de Behring. La verdad es que esa teoría se viene sosteniendo desde que se conoce la antigüedad de las culturas mayas. No olvidemos que Colón pisó por primera vez América en 1492, mil años después de que los mayas iniciaran lo que fueron sus grandes imperios.

Si el turismo es una salida, recordemos que su desarrollo es posible a partir de una mayor calidad de nuestro sistema educativo. La verdad es que nuestros guías turísticos son buenos. Basta ir a Oaxaca o Yucatán para darse cuenta de que están bien capacitados. Hablan varios idiomas y conocen la historia de las ciudades y los sitios arqueológicos en que trabajan. Finalmente, llegamos al punto de partida. La educación está en la base de todo. Podríamos pensar que los empleados del sector turístico son la excepción dentro del conjunto. En todo caso, esa excepción debería ser cada vez más amplia para cubrir otros sectores estratégicos de la economía del país. La verdad es que no es poco.