Por:Jesús Orozco Castellanos

He visitado varias veces la ciudad de Oaxaca. Sin duda es una de las más hermosas de México. Su arquitectura colonial no tiene parangón. Sus fachadas de cantera en tono verde tienen un singular atractivo; son únicas en el país. La iglesia de Santo Domingo es la joya del barroco en América. La ciudad es patrimonio histórico y cultural de la humanidad. El festival de la Guelaguetza es una muestra de danza y canto muy exitosa. Alguien sugería que bien podrían presentarse en algún escenario de Nueva York. Sus mercados son una fiesta de colores y sabores. La cocina oaxaqueña es quizá la más rica del país: tiene moles de todos los colores, las tlayudas (tortillas de maíz enormes), el quesillo (se le conoce precisamente como queso Oaxaca), los chapulines, etc. Después del tequila, el mezcal oaxaqueño es uno de los aperitivos más apreciados en el país y ya se empieza a conocer en otras latitudes. Además de eso, Oaxaca es la cuna de importantes personajes de la historia de México: Benito Juárez, Porfirio Díaz, José Vasconcelos, Matías Romero, entre otros.

Además, tiene recursos naturales para dar y prestar. Durante la colonia fue uno de los graneros del país. La fertilidad de los valles centrales sigue siendo fuente de riqueza. Tiene ganadería, maderas de todo tipo, destinos turísticos de interés histórico y de playa. El año pasado fuimos a un lugar llamado San José de la Montaña, enclavado en la Sierra Madre Occidental oaxaqueña. El hotel está en medio de un bosque de pinos de una belleza excepcional.

Por si fuera poco, los oaxaqueños son notablemente emprendedores. Una señora decidió emigrar a la ciudad de Nueva York sin saber español. Pasó directamente del zapoteco al inglés. Otra más, en las mismas circunstancias lingüísticas, tuvo la ocurrencia de vender tamales en una importante esquina de la Quinta Avenida. Se hizo rica. Otros inmigrantes que huyen de Oaxaca por la falta de empleo, se asientan en Baja California mientras encuentran la forma de cruzar la frontera para vivir y trabajar en los Estados Unidos, generalmente por invitación de parientes que viven en el sur de California.

Pero con todo y las ventajas mencionadas, Oaxaca es, increíblemente, el estado más pobre del país. El 31.7% de la población vive en pobreza alimentaria. El 31.5% de las casas no tiene agua entubada; el 29.2% carece de drenaje. El 75.7% (¡!) no tiene seguridad social. El nivel de escolaridad está por debajo de la media nacional que es de ocho grados.

Por eso no acaba uno de entender cómo los maestros de Oaxaca se empeñan en sumir en la ignorancia a los niños y jóvenes de su estado. Los plantones de maestros en Oaxaca y en la Ciudad de México tienen como consecuencia directa la falta de clases. Están en contra de la reforma educativa porque se obliga a presentar un examen de evaluación a quienes aspiran a ocupar una plaza de maestro. Están acostumbrados a que el sindicato otorgue las plazas a los amigos y parientes. Incluso las venden o las heredan. También quieren que el gobierno del Estado siga manejando la nómina magisterial. Así pueden extorsionar y chantajear a las autoridades locales. No sólo eso. Normalmente negocian simultáneamente los incrementos salariales con el gobierno del Estado y con el gobierno federal. Por eso se oponen a la decisión de la Secretaría de Educación Pública de centralizar la nómina. Desde esta perspectiva sí se entiende por qué los maestros insisten en sus demandas y son capaces de bloquear una de las avenidas más emblemáticas de la capital del país y las instalaciones estratégicas de Oaxaca, incluyendo el aeropuerto.

Lo que en todo caso no se entiende es cómo el gobierno ha cedido en todo. Los maestros ya levantaron los plantones y se fueron orgullosos a su tierra porque el gobierno les concedió todo lo que pidieron. O sea que ya les tomaron la medida a las autoridades. Es comprensible que el gobierno del Estado disponga de poco margen de maniobra. Pero el gobierno federal sí tiene margen. Quizá están pensando en las próximas elecciones federales de junio. Sin embargo, no olvidemos que el 15 de mayo es día del maestro y seguramente volverán a la carga para negociar los incrementos salariales. Y en ese momento sólo faltarán tres semanas para la jornada electoral.

Hay quienes afirman que los maestros ganan poco. Depende del punto de referencia. El salario promedio de los maestros en México anda entre los 12 y los 13 mil pesos mensuales, tomando en cuenta todas las prestaciones que reciben: bonos, aguinaldos, compensaciones, seguros, etc. Eso representa el doble del sueldo mensual promedio en Aguascalientes, que es de 6,400 pesos. El salario mínimo ya no es un referente. Se puede afirmar que los ingresos de los maestros son razonablemente buenos. También es justo decir que están en su derecho de pelear por incrementarlos. Lo que está en cuestión es la forma de sus protestas. Se ha dicho hasta el cansancio que no es legítimo protestar, cualquiera que sea la causa, conculcando los derechos de terceros.

Imagínese usted a los empleados que tienen que llegar a sus trabajos a una determinada hora. De pronto se ven atorados en sus automóviles o en vehículos de transporte público, en medio de una manifestación que se prolonga por horas. Seguramente habrá casos en los que se tenga que llevar a un enfermo al hospital sin disponer de una ambulancia que se abre paso mediante una sirena. Incluso alguna señora que está por dar a luz. Todo esto les tiene sin cuidado a los maestros. O lo hacen porque saben que las autoridades tienen una enorme presión social y acaban cediendo en todo.

Hay referentes internacionales que las autoridades mexicanas debieran analizar con cuidado. El más reciente es el del ataque a la revista parisina Charlie Hebdo, en el que fueron asesinadas varias personas por un grupo de radicales islámicos. La respuesta de la policía francesa fue inmediata y contundente. Fueron tras los asesinos, no para detenerlos, para matarlos. Los hechos son ésos, más allá de los juicios de valor que se han producido y que han sido muchos y muy variados. El mensaje es clarísimo: con las instituciones y con el gobierno no se juega, así se tenga que aplicar la Ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Si las cosas no se hacen de ese modo, el gobierno y la sociedad entera se convierten en rehenes de grupos de presión, trátese de terroristas, de vándalos o de maestros. En Oaxaca los maestros ya se convirtieron en vándalos, al igual que en Guerrero; en este último estado es muy rentable la protesta porque los vándalos ya descubrieron el enorme negocio que es tomar las casetas de la Autopista del Sol. Son 90 mil pesos por hora, más de un millón al día. Para qué tomarse la molestia de asistir a clases.

En fin, pobre Oaxaca. Los niños y los jóvenes seguirán condenados a la ignorancia, la marginación y los salarios bajos. El grupo Mexicanos Primero publicó una cifra apenas creíble: el 97% de los maestros de inglés de las escuelas públicas de secundaria no alcanza el nivel básico. Eso en todo el país. En Oaxaca deben estar muy cerca del 100%. Lo suyo no es dar clases (y menos de inglés) sino asistir a plantones y marchas. Es lamentable pero así es.

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