Jesús Orozco Castellanos

Al momento de terminar de escribir estas líneas concluyó la final del campeonato mundial de futbol entre Alemania y Argentina. Ganó Alemania con un gol por cero. Fue un triunfo merecido. Para nadie es un secreto que los alemanes se toman todo en serio, incluyendo el deporte. El caso de Argentina es distinto. Se podría decir que lo único que se hace bien en ese país es jugar al futbol. Lo mismo ocurre con los brasileños, salvo que tienen una empresa líder en la producción de aviones (Embraer) y han logrado aprovechar el jugo de la caña de azúcar para producir combustibles.

La situación de México es distinta, por más que el ex presidente Lula da Silva haya dicho que en nuestro país todo está peor que en Brasil. Para empezar, la economía mexicana está ligada de manera estratégica a la de Norteamérica, por efecto del Tratado de Libre Comercio. Este hecho ha convertido a México en uno de los mayores exportadores del mundo. El aparato industrial tiene un sólido cimiento en la industria automotriz. En lo que sí nos parecemos a Brasil es en el grado de desigualdad social. Se habla de la existencia de dos Méxicos, el de la economía moderna (ubicado básicamente en el norte) y el del subdesarrollo y el atraso en amplias regiones del sureste. Otro aspecto que lamentablemente compartimos con Brasil es el de la corrupción. Algunos comentaristas señalan que si se les pusiera en una final de fotografía, México estaría un poquito por encima de Brasil en casi todos los aspectos.

Alemania tiene una superficie de 357,168 kilómetros cuadrados. México tiene casi dos millones. Su población es de 80 millones 219 mil 697 habitantes (la mayor de Europa). México ocupa el lugar número 11 del mundo con cerca de 110 millones de habitantes. Su PIB anual per cápita es de 41,512 dólares (el cuarto mejor del mundo y unas cuatro veces mayor que el de México). Su Índice de Desarrollo Humano se considera como “muy alto”. Se trata, pues, de uno de los países más desarrollados del mundo. El mérito se acrecienta si consideramos que ese país quedó convertido en cenizas después de la Segunda Guerra Mundial. Los bombardeos de los países aliados arrasaron con todo. Ciudades como Berlín, Hamburgo y Dresden prácticamente desaparecieron. El secreto de la recuperación se entiende: cuentan con una población educada. Por cierto, el pasado 7 de junio se cumplieron 70 años del famoso “día D” (el desembarco de Normandía). Asistieron a la celebración los dirigentes de Francia, la Gran Bretaña y Alemania. La pregunta obvia es qué fue lo que “celebró” la canciller alemana, la señora Angela Merkel. Justamente el desembarco de las tropas aliadas en el norte de Francia fue el paso previo para la invasión y liberación de la Alemania de Hitler. Probablemente fue lo que quiso celebrar: el inicio de la derrota del régimen nazi.

A propósito de Alemania, hace algunos años visitamos la ciudad de Frankfurt. El centro es de una belleza increíble. Según lo que nos comentaron, los arquitectos hicieron posible la recuperación, piedra por piedra, ladrillo por ladrillo, de la antigua ciudad. Tenían fotografías de todo y literalmente reconstruyeron la ciudad. Además de ser una ciudad hermosa, el sistema de transporte público es inmejorable: hay trenes, metro, autobuses, taxis último modelo (Mercedes Benz). Los guías de turistas dominan varios idiomas. Los paseos en barco por el río Rihn son realmente inolvidables. Y qué decir de los hoteles. Estamos hablando del primer mundo. A eso hay que aspirar. Por eso resultaba grotesco lo que decía el ex presidente Luis Echeverría durante la ceremonia del “grito” del 15 de septiembre: “Que vivan los pueblos del tercer mundo”. Como si eso fuera motivo de orgullo.

Una señora que da clases de alemán en la UAA me decía que en Alemania hay un especial aprecio por los oficios: plomeros, carpinteros, electricistas, etc. Allá son muy bien pagados. En México no ganan tan mal pero son terriblemente informales, aparte de que socialmente son poco apreciados. Conseguir un plomero puede llevar semanas. Por lo demás, yo he tenido que entablar demandas en los tribunales en contra de carpinteros incumplidos. Las he ganado todas porque he contado con todas las evidencias del incumplimiento. Al final terminan pagando. Seguramente eso les ha pasado con frecuencia y uno se pregunta por qué no hacen las cosas bien desde un principio. Es una especie de mala costumbre que tienen nuestros artesanos.

En Alemania se respetan las tradiciones medievales de los gremios. Eso no les impide contar con un sistema educativo altamente sofisticado para satisfacer las necesidades de una planta industrial muy sofisticada. Son líderes en la producción de automóviles. Para ello deben contar con profesionales altamente capacitados. Sus ingenierías son consideradas entre las mejores del mundo. Han sabido combinar el respeto por el pasado y la necesidad de atender el presente, sin descuidar la planeación del futuro.

Las comparaciones son buenas cuando nos dejan alguna enseñanza. Además, hay que compararse con los buenos, no con los iguales o con los peores. Por eso la pregunta es obligada: ¿En México podemos hacer las cosas igual que en Alemania? Por el momento no. Tal vez nuestros hijos alcanzarán a ver cambios significativos en nuestro país. Se tiene que comenzar por lo básico: el respeto a las reglas de tránsito, la puntualidad, el rechazo a la corrupción (¿se podrá?), el combate a los vicios de la burocracia, el cumplimiento de los contratos, el respeto a los ancianos y discapacitados… y un largo etcétera.

Sigamos con las comparaciones. Hace algunos años fuimos a Canadá. En el aeropuerto de Toronto renté un vehículo. No encontraba el hotel que habíamos reservado y en algún momento comencé a circular por un carril exclusivo para el transporte público. Los demás automovilistas por poco y me linchan. A gritos me pidieron que condujera por el carril indicado. Lo hice de inmediato. Allá se cumple puntualmente con ese tipo de reglas. Eso forma parte de la convivencia diaria.

Siempre me he preguntado por qué los mexicanos, cuando vamos al extranjero, cruzamos las calles por las esquinas, esperando la indicación del semáforo, y en nuestro país las atravesamos como Dios nos da a entender. Aquí en Aguascalientes, sobre la avenida Universidad, hay varios puentes peatonales. Con frecuencia he visto gente que arriesga la vida cruzando la calle por debajo del puente. Prefieren el riesgo que subir unos cuantos escalones, pero así ocurre.

Incluso nuestros paisanos que viven en Estados Unidos y que están acostumbrados a respetar allá las reglas de tránsito, cuando vienen a México recobran la memoria y se comportan en las calles como los que vivimos aquí. Tal vez lo hacen para no ser vistos como entes extraños. Quizá en algo nos pudiera ayudar la tecnología. Como sabemos, en el centro de Aguascalientes hay semáforos con cronómetro. Eso ayuda muchísimo porque nos permite calcular si alcanzamos a cruzar o no. Y lo hacemos con toda seguridad porque contamos con el tiempo necesario. Por algo hay que empezar.