Jesús Orozco Castellanos

El Papa Francisco llevó a cabo una gira pastoral por Ecuador, Bolivia y Paraguay. Millones de personas asistieron a las misas que ofició. En Ecuador visitó Quito y Guayaquil. Se dice que Quito es la ciudad más española de América, más incluso que la Ciudad de México o Lima. He visto fotos y videos y me parece que es cierto. Bolivia es un país mayoritariamente indígena, comenzando por su Presidente Evo Morales. Sus habitantes se dedican, en su mayoría, al cultivo y venta de la hoja de coca, base para la elaboración de cocaína. El propio Evo Morales era líder de los cocaleros. La capital boliviana es La Paz y está a más de 4,000 metros de altura. Para adaptarse a semejante altitud, se recomienda masticar hojas de coca. Quizá por eso se cultiva en grandes cantidades. Ecuador es un país mayoritariamente católico (90%). En Bolivia, en cambio, hay religiones de todo tipo (hasta orientales), si bien el catolicismo también es mayoría (78%).

Hace algunos años realizamos un vuelo de Buenos Aires a México en una aerolínea llamada Lloyd Boliviano. Hicimos una escala en la ciudad de Santa Cruz, en Bolivia, como de las diez de la noche a las seis de la mañana del día siguiente. Fue terrible. A las once de la noche cerraron los baños. En el avión tuvimos que hacer una enorme fila para ir al sanitario. En San José, Costa Rica, tuvo lugar una escala más. En total nos tardamos más de 24 horas en un viaje que normalmente lleva de diez a doce horas. Tomamos ese vuelo porque era muy económico. Bien dice el dicho que lo barato cuesta caro.

Tratándose de un Papa jesuita, Francisco debió tener especial interés en visitar Paraguay. Allí se establecieron, durante la colonia, las famosas “reducciones jesuíticas”. Eran misiones “sui generis” en el imperio colonial español. A diferencia de las formas de explotación que los españoles implantaron en los territorios conquistados (en ocasiones forzaron a los indios a trabajar hasta que caían muertos), los jesuitas desarrollaron un modelo totalmente distinto en las misiones del alto Paraná. Aprendieron las lenguas indígenas y crearon unidades productivas autosuficientes de agricultura y minería de muy alto rendimiento. Tan alto que los excedentes eran exportados a Perú, donde eran vendidos a muy buenos precios. Las jornadas de trabajo en las misiones eran de menos de ocho horas, a pesar de lo cual (o quizá precisamente por eso) se lograba una importante productividad. Una característica que contribuyó al éxito era algo muy singular: el trabajo se amenizaba con música. Los jesuitas formaron orquestas de alta calidad y educaron a los indígenas en el uso profesional de los instrumentos. Los guaraníes trabajaban contentos.

En lo alto del río Paraná confluían territorios de los conquistadores españoles y portugueses. El éxito de las misiones jesuíticas provocó un enorme celo, al punto de que solicitaron a las monarquías de España y Portugal que se ordenase la retirada de los misioneros. En otros territorios, a pesar de que la esclavitud estaba prohibida, se practicaba de manera rutinaria. Los monarcas aceptaron la petición y ordenaron la salida de los jesuitas de esos lugares. Sin embargo, no les hicieron caso y siguieron con sus actividades normales. Fue necesaria la intervención directa del superior general de los jesuitas. Para ellos el voto de obediencia era incuestionable. Decía San Ignacio de Loyola que los integrantes de la Compañía de Jesús estaban obligados a obedecer “perinde ac cadaver” (como un cadáver). Es decir, como si fueren seres sin voluntad propia (cadáveres). De manera que tuvieron que abandonar las misiones para ser reintegrados en otros lugares dentro y fuera de América. Finalmente, en 1767 el rey Carlos III de España ordenó la expulsión de todos los jesuitas establecidos en territorios de la monarquía. Algunos recibieron asilo por parte de Federico de Prusia y de Catalina la Grande de Rusia. Regresaron 41 años después, en la víspera de las revoluciones de independencia de España.

En 1986 se estrenó una película británica sobre el tema de las reducciones jesuíticas. Se llama “La misión” y está dirigida por Roland Joffé. Desempeñan los papeles principales Robert de Niro, Jeremy Irons, Aidan Quinn y Ray McAnally. La música, espléndida por cierto, es del italiano Ennio Morricone. En lo personal no me pareció muy bien lograda. La trama se convierte en una historia de rivalidades personales. También hay una obra de teatro que se llama (si la memoria no me falla) “En el nombre del padre”. Es mucho mejor que la película. Existe una abundante literatura al respecto.

El tema de los jesuitas es muy controvertido. Sus detractores los acusan de ser intrigantes y sediciosos. Sus admiradores los consideran la mejor orden religiosa en el mundo. Pienso que en el balance sobresale lo positivo. Se ha dicho que la Francia contemporánea es inconcebible sin la presencia de la Compañía de Jesús. Han sido los educadores de las élites en ese país. Parten de la idea de que educando a las clases dirigentes, imprimiendo valores universales en su formación, la educación de las masas tiende a mejorar porque reciben el ejemplo de quienes ejercen los altos cargos en el gobierno o en las empresas. El caso de Francia es tal vez el más emblemático. Órdenes como los Legionarios de Cristo comparten esa misma concepción. Un primo hermano mío es Legionario y dirige un colegio femenino de secundaria y preparatoria en Guadalajara. Es uno de los dirigentes destacados de la Legión y es un sacerdote ejemplar. Se formó en Roma y en Estados Unidos durante 25 años. En este último país dirigió un colegio, en el estado de Connecticut, durante más de 20 años. Finalmente y para su fortuna (creo yo) lo enviaron de regreso a México. Hace unos tres meses platiqué largamente con él y me comentó que, efectivamente, ellos comparten la idea de cristianizar a las élites. Le dije que esa concepción ha tenido éxito en Europa pero el caso de México es diferente. En nuestro país, los gobiernos emanados de la Revolución decidieron separar a la Iglesia Católica de la educación popular. Quizá ésa es una de las causas de fondo de algunos de los problemas más graves que padecemos: la corrupción y la impunidad. Una élite que no ha sido formada en los valores básicos, persigue sólo dos objetivos: el dinero y el poder. Mi primo me comentó que ellos le apuestan al mediano y largo plazo. Por cierto, me dijo que el escándalo del padre Marcial Maciel les costó a los Legionarios de Cristo la pérdida del 22% de sus seminaristas y sacerdotes en todo el mundo.

Los jesuitas han sobrevivido a todas las adversidades. Cuando el Papa Clemente XIV los expulsó de los territorios del imperio español y declaró nulas las Constituciones de San Ignacio de Loyola, se dice que afirmó consternado: “Arderé eternamente en el infierno por esta decisión”. Él sabía que la fundación de una orden religiosa es un carisma, forma parte del patrimonio universal (intangible) de la Iglesia Católica. Ningún Papa, bajo ninguna circunstancia, puede anular una orden religiosa. Hoy en día los jesuitas son una de las órdenes más numerosas e importantes del mundo. Más aún, por primera vez en la historia, tenemos un Papa jesuita. Es un hombre de avanzada como lo fue el gran Carlo María Martini, también jesuita, ex arzobispo de Milán y grande entre los grandes de la Iglesia universal.

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