Jesús Orozco Castellanos

En el noticiero vespertino de Tele Fórmula, el conductor Eduardo Ruiz Healy recibió la semana pasada una llamada telefónica del dizque historiador Francisco Martín Moreno. El tema de la conversación fue la monja alemana Sor Pascualina Lehnert, que nació en 1894 y murió en 1983. La religiosa tuvo una gran influencia en el pontificado de Pío XII (Eugenio Pacelli). El Papa le consultaba sobre los más diversos temas, incluyendo las graves decisiones que se tomaron durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de morir, Sor Pascualina escribió un libro autobiográfico en el que narra, entre otras cosas, el tipo de relación que mantuvo con Pío XII. En ningún momento hubo algo más allá de lo estrictamente profesional. Sin embargo, Martín Moreno tuvo la osadía de afirmar que Sor Pascualina y el Papa Pío XII “fueron amantes durante 71 años”, hasta la muerte de este último.

Para empezar, las fechas no cuadran. Pío XII murió en 1958 y, como apuntamos, Sor Pascualina nació en 1894. Los biógrafos afirman que ambos personajes se conocieron en 1917, cuando nombraron al cardenal Pacelli Nuncio papal en Munich, capital de la región católica de Baviera, donde había nacido Sor Pascualina. Haciendo las cuentas, sólo pudieron haberse tratado durante 41 años. De hecho así fue. Si a 1958 (año de la muerte del Papa) le restamos 71 años, estaríamos hablando de 1887. En ese año la monja no había nacido y el futuro Papa Pío XII tenía apenas 11 años de edad.

Por otra parte, resulta incluso de una extrema vulgaridad imaginar al Papa Pío XII manteniendo una relación de concubinato con una monja. Los Pacelli pertenecían a la más alta aristocracia romana. Eran familias extremadamente conservadoras. Históricamente estaban ligados al Vaticano y al gobierno de la Iglesia. Pío XII inició su pontificado en marzo de 1939. En septiembre de ese año estalló la Segunda Guerra Mundial. Fue precisamente su posición frente a Hitler lo que ha desatado controversias, hasta la fecha. Los obispos holandeses publicaron una carta denunciando los excesos de Hitler. Le pidieron a Pío XII que hiciera algo semejante. De hecho escribió una carta de condena en dos pliegos. Finalmente decidió no publicarla y la tiró al fuego de la chimenea, en presencia de Sor Pascualina, que le insistía en que la publicara o por lo menos que la mantuviera como testimonio ante la posteridad para dejar constancia de la posición asumida por el Vaticano.

Pío XII trató de justificar su posición con el argumento de que la confrontación con Hitler habría traído como consecuencia el asesinato de millones de católicos alemanes. Su pronunciamiento tenía bases empíricas. La respuesta de Hitler a la carta publicada por los obispos de Holanda fue contundente: envió a los campos de concentración a más de 40 mil holandeses. En lo personal creo que la publicación de la carta no hubiera modificado el curso de la guerra ni el destino de Europa (y del mundo). Hitler era un hombre obstinado, frío, calculador. Decía la hermana Pascualina que era capaz de pasar por una montaña de cadáveres sin inmutarse. Lo conocía bien, ambos eran alemanes de Baviera. Había leído su “espeluznante” libro (así calificaba “Mi lucha”). Pero me parece que la monja atenía razón: la publicación hubiera quedado como testimonio para la historia.

Se han escrito varias biografías sobre Sor Pascualina y un sinnúmero sobre Pío XII. En ninguna se menciona, ni siquiera se insinúa que hubiera entre ambos una relación de amasiato, para decirlo en los términos que plantea Martín Moreno. Insisto, el Papa Eugenio Pacelli era de un refinamiento singular. No disfrutaba la comida, no hacía deporte, trabajaba hasta el cansancio. Antes de morir, su médico personal le comentó que su corazón estaba bien, sus pulmones también. Pero estaba excesivamente fatigado. El Papa Benedicto XVI lo proclamó “venerable”, uno de los pasos previos a la beatificación. Lo que finalmente dañó su imagen fue el papel que desempeñó frente al fenómeno del nacional-socialismo alemán y de Hitler en particular. Dicen que le tenía miedo. No era para menos.

En este espacio he comentado que, por extraño que parezca, hay gentes que no se han dado cuenta de la existencia del internet o si lo conocen, no lo saben usar. Cualquier persona con un mediano entrenamiento puede ser capaz de investigar lo que se le ocurra sobre cualquier personaje. Y cuando se es una figura pública, como Martín Moreno, hay que ser acucioso, puntual en los datos. De lo contrario, se corre el riesgo de hacer el ridículo.

Por otra parte, también he comentado que me parece que los papas, por lo menos desde mediados del siglo XIX hasta la fecha, han sido personas de una conducta personal ejemplar. Pío XII no fue la excepción. Su sucesor Juan XIII acaba de ser canonizado y el pasado viernes se anunció que Paulo VI será beatificado. Fue el sucesor del “Papa bueno”. Y no olvidemos que para llegar a los altares, la Iglesia exige como requisito indispensable la práctica de las virtudes “en grado heroico”. Si Pío XII fue proclamado “venerable”, necesariamente debió haber cumplido con ese requisito.

Ahora bien, no tengo ningún interés personal en defender la conducta del Papa Pío XII. Simplemente considero como un deber elemental la defensa de la verdad histórica. De lo contrario, terminaremos convertidos en vulgares charlatanes. Es muy fácil difundir versiones sobre la conducta personal de los pontífices, decir que han sido amantes de tal o cual persona. Lo difícil es probarlo. Además, ya no estamos en la Roma de los Borgia. Todavía en el siglo XVIII los papas, que eran jefes de Estado, eran muy dados a las prácticas mundanas como la cacería y los banquetes. Ahora es diferente. Se les exige una conducta ética ejemplar. En nuestro tiempo hay un ingrediente adicional: la tecnología. Con algo de pericia y de suerte, nos podemos enterar prácticamente de todo, sin descartar la vida privada.

Hoy en día, las agendas de los papas son del dominio público dentro del numeroso personal que compone la burocracia vaticana. Y lo que saben diez, lo sabe literalmente todo el mundo. Además, no es ninguna novedad que los papas sean asistidos por religiosas. Les preparan sus alimentos y se hacen cargo de sus prendas de vestir. Fue una monja la que se enteró primero de la muerte de Juan Pablo I. Al momento de llevarle su té, lo encontró sin vida. En todo caso, como ya lo señalé, si se dice que Pío XII tuvo por amante a Sor Pascualina, hay que probarlo. Claro que eso lleva tiempo y trabajo. Hay que leer cientos de libros. A eso no están dispuestos los haraganes. Tampoco vale el argumento de que los sacerdotes son seres humanos y es comprensible que tengan vida sexual, incluso del conocimiento público. Eso es un lugar común pero no perdamos de vista lo básico: los presbíteros, incluyendo los papas, tienen voto de castidad y están obligados a cumplirlo. Y por supuesto que los papas deben poner el ejemplo porque son la cabeza de la Iglesia universal. Por fortuna así lo entienden y así ocurre. Los santos han sido capaces de imitar la vida de Jesús y eso nos lleva a una reflexión fundamental: si ellos han podido hacerlo, cualquiera puede. Está muy cuesta arriba pero es posible.