Jesús Orozco Castellanos

Finalmente murió Fidel Castro a los 90 años de edad. Antes de comentar sobre su legado, quiero compartir mi experiencia personal. He estado en Cuba un par de ocasiones. La primera vez fue en 1989, tenía yo especial interés en conocer la isla para valorar sobre el terreno lo que entonces se decía de la revolución cubana. Además, Cuba era (y es) una de las joyas de la corona del imperio español. Ha sido tierra de grandes escritores y músicos. Cuando llegamos al Aeropuerto Internacional José Martí (entonces una pequeña terminal sin mayor infraestructura), a mi esposa se le perdió (o le robaron) la maleta. Tuvimos que reponer la ropa y los enseres de aseo comprando a precios de oro en las tiendas para extranjeros. Después nos fuimos en autobús a un lugar en el centro de la isla, llamado “Ciego de Ávila”. En Cuba un “ciego” es un predio rural, una especie de hacienda. Era un centro de descanso para residentes cubanos. Durante todo el día se escuchaban las canciones revolucionarias en honor al “che” Guevara y a Fidel Castro. Las condiciones eran muy malas: las camas estaban desvencijadas y los baños dejaban mucho que desear. Lo único bueno eran los mojitos (ron con agua mineral, limón y azúcar) y los puros. La comida era mala en términos generales. Recuerdo que nos llevaron a una “comida” con “campesinos cubanos”; el plato fuerte en Cuba es el cerdo, seguido del pollo. La “comida” se inició a las ocho y media de la noche, estábamos todos muertos de hambre. Había un solo baño para hombres y mujeres, estaba lleno de ranas y sapos. Como la luz era muy escasa, los gritos de las mujeres no se hacían esperar. Al final del trayecto nos llevaron a Cayo Guillermo, a un hotel muy agradable. He leído que hoy en día la zona de los cayos está llena de hoteles de gran turismo. La playa era paradisiaca. Por desgracia, me corté la planta de un pie con un vidrio. En el hotel no había alcohol. Me tuvieron que desinfectar con vodka (¡!). Al final estuvimos en La Habana y de allí tomamos el avión de regreso a la Ciudad de México.

La segunda vez que fuimos, en el año 2003, el Aeropuerto Internacional José Martí era otra cosa, casi de clase mundial. Llegamos al Hotel Meliá de La Habana (cadena española). Estuvimos allí unos días y después nos trasladamos a las playas de Varadero (a dos horas y media de La Habana), donde nos hospedamos en un hotel de la misma cadena. En esta ocasión pudimos ver con mucha claridad el descontento de la gente. Los meseros del restaurante del hotel ganaban de 40 a 45 dólares diarios de propinas. En cambio, el rector de la Universidad de la Habana, con varios títulos de posgrado, ganaba 33 dólares… al mes. Es cierto que el estado cubano le daba a todo mundo educación y atención médica gratuita, no sé si lo sigue haciendo. Sin embargo, el señor rector no podía darse el lujo de comprar un automóvil con su sueldo, algo que sí podían hacer con cierta facilidad los empleados de los grandes hoteles. Las quejas se escuchaban en todos lados. La población en general no tenía acceso a la televisión de paga ni al internet, solamente los huéspedes de los hoteles podían acceder. La ropa de calidad sólo se podía comprar en las tiendas para extranjeros. Las cubanas se morían por unos pantalones de mezclilla (¿todavía?). El show del Tropicana era sólo para turistas, había muchachas que ofrecían sexo a cambio de una entrada al espectáculo. De que había prostitución, la había de múltiples formas. Eso era entendible en un país que no brindaba los satisfactores necesarios. ¿Seguirá?

El sistema de transporte público era terrible. Los camiones urbanos en La Habana (las “guaguas”) eran tráileres adaptados, en los que los pasajeros se aglomeraban como sardinas. Para los recorridos al interior de la isla, había que pedir aventón. Cuando nosotros fuimos a Varadero, nos llevaron en un autobús moderno, con todas las comodidades, incluyendo el aire acondicionado. En cambio, los empleados del hotel tenían que pedir aventón para llegar. Y qué decir del estado en que se encontraban las casas de La Habana que antes de la revolución pertenecían a la clase media y que después fueron expropiadas. Quedaron los puros cascarones, la gente arrasó con todo. Si en México el reparto agrario fue una de las principales causas del atraso de los campesinos, en Cuba la reforma urbana dio al traste con la clase media.

Se ha dicho con frecuencia que la revolución cubana tuvo grandes avances en materias como la salud, la educación y la seguridad pública. También se destaca que los dirigentes cubanos supieron enfrentar con valentía los embates de los Estados Unidos y que Fidel Castro fue durante muchos años la figura más emblemática de América Latina en la lucha por la independencia de su país. El costo que Cuba tuvo que pagar fue enorme, sobre todo en términos de cancelación de libertades y falta de prosperidad. En efecto, los “Comités de Defensa de la Revolución” fueron concebidos como grupos de delatores que terminaron por sembrar el miedo permanente entre los vecinos. Y qué decir de la cárcel o los fusilamientos de los “enemigos de la revolución”.

Por todo lo anterior, me parece que el balance de la revolución cubana que encabezó Fidel Castro fue negativo. Su hermano Raúl ha iniciado algunos cambios en el campo de la economía y reanudó las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Pero creo que tendrá que pasar al menos una generación para que Cuba se convierta en una nación con libertades democráticas y con prosperidad. Simplemente, para el desarrollo del turismo, al que le están apostando con todo, hace falta, de entrada, el conocimiento del inglés. En las escuelas de Cuba, dada la posición antinorteamericana, no se enseñaba inglés. En México, que también se está enfocando al turismo, hasta las camareras de los hoteles hablan inglés, lo necesario para hacerse entender por los huéspedes, igual ocurre con los meseros. En Oaxaca, los guías de turistas hablan cuatro o cinco idiomas, además del español y de su lengua madre.

Para ciertos grupos de izquierda en México, los excesos y las carencias de la revolución cubana se justifican por el embargo económico y las presiones políticas que han desplegado los diferentes gobiernos de Estados Unidos, empeñados en terminar con el régimen cubano. Arguyen que si bien en México hay ciertas libertades, se carece del piso de igualdad social que tienen los cubanos. Sin embargo, estos grupos no resisten la prueba del ácido. Por más que admiran las bondades de la revolución, no están dispuestos a irse a vivir a Cuba. Dicen que aquí tienen a sus amigos y parientes; a estos últimos se los podrían llevar. Al final del día nadie quiere renunciar a tener casa propia, automóvil, posibilidades de viajar, etc. Dejar todo eso por motivos ideológicos es definitivamente impensable. Por otra parte, ¿por qué el referente frente a Cuba tiene que ser México? ¿Por qué no Francia, que tiene libertades y un razonable nivel de igualdad social? O incluso Chile.

En el contexto de la Guerra Fría, Cuba se enganchó con la antigua Unión Soviética y cuando ésta se desmoronó, encontró apoyo en el régimen venezolano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Cuando Venezuela entró en una profunda crisis, Raúl Castro dirigió la mirada al único país que puede salvar a la isla: Estados Unidos. No cabe duda que la historia da vueltas.

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