Jesús Orozco Castellanos

 La sociedad mexicana suele movilizarse más frente a las tragedias que ante los éxitos, salvo el caso de las victorias internacionales en el deporte (que son realmente escasas). No recuerdo que se haya producido una manifestación de júbilo en el Ángel de la Independencia cuando Alfonso García Robles ganó el Premio Nobel de la Paz en 1982 (lo obtuvo junto con la sueca Alva Reimer Myrdal). Por cierto, su nombre completo era José Alfonso Eufemio Nicolás de Jesús. Nació en Zamora, Michoacán, en marzo de 1911 y murió en la Ciudad de México en septiembre de 1991. Tampoco hubo mitin cuando le concedieron a Octavio Paz el Nobel de Literatura en 1990, ni ahora que se cumplen 100 años de su nacimiento. Quizá poca gente recuerda el Premio Nobel de Química que le adjudicaron en 1995 a José Mario Molina Pasquel y Henríquez por haber contribuido a la dilucidación de la amenaza a la capa de ozono estratosférica de la Tierra por efecto de los gases clorofluorocarbonos. Tampoco festejaron las masas a Gabriel José de la Concordia García Márquez (era su nombre completo) cuando le dieron el Nobel de Literatura en 1982. Se consideraba a sí mismo más mexicano que colombiano porque residió en nuestro país la mayor parte de su vida. Eso sí: el entonces presidente José López Portillo, que era un hombre de letras, le facilitó un avión del Estado Mayor Presidencial para que fuera a Estocolmo a recibir el máximo galardón literario. Merecía eso y más.

En cambio, las tragedias sacuden al país. Lo vemos ahora en el caso de los normalistas de Iguala y lo hemos visto en otras ocasiones. Por ejemplo, el caso de Jesús Piedra Ibarra, hijo de la señora Rosario Ibarra de Piedra, el cual desapareció en 1974 y no se le ha vuelto a ver; o el de Hugo Alberto Wallace Miranda que fue secuestrado y asesinado en 2005 y, ante la incompetencia de las autoridades, su madre Isabel Miranda de Wallace se dio a la tarea de encabezar personalmente las investigaciones para dar con los victimarios; y el de Fernando Martí, secuestrado y asesinado en el año 2008 a la edad de 14 años. Alejandro Martí, su padre, después de que le secuestraron y asesinaron a su hijo, fue quien les dijo a los funcionarios: “si no pueden, renuncien”. Como era de esperarse, no le hicieron caso. Siguen como si nada hubiera pasado. El caso Martí es uno de los más emblemáticos. Se pagó el rescate, la policía se quedó con el dinero y los secuestradores, ignorantes de lo anterior, decidieron asesinar a su víctima. Por eso la gente no confía en los cuerpos policiacos y cuando ocurren esas desgracias, prefiere negociar directamente con los delincuentes. Es una desgracia, pero es la realidad.

El caso de los jóvenes de la Normal de Ayotzinapa es diferente a los que acabamos de mencionar. La señora Ibarra de Piedra sabía que difícilmente iba a recuperar a su hijo. Todo indicaba que el joven se había incorporado a las filas de un grupo guerrillero, la Liga Comunista 23 de Septiembre. La señora Miranda de Wallace dio con los responsables del secuestro y asesinato de su hijo. Alejandro Martí recibió la terrible noticia de que su hijo había sido asesinado. En cambio, de los estudiantes desaparecidos se sabe poco, a pesar de que el procurador Jesús Murillo Karam prácticamente dio por hecho que fueron asesinados y calcinados. Las cenizas fueron arrojadas a un río. Sólo se conservan algunos huesos. Por lo menos es lo que se ha dicho en un mar de confusiones y versiones encontradas. Resulta muy difícil obtener el ADN porque los cuerpos fueron quemados previamente, si bien hay una institución especializada en esos casos: la Universidad de Insbruck en Austria. El titular de la PGR anunció que se van a enviar a esa universidad los restos que se conservan. Lo más probable es que sea muy lento el proceso de identificación.

Estamos ante un caso muy complejo. Pero difícilmente se le puede apostar a la desmemoria colectiva porque están de por medio los familiares de los jóvenes que insisten en su demanda: “vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Ellos no creen en la versión oficial de la PGR, a pesar de que participaron en las investigaciones algunos de los forenses argentinos que cobraron fama por haber identificado a varias de las personas que fueron asesinadas durante la dictadura militar y cuyas madres son conocidas como las “Madres de la Plaza de Mayo”. Es comprensible. Todos los que tenemos hijos podemos darnos una idea del dolor que embarga a esas familias. Un canal de la televisión nacional presentó un reportaje con entrevistas a los familiares. Son gente muy humilde. Muchos viven en la zona de la montaña de Guerrero, la región más pobre del país. Algunas señoras de las que fueron entrevistadas no hablan español. El hecho por sí mismo no significa un problema de discriminación social. Hay varias etnias en el país que se encuentran en esa situación. El problema es la cantidad de abusos a los que se presta esa situación. Sus hijos soñaron con llegar a ser maestros para sacar adelante a sus familias. Los relatos son verdaderamente conmovedores.

Sin duda esos hechos sacudieron al país. María Elena Morera, promotora de la organización no gubernamental México Unido contra la Delincuencia, dijo que la masacre de Ayotzinapa avergüenza a la nación entera. Tiene razón. Dijo también que poco se ha avanzado en los últimos años en materia de seguridad, a pesar de los pactos firmados y las convocatorias del gobierno. Su posición es muy clara: antes de firmar un nuevo pacto (como el que propuso el presidente Peña Nieto), es necesario recuperar a los 43 normalistas desaparecidos, de preferencia con vida porque vivos se los llevaron.

Resulta espeluznante, agregaría yo, descubrir una vez más que los cuerpos policiacos forman parte del crimen organizado. Desde hace varios años se ha insistido en la necesidad de capacitar a los policías y de pagarles salarios decorosos, con toda clase de prestaciones, para que rechacen la tentación de involucrarse con las bandas delincuenciales. Todo parece indicar que el esfuerzo no ha servido de gran cosa. Lo vemos en Guerrero, Michoacán, Tamaulipas, el Estado de México y otras entidades del país. Claro que también puede ocurrir que los agentes del orden se vean de pronto ante la famosa disyuntiva: “plata o plomo”. Difícilmente alguien se decidiría por la muerte si tiene otras opciones, aunque impliquen deshonra. Sin embargo, es justo reconocer que sí ha habido casos de verdaderos héroes que han preferido sacrificar su propia vida en beneficio del interés colectivo.

Un periodista comentaba que el presidente Peña Nieto se ve demacrado, físicamente deteriorado, visiblemente cansado. No es para menos. En unas cuantas semanas se le juntaron los problemas de Tlatlaya, los estudiantes del Politécnico en paro, los muertos en Iguala y los 43 desaparecidos. Por desgracia, ése es el México real en el que el 5% de las escuelas públicas no tiene paredes y el 67% no tiene piso. En este espacio hemos comentado que hay una enorme cantidad de maestros mexicanos que cobran sin dar clases. Hay escuelas sin maestros. Peor aún, precisamente en el estado de Guerrero hay una escuela con seis maestros… y ¡un solo alumno! El México exitoso, el de las grandes reformas y los reconocimientos internacionales también existe pero es la excepción que confirma la regla. Es difícil aceptarlo, pero así es.