Jesús Orozco Castellanos

En la sesión del Tercer Sínodo Diocesano, celebrada el pasado sábado, se hizo un reconocimiento especial al padre Ricardo Martín del Campo Romo y al obispo don Ramón Godínez Flores. Ya he comentado en este espacio que el padre Martín del Campo me invitó a participar en la Comisión Central Coordinadora del Sínodo. Me permitiré abundar un poco más en el tema. Recuerdo muy bien que a finales del año 2003 el padre Martín del Campo me citó en sus oficinas de la parroquia de Santa Teresita de Jesús, en la colonia Gómez Portugal. Entonces yo no tenía idea de lo que era un Sínodo.

El padre Martín del Campo era un profundo conocedor de la historia de la Diócesis. Llevó a cabo una investigación con motivo del primer centenario de la fundación de la Diócesis de Aguascalientes, que se separó de la Arquidiócesis de Guadalajara en 1899. Entiendo que el trabajo no se ha publicado y que sus familiares conservan el manuscrito. De ser así, me parece que sería conveniente que se publicara. El padre Ricardo conocía, por supuesto, la historia de los dos primeros sínodos diocesanos. El primero fue convocado en 1911 por el obispo don Ignacio Valdespino y Díaz. El segundo se llevó a cabo en 1945, a instancias del obispo don José de Jesús López y González. Fue el último de los obispos que agregaban la conjunción “y” después de su primer apellido. El latín fue el lenguaje del Sínodo.

Cuando el padre Martín del Campo me invitó a formar parte de la Comisión Central Coordinadora del Tercer Sínodo Diocesano no habíamos tenido trato personal. Me dijo que me conocía por mis artículos publicados en El Heraldo. Le parecía que estaban bien estructurados y que tenía yo el mérito de la síntesis en lo que publicaba. Le agradecí el comentario y acepté la invitación. En la Comisión Central participábamos unas diez personas. De ese grupo original sólo quedamos los presbíteros Miguel Medina y Rogelio Pedroza y un servidor. Sesionábamos cada semana (los jueves) para la preparación del Sínodo. Trabajábamos unas dos horas (de doce a dos) y al final nos ofrecían un refrigerio. El padre Martín del Campo era especialmente generoso. Sin conocerlo, yo tenía una especial admiración por él. Fue uno de los alumnos más destacados de la Universidad Gregoriana de Roma. Él y su compañero Rubén Salazar Gómez, actual arzobispo metropolitano de Bogotá y primado de Colombia (¡!), tenían mejores calificaciones que los alumnos europeos, incluyendo a los alemanes que eran considerados fuera de serie.

A su regreso a nuestro país, fue nombrado rector de la Universidad Pontificia de México. Por cierto, en alguna ocasión le propuse que se fundara un campus de esa Universidad en Aguascalientes. No me contestó. Di por hecho que no había las condiciones. En Aguascalientes fue nombrado rector del Seminario, donde también fue maestro. Después fue titular de varias parroquias, incluyendo Santa Teresita, donde yo lo conocí.

Tras la muerte de monseñor Godínez y del padre Martín del Campo, digamos que el Sínodo entró en receso, a pesar de que ya se tenían avances significativos. De hecho alcanzamos a elaborar el Reglamento del Sínodo. El padre Ricardo tenía dibujada en su mente la trayectoria del Sínodo. Sabía cómo empezar y cómo terminar. Teníamos bien definido el elenco de temas y subtemas. Se publicó un primer Cuaderno de Trabajo, redactado de principio a fin por el padre Ricardo. Tenía una enorme agudeza intelectual y una capacidad analítica fuera de lo común. Por si fuera poco, redactaba con una notable fluidez, con un lenguaje claro y conciso. En alguna ocasión le comenté que me parecía que uno de los grupos de trabajo (eran ocho) no iba a terminar a tiempo la encomienda. Me respondió que no le preocupaba, que si era necesario, él haría personalmente el trabajo. Y no era presunción de su parte. También era un hombre pragmático que conocía muy bien sus alcances.

Como ser humano, hay que decirlo, era excepcional, de una integridad a toda prueba. La ambición por los bienes terrenales no le quitaba el sueño. Vivía con lo estrictamente necesario. Dicen que en el testamento de monseñor Godínez sólo se mencionaban sus libros, los anaqueles y una computadora. El automóvil que usaba se lo prestaban. Así era también el padre Ricardo. Creo que alguien le había regalado el coche que utilizaba, austero por cierto.

Como sacerdote, practicaba la obediencia sin la menor fisura. A mí me parecía inconcebible que, dada su trayectoria, lo enviaran a parroquias foráneas. No menciono cuáles para que no se vayan a sentir ofendidos los habitantes de esos lugares. Pero él aceptaba sin chistar lo que le ordenaban. Y cuando digo trayectoria, hay que agregar que era políglota.

El actual obispo de Aguascalientes, don José María de la Torre Martín, decidió continuar los trabajos del Tercer Sínodo Diocesano. Nombró como promotor al padre Ricardo Cuéllar Romo, primo hermano del padre Martín del Campo. Creo que fue un gran acierto, tanto la continuidad como el nombramiento del padre Cuéllar, un sacerdote también muy destacado. Como ya he dicho, el padre Cuéllar me invitó a seguir formando parte de la Comisión Central Coordinadora. Felizmente estamos a punto de terminar los trabajos sinodales. El próximo doce de julio se terminan las sesiones de trabajo y a principios de agosto esperamos contar ya con los documentos aprobados por el señor obispo, que es el único legislador en la Diócesis. Lo que el Sínodo ha hecho es formular una serie de propuestas que él deberá analizar. El Sínodo es una asamblea deliberativa que propone normas para el gobierno y el desarrollo de la Diócesis. Analizamos alrededor de 300 normas que van desde los requisitos para los sacramentos de la iniciación cristiana hasta la formación de los presbíteros, por mencionar sólo dos aspectos. Esas normas, derivadas del elenco de temas y subtemas originalmente propuesto por el padre Martín del Campo y reformulado después por el actual obispo, fueron seleccionadas a lo largo de varios años de trabajo. El señor obispo decidirá cuáles de esas normas deberán promulgarse.

Debo reconocer el profesionalismo con el que se ha venido trabajando en el Sínodo. Llevamos ya tres sesiones y sólo falta la cuarta. Se trabaja los viernes (de diez de la mañana a seis de la tarde) y los sábados (de diez de la mañana a tres de la tarde). Los 220 sinodales trabajamos divididos en 15 grupos y sometemos a votación cada una de las 300 normas. Sólo hay tres posibilidades: estar de acuerdo, en desacuerdo o de acuerdo con reservas. Hay que mencionar explícitamente esas reservas. Después, en sesiones plenarias se dan a conocer los resultados de las votaciones y se analizan las reservas, caso por caso. Para la aprobación de una norma se requieren dos tercios de los votos de los sinodales presentes (casi siempre más de 200). Si alguna norma no alcanza ese porcentaje, se deja fuera. Han sido poquísimos los casos. El nivel de consenso, en promedio, supera el 80%.

Lo que viene después del Sínodo es quizá lo más importante. Hay que elaborar una serie de reglamentos y estatutos. Tal vez un año más de trabajo. Serán otros los que emprendan la tarea. Y lo más difícil, que las normas se cumplan.