Jesús Orozco Castellanos

El pasado 30 de junio se produjo un enfrentamiento entre militares y un grupo de presuntos narcotraficantes en el municipio de Tlatlaya, estado de México, en la zona limítrofe con Guerrero. Eran 22 civiles armados. En los primeros minutos del tiroteo murió uno de los civiles y los otros 21 rindieron sus armas y se internaron en una bodega. Allí, un oficial y siete soldados del 102 Batallón de Infantería, perteneciente a la 22 Zona Militar, abrieron fuego a discreción contra los 21 civiles indefensos. Todos murieron. O para decirlo con precisión: fueron asesinados. Una señora presenció el asesinato de su hija de 15 años y realizó un relato pormenorizado, el cual fue difundido por tres instituciones norteamericanas: la agencia de noticias Associated Press, la revista Squire en su edición latinoamericana y la organización de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch. También lo hizo el Alto Comisionado de los Derechos Humanos de la ONU. La señora escuchó que uno de los militares dijo: “estos perros no merecen vivir”. Cinismo puro.

El periodista Ciro Gómez Leyva le pidió su opinión sobre esos hechos al escritor Jorge Castañeda, que se encontraba fuera del país. Nunca había escuchado yo tan alterado a Castañeda. Respondió, palabras más o menos: Lo que más me indigna, mucho más que la gravedad de una ejecución sumaria, es que ningún medio mexicano, ninguno, le dio difusión a la noticia. Tuvieron que ser instituciones de Estados Unidos las que reportaron los hechos. Además, resulta increíble un enfrentamiento con 22 muertos de un lado y cero del otro. ¿Acaso los narcos se volvieron idiotas? ¿Pues no que estaban altamente entrenados y que disponían de las mejores armas del mundo, por lo cual había que combatirlos con toda la fuerza del Estado? El hecho, dijo, implica una regresión de 20 años en el tema de la defensa de los derechos humanos. Después reiteró lo de los medios mexicanos. Obviamente, Gómez Leyva, que trabaja para el grupo Milenio, se dio por aludido y le dijo que a su regreso hablarían del tema con mayor detalle. Así se despidieron.

Por su parte, el gobierno del estado de México emitió dos boletines verdaderamente infames. En ningún momento se admitió la gravedad de los hechos y sólo se reconoció que el Ejército actuó en el cumplimiento de su deber. Seguramente hay viudas y huérfanos, tal vez indemnizaciones. En el caso del gobierno federal, el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, afirmó que se trató de un hecho aislado que no altera el prestigio de las fuerzas armadas. Lo que se hizo fue consignar ante los tribunales a los militares responsables. Ni una palabra se dijo sobre las víctimas.

Me parece que el enfoque del gobierno federal es incorrecto. El problema no es que se trate de un hecho aislado. El tema de fondo es hasta dónde llega el control en la cadena de mando. ¿Cómo es posible que un oficial (parece que fue un teniente) se tome ese tipo de atribuciones? No tengo la menor duda de que si se le hubiera consultado a alguno de los altos mandos del Ejército, la orden hubiera sido arrestarlos para ponerlos a disposición de la justicia y no someterlos a una ejecución sumaria, extrajudicial. Se lesionó la imagen del Ejército y del gobierno. La difusión de los hechos se dio justo cuando el presidente Peña Nieto se presentaba en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ante la cual dijo que su gobierno se caracteriza por mantener un respeto irrestricto a los derechos humanos. Flaco favor le hicieron con la masacre de Tlatlaya, precisamente en el estado de México, su tierra natal.

El tema de la falta de difusión en los medios mexicanos es preocupante porque abona en favor de la hipótesis que algunos articulistas han planteado: la censura como política pública del actual gobierno. Personalmente creo que no es posible la censura. En este espacio he comentado que el control de los medios, en la era del internet y las redes sociales, es punto menos que imposible. Estamos ante un fenómeno de difusión planetaria en tiempo real. Una vez que una noticia se sube al internet, ya no hay forma de bajarla. Lo que tal vez ocurrió es que se procuró tratar el asunto con un bajo perfil.

Por si fuera poco, los hechos de violencia se han venido multiplicando en el país durante las últimas semanas. En Tlaquepaque, Jalisco, fue asesinado un diputado del PRI. Su cuerpo fue encontrado en los límites entre Jalisco y Zacatecas. En Acapulco fue ejecutado el dirigente del PAN en el estado de Guerrero. En Iguala, Guerrero, policías municipales asesinaron a tres estudiantes de la normal de Ayotzinapa porque se habían apoderado de unos camiones. Otros 43 estudiantes fueron reportados como desaparecidos. Se organizaron brigadas para buscarlos casa por casa. Peinaron toda la ciudad. No los encontraron. El sábado se encontraron varias fosas clandestinas a las afueras de Iguala. Se están realizando los estudios para conocer la identidad de los muertos. La PGR atrajo ya la investigación. Ojalá que no se trate de los desaparecidos. También en Iguala y el mismo día, un comando armado ejecutó a tres deportistas, casi niños, integrantes del equipo de futbol de tercera división Los Avispones de Chilpancingo. El presidente municipal de Iguala ni siquiera se enteró de los hechos porque estaba en un baile, como él mismo dijo. Después se dio a la fuga. Por su parte, el presidente Peña Nieto le pidió al gobernador que asuma su responsabilidad, aunque no se ve fácil porque, de acuerdo con algunos columnistas, Aguirre se mantiene sobrio pocas horas al día. Y eso sin contar su afición por el juego.

A lo anterior se agrega la movilización de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional que realizaron un paro de labores con un pliego petitorio de diez puntos, entre los que se incluyó la remoción de la directora Yoloxóchitl Bustamente. También pidieron la abrogación del plan de estudios y el establecimiento de procedimientos democráticos para elegir a las autoridades de los diversos centros y escuelas de la institución. El gobierno federal cedió en todos los puntos. No era para menos. La cita con el secretario de Gobernación fue el viernes tres de octubre. En las zonas aledañas a la dependencia que preside Miguel Ángel Osorio Chong se reunieron alrededor de 110 mil estudiantes. El cálculo es conservador. Nunca en la historia se había producido una concentración estudiantil de esas dimensiones. Ni en los mejores momentos del movimiento de 1968 ni durante la huelga de los maestros de la UNAM a finales de los 90, ni en los mítines de López Obrador. Si acaso la cifra fue mayor durante la manifestación a la que convocó el empresario Alejandro Martí cuando le mataron a su hijo Fernando. La verdad es que el secretario de Gobernación mostró sensibilidad, audacia, reflejos y talento. Hay quienes piensan que se sentó un mal precedente, que de aquí en adelante cualquiera que se manifieste en las calles podrá ver satisfechas sus demandas. No necesariamente es cierto. En todo caso, serán escuchados los que muestren fuerza. Los hechos colocaron a Miguel Ángel Osorio, que leyó la respuesta a los estudiantes en plena calle, en mangas de camisa y en medio de una lluvia pertinaz, en una posición inmejorable: se pone a la cabeza, creo yo, en la batalla por la sucesión presidencial del 2018. Al tiempo.