Jesús Orozco Castellanos

La señora María de Lourdes Melgar Palacios, subsecretaria de Hidrocarburos de la Secretaría de Energía del gobierno federal, dijo en una entrevista radiofónica que un barril de petróleo tiene 64 litros. Se equivocó por más del doble: un barril tiene 159 litros. Pero el asunto no paró allí. Participó en el evento Oil & Money que tuvo lugar en Londres hace unos días. Le preguntaron por el consumo de gasolina y diésel en México y no supo qué responder. Tapó con la mano el micrófono del entrevistador y se retiró. Y conste que es la responsable directa de esos asuntos. Sólo esperamos que Pedro Joaquín Coldwell, titular de la dependencia, sí esté enterado, no sólo del comportamiento de su colaboradora sino de los litros que le caben a un barril.

Otra perla. El Dr. Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno de la Ciudad de México, en más de alguna ocasión declaró con orgullo que la red de hospitales públicos de la ciudad que gobierna es una de las mejores de América Latina, tanto por la infraestructura de los nosocomios como por la calidad de los médicos. Pero ¡oh sorpresa! Le acaban de practicar una cirugía a corazón abierto y ¿dónde cree usted que fue atendido? En el Hospital privado ABC, antes conocido como el Hospital Inglés, uno de los más caros del país. Intervinieron seis especialistas. Dada la complejidad de la operación, otros seis estuvieron presentes por si surgía alguna complicación. ¿Cuánto ganarán esos doce especialistas? Se calcula que el asunto ha de haber costado unos dos millones de pesos. Por supuesto que no los pagó de su bolsa. El gobierno de la Ciudad de México dispone de muchos recursos… de los contribuyentes.

Parecería que vamos de mal en peor en la integración de los gabinetes especializados y en el control del gasto gubernamental. Esto me hace recordar la polémica que sostuvo Carlos Marx con los seguidores de Hegel, quienes se ufanaban de la calidad del funcionariado alemán. Marx ponía en duda esa apreciación. Quizá los parámetros de Marx eran demasiado rigurosos. Hasta la fecha, los funcionarios alemanes tienen fama de eficientes e incorruptibles. En todo caso, los escándalos de corrupción económica o política suelen darse en los más altos niveles; la infantería gubernamental funciona como mecanismo de relojería. En México, por desgracia, la corrupción y la ineficiencia se dan arriba, en medio y abajo. Recordemos hechos tan lamentables como el de la hermana del ex presidente López Portillo que decidió poner en su cuenta bancaria personal el importe de una parte de las exportaciones petroleras. Se hablaba de barcos enteros a los que les caben cientos de miles de barriles de crudo. Eran miles de millones de pesos. O aquella anécdota por demás vergonzante de la ex esposa del propio López Portillo que mandó derribar las paredes de un hotel en Madrid para meter su piano. Tampoco se olvida que el ex presidente Carlos Salinas pidió que le dejaran un “cochinito” de 500 millones de dólares para su retiro de la casa presidencial, además de su pensión vitalicia como ex presidente. Pareciera que se trataba de don Laureano y doña Paz, los personajes célebres de los “Polivoces”, que realizaban compras multimillonarias y al final decía don Laureano: “Ya compramos los regalos, vieja; ahora vamos por las tarjetas de Navidad”. Y entraban a una galería de cuadros carísimos. Al final decía don Laureano: “Y no se te olvide guardar unos cuatro o cinco millones de pesos para las propinas”.

A lo anterior se agregan los gobernadores que dispusieron o disponen de miles de millones de pesos del erario público para su disfrute personal. Hasta donde sabemos, sólo hay uno en la cárcel: el químico Andrés Granier, ex gobernador de Tabasco. Y está preso por una torpeza. Se encontraba disfrutando de la vida en Miami sin que nadie lo molestara. Cometió el error de regresar a México. Tal vez pensó que, como de costumbre, todo se arreglaría con algo de dinero. Pero el clamor era demasiado grande y no era posible dejarlo en libertad.

Obviamente, ante tales excesos la imagen de México en el exterior era o es la de una república bananera. Se les llamaba así a las repúblicas de América Central que tenían como sustento económico la venta de productos frutícolas (especialmente plátanos) a las compañías multinacionales norteamericanas. A eso había que añadir los sobornos que recibían las empresas y los gobiernos centroamericanos por parte de esas compañías. En México no andamos tan lejos. La diferencia es que en lugar de bananas exportamos petróleo crudo, a los precios que fijan las “siete hermanas” (así son conocidas las grandes empresas mundiales que se dedican a la industria del petróleo).

Y cuando decimos que la ineficiencia y la corrupción en nuestro país se dan en todos los niveles, es porque así ocurre. Debajo de las cabezas están los testaferros que alquilan su nombre, los empresarios que lavan dinero, los funcionarios de nivel medio que le dan curso legal a cualquier irregularidad, los empleados municipales que arreglan todo tipo de trámites por una módica suma. La cadena es larga y completa. Y qué decir de los grupos del crimen organizado. También hay jerarquías. Además, algún escritor que publica en los medios nacionales manifestó que es preferible que las cosas sigan como están, al menos en el tema del narcotráfico. Parece una herejía pero tiene sentido. Hace algún tiempo alguien que fue secretario de la Defensa Nacional declaró que en México se dedican al negocio del tráfico de drogas alrededor de 450 mil personas, entre quienes siembran y cultivan mariguana y amapola, los que producen drogas sintéticas y los que se dedican a la distribución y venta de las diferentes modalidades de estupefacientes. Si esa cifra la multiplicamos por cuatro (número promedio de integrantes por familia), estamos hablando de millones de personas. En ese sentido tenía razón el ex secretario, sobre todo considerando el alto nivel de desempleo que hay en el país.

Ahora bien, el tema de la ineficiencia, del que dio cátedra la señora subsecretaria en México y en Londres, es igualmente alarmante. Si la señora no sabe cuántos litros se requieren para completar un barril de petróleo, habrá que preguntarse si sabe cuánto cuesta la mezcla mexicana de crudo en los mercados internacionales. Tal vez pudiera alegar en su defensa que esa última información le corresponde a la Secretaría de Hacienda para determinar el monto del presupuesto que anualmente se tiene que enviar al Congreso de la Unión. Eso es cierto pero, qué mal se vio la subsecretaria cuando no supo decir, en un evento internacional, qué cantidades de gasolina y diésel se consumen en México. Si alguien debe saberlo es ella.

Lo anterior en nada contribuye a la mejoría de la imagen de México en el exterior, especialmente ahora que los hechos de Iguala le dan la vuelta al mundo, colocando a nuestro país en muy mala posición en el tema de la defensa de los derechos humanos. Un amigo mío acaba de hacer un recorrido por Europa y me comenta que el asunto de Ayotzinapa está en boca de todos, de los ciudadanos, de los académicos y de los medios de comunicación, y lo seguirá estando en la medida en que no aparezcan los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Y del control del gasto del gobierno, ni hablar. Leyes van y vienen y las cosas parece que empeoran, en lugar de mejorar.