Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En un si no extraño sí inesperado movimiento el Presidente de la República decidió que renunciara el Procurador General de la República, y luego que su sustituto interino destituyera al Fiscal para Delitos Electorales, según se dijo por indiscreciones respecto de averiguaciones previas. El despedido anunció que impugnaría la decisión y que acudiría al Senado de la República pidiendo la revisión de su causa. Desde luego amable y crédulo lector usted puede opinar que el ex Procurador decidió su renuncia luego de meditar sesudamente, realizar examen de conciencia y, quien sabe si propósito de enmienda, por haber dado un domicilio falso para registrar su Ferrari viejito, que según él vale menos que un coche de pedales, y por supuesto cualquiera puede pensar y estaría en su derecho, que el procurador sustituto en un arranque de legalidad y justicia, lo que sin duda caracterizará su breve interinato, decidió motu proprio despedir con cajas destempladas al fiscal electoral por bocón.

El Presidente ha mostrado, además de una torpeza para el hablar solo comparable a la de su antecesor Vicente Fox, habilidad política para manejar su propio partido y servirse de otros partidos desechables, como puede ser alguno de los pequeños capaces de vender su alma por el registro, o de perdido por los permisos para unos CENDIS. Es cierto que al menos en la historia reciente del país ningún Presidente había tenido un nivel tan bajo de aprobación como Peña, creo que ni Miguel de lo Masgris en sus épocas, y, démosle el beneficio de la duda, quizás no tengamos todavía una adecuada perspectiva para juzgar su obra, lo que sí, es que es mas que suficiente para juzgarle como persona: su aire de suficiencia, su actitud dogmática, su estilo de perdonavidas aparentemente choca a la gente, y luego, contrasta fuertemente con sus dislates, que quizás se le perdonarían si su «aire» fuera mas normalito.

Tradicionalmente los fines del estado coinciden con los que se atribuyen al estado: bien común, seguridad y justicia, pero para lograrlo es también necesario que el gobierno inspire confianza, que el gobernante la inspire. Construir la confianza es un trabajo arduo, reconstruirla es titánico, Un sistema político por sí mismo no la genera, llámesele como se le llame, puede ser monarquía o democracia, si la personalidad, actitud y acciones no logran que sus gobernados tengan confianza. Sólo una serie de actos concatenados, de hechos mensurables, de promesas cumplidas pueden ir construyéndola y, a veces basta un error para echarla abajo.

Los mexicanos hemos padecido una serie de gobiernos que, con independencia de sus colores, han ido dando razones para la desconfianza de la ciudadanía, al extremo de que, una buena parte de su presupuesto (dinero de los impuestos o de la deuda, que después de todo también tendrá que ser pagada con impuestos) en lo que llaman pomposamente «comunicación social», que no es mas que sencillamente propaganda, de la que una buena parte se destina a exaltar la persona del gobernante. ¿O qué, piensa el lector que todas las fotografías, menciones, elogios, agradecimientos, etc. son gratuitos? ¿Piensa que las llamadas a programas noticiosos son todas espontáneas? Por no dejar se pueden consultar las partidas presupuestales de las dependencias oficiales para darse cuenta de las cantidades estratosféricas que para esos menesteres se destinan, habida cuenta de que, no pocas veces, las partidas se disfrazan o se ocultan.

La democracia, creo que lo decía Winston Churchill era el peor de los sistemas políticos con excepción de todos los demás, y Aristóteles pensaba que cualquiera de los sistemas podría caer en la descomposición y la corrupción. Maquiavelo en su opúsculo maravilloso da los preceptos para obtener y conservar el poder más allá de consideraciones éticas. Montesquieu concibió un sistema que teóricamente equilibraría a las funciones del gobierno mediante contrapesos, un poder limitaría a otro, pero, como decía un amigo: habría que irse a vivir a Teoría porque en teoría todo está perfecto. Michel Jolly en su libro «Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu» pretende demostrar que el equilibrio soñado por el francés solo existe en el libro, porque en la realidad quien maneja los recursos es el que «impone la ley». Los límites obvios de la democracia estriban en la posibilidad de participación y en la posibilidad de conocimiento, o al revés.

Si consideramos que en Atenas el número de ciudadanos no pasaba de 60,000 pensar en una urbe actual de varios millones de electores es una lectura. La democracia representativa pretende ser una respuesta cuando por el tamaño de la población la directa se vuelve impráctica, pero la ciudadanía no confía en sus representantes. La transparencia pretende dar respuesta a la necesidad de información que requieren los ciudadanos para evaluar el desempeño, pero su volumen, su complejidad y sobre todo la propaganda que inunda los medios de comunicación prácticamente hace imposible que el ciudadano común y corriente pueda valorarla críticamente.

El gobernante podrá falsear los datos, podrá encumbrarse en la publicidad y obtener una simpatía soportada sobre bases de cristal, pero, me parece que fue Abraham Lincoln quien dijo: «no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo» o algo por el estilo. Tarde o temprano el pueblo se cobra los agravios y pone en su sitio a las personas y a las cosas. Hace unos días platicando con un amigo observador profundo y analítico, a la par que juez imparcial y severo, me decía: México no tiene remedio porque su problema es genético, yo, que por esta vez me gustaría ser optimista, confío en que mi amigo se equivoque y que los mexicanos tomemos las riendas de nuestro destino, lo que, a mi manera se tendría que iniciar por las pequeñas acciones, rechazar la corrupción, no fomentarla, exigir la transparencia, reclamar la rendición de cuentas, alentar la honradez, desalentar la demagogia, cumplir con nuestras obligaciones para no aceptar ningún menoscabo a nuestros derechos.

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