Luis Muñoz Fernández

¿Ya han visto la miniserie televisiva “Chernóbil” (Chernobyl, en inglés) del canal estadounidense HBO y el inglés Sky? Si no lo han hecho, háganlo por favor, tómenlo como un deber moral. Este “accidente” nuclear, de gravísimas y duraderas repercusiones planetarias, ilustra una de las facetas más oscuras de la naturaleza humana: el hombre con poder que, sin importarle las consecuencias (si acaso las considera en algún momento), es capaz de mentir con todos los dientes y destruir así a sus semejantes, tanto a los contemporáneos como a las generaciones futuras.

Pero no nos tenemos que remontar a la URSS de 1986. Esta misma semana ocurrió otro desastre medioambiental cuyas consecuencias todavía no podemos calcular, pero que seguro serán gravísimas. En el puerto de Guaymas, Sonora, debido a la ruptura de una brida que une dos mangueras, el Grupo México derramó al Mar de Cortés 3 mil litros de ácido sulfúrico para regocijo de las ballenas y del resto de la fauna y flora que vive en aquellas aguas calificadas de santuario natural. No debemos olvidar que hace cinco años, el mismo Grupo México derramó 40 mil metros cúbicos de metales venenosos en el río Sonora.

Igual que en Chernóbil, el administrador portuario afirmó que el derrame de ácido sulfúrico consistió apenas en unos pequeños charcos que, al reaccionar virulentamente con el agua marina, simularon un gran derrame sin serlo, aunque que eso lo tendrá que determinar la Semarnat, cuyo dictamen esperarán muy atentos. En un artículo reciente en la página electrónica Sin Permiso, titulado Fukushima: el regreso de la mentira, Alejandro Nadal dice: “Gobiernos, intereses corporativos privados y públicos tienen un rasgo en común. Estas estructuras jerárquicas comparten una fuerte propensión a mentir cuando se sienten amenazadas”.

Estas conductas mentirosas y criminales se repiten una y otra vez cuando suceden hechos de este tipo. Así lo afirma Stephan Lessenich, sociólogo alemán, al referirse al vertido de 60 millones de metros cúbicos de lodo con metales pesados tóxicos provenientes de la mina Mariana que anegó en noviembre de 2015 el poblado de Bento Rodrigues, Minas Gerais, Brasil: “Lo que sucedió fue una catástrofe completamente normal, y una catástrofe anunciada. […] En un primer momento Samarco (la empresa propietaria de la mina) notificó que el lodo vertido no era tóxico y que constaba principalmente de agua y sílice”. ¿Les suena?

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