Flashback: Cuarenta y pico de años, fácilmente: principios de los años 80. Me rapto el auto que era de mi hermana (un Datsun verde, verde militar), y me apersono en lo que era, o seguirá siendo -ni idea-, la Dirección de Tránsito, donde se tramitaban las licencias de conducir.

Recuerdo (siempre imagino, qué otra cosa), que el documento se obtenía con un breve examen y una prueba de manejo que consistía, menuda prueba: en estacionar el auto entre dos tambos enormes, rellenados con cemento y con una entrevista con un doctor; un doctor seguramente muy conocido -cuyo nombre he olvidado-, que tenía facultades paranormales: le bastaba ver al candidato, a veces luego de un breve examen de la vista (¿qué letra ve usted aquí?), para determinar si el pediche de turno tenía o no condiciones para conducir.

Examen de la vista, de capacidades motoras, de equilibrio mental: todo de una ojeada, aunque -el señor se ve que era conocido y conocedor por y de todo el mundo-, casi siempre era posible ahorrarse hasta ese trámite, pues la escena que solía darse allí se ilustra con un diálogo de esta guisa:

—¡Mendívil? ¿No es usted algo de Polito Mendívil?

—Es mi padre doctor— O mi tío, o primo de mi padre.

—Y deme razón de su tío Federico.

—Pues allí anda, ahora vendiendo mermeladas de chirimolla…

El señor tomaba la solicitud, la firmaba, daba un golpe de sello y uno tenía ya permiso para conducir.

Cambio de escena: Hace días, por razones que igual cuento luego, o no, me senté tres largos días a expulsar cajas de archivo, para seguir depurando la ingente cantidad de papelería (recortes de diarios, fichas sobre libros, borradores de poemas, versiones mecanografiadas de cuentos inéditos, recibos de luz de una casa donde viví en 1984, boletas escolares de bachillerato, diplomas de congresos, fotografías, billetes de avión de un vuelo a Moscú, la credencial de acreditación de un congreso al que acudí en Santiago hace 30 años…) que he reunido desde que me pensé que había más tiempo que vida.

Allí el pasaporte que obtuve en 1978, cuando esos trámites se hacían en Guadalajara, el acta de mi examen de licenciatura, la licencia de conducir de 1982, la credencial de la Cooperativa Sant Jordi, la acreditación de la reunión del BID de Cartagena de Indias, de 1998…

Hace unas semanas reparé en que mi licencia de manejar estaba vencida, hace ya tres meses; yo conduzco poco, lo menos que puedo, pero es un documento que por sí o por no hay que tener siempre en regla.

Hace 10 años, en el mismo trance, el Gobierno Estatal sacó una licencia conmemorativa de la Convención, de tal manera que mi renovación me fue obsequiada por el entonces secretario de Seguridad; el general H; tres años después, su sucesor, el general B, me envió otro documento, con vigencia hasta fines del año pasado, lo que dice que tenía yo tres lustros sin tener que acudir a tramitar una licencia.

Todo muy bien, salvo la imagen de las tres últimas licencias, que era la misma y que presenta a un sujeto todavía muy joven, apenas pasados los cuarenta, para identificar a un asesor de rostro ya ajado y pelo cano, que apenas se parece al fulano de la fotografía.

Así las cosas hoy fui a tramitar la necesaria y ya urgente nueva licencia, de tal manera que cuando presenté la anterior, la mujer que iniciaba el trámite, miraba la foto y luego mi rostro, tal vez sospechando que el portador de la licencia no era el mismo del documento; o que alguna grave enfermedad me había envejecido prematuramente; o que me acababa de apachurrar un tren. En cada una de las posibilidades llevaba la mujer, la amable mujer, hay que decirlo, algo de razón.

Me sentí como el finado Monterroso, cuando cuenta que fue a tramitar su nuevo pasaporte guatemalteco, quizá el último de los que recibió en vida, y se preguntaba si viviría los largos diez años de vigencia del documento.

Total que luego de la foto, la corroboración de datos, y el pago, salí yo de las oficinas de la SSP con mi nueva licencia: el mismo nombre, el mismo peso, la misma dirección (por ahora, que yo pronto me marcho muy lejos), el mismo tipo de sangre, la misma fecha de nacimiento y la misma condición de donador de órganos.

La foto, obviamente, la de un señor ya mayor (pelo entrecano, dice la nueva licencia, donde podría decir perfectamente cárdeno o berrendo), en una licencia que ahora es vertical y que, allí lo dice, será válida hasta marzo del 29, año muy lejano en que quién sabe si yo siga aquí, o si lo que necesite no sea una licencia para una silla motorizada o, mucho mejor, un aparato de teletransportación.

¡Mazel Tov!

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