Salvador Camacho Sandoval

“Con la democracia se come, se educa, se cura”.

Raúl Alfonsín. Presidente argentino.

  1. Votar el próximo domingo

El próximo domingo 2 de junio, en todo México, muchos saldremos a votar a favor de nuestras candidatas y candidatos, en medio de una disputa política e ideológica que es legítima y necesaria. A pesar de los graves problemas que tenemos y de las campañas largas, costosas y de mucha basura de todo tipo, aún tenemos la libertad de elegir entre varias opciones políticas, a diferencia de cuando el Partido Revolucionario Institucional controlaba los gobiernos municipales, estatales y federal en beneficio de un grupo que, además, se enriquecía con dinero público.

La democracia electoral llegó para quedarse y debemos cuidarla para evitar su retroceso. Con las votaciones no se resolverán los problemas de injusticia ni tendremos el país que queremos y merecemos, pero votar es la única manera de mejorar. Con democracia y no con autoritarismo habrá más posibilidades de que los pobres tengan para comer, puedan estar mejor educados y tengas un mejor servicio de salud, tal como lo sentenció el presidente argentino Raúl Alfonsín, después de que el pueblo dio fin a la dictadura cívico militar en 1983.

  1. Cultura parroquial

En 1963, dos sociólogos norteamericanos, Gabriel A. Amond y Sidney Verba, hicieron un estudio sobre “la cultura política de la democracia y las estructuras y procesos que la sostienen”, para lo cual eligieron cinco países y aplicaron cuestionarios e hicieron entrevistas a fondo con algunas de las personas seleccionadas de la muestra. Originalmente seleccionaron a Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Suecia; pero, luego decidieron sustituir a los dos últimos por Italia y México. Sobre la incorporación de nuestro país, Almond y Verba la justificaron diciendo que era un país poco desarrollado políticamente y podía ser comparado con países con democracias “exitosas”.

Su trabajo fue relativamente novedoso, porque retomó aportaciones del “enfoque psicocultural” para entender mejor los fenómenos políticos. Mencionaron que hay sociedades con una “cultura política parroquial”, en el sentido de que la gente ve a sus gobernantes lejos y con la idea de que la toma de decisiones sobre los asuntos colectivos no les pertenece. El individuo no espera nada del sistema político. Luego, hablaron de una “cultura política de súbdito” o autoritaria, en la que los ciudadanos saben que hay una autoridad, de la cual se sienten orgullosos o la rechazan; pero, son pasivos e incapaces para involucrarse en los asuntos que conciernen. Finalmente, está la “cultura política de participación” y responsabilidades, la democrática, que es el ideal a seguir. El estudio tuvo sus críticas, pero “The civic culture” se convirtió en una gran aportación a la ciencia política.

Durante los últimos dos años, en México presenciamos campañas y precampañas que dejaron ver una falta de apego a la normalidad básica de una democracia madura. El dinero público se ocupó en la promoción de líderes y grupos, y el Instituto Nacional Electoral fue incapaz de detenerlas. En palabras de Almond y Verba, podemos decir que los mexicanos estamos viviendo una cultura política parroquial combinada con autoritarismo y una débil cultura democrática. Y, desde luego, la gente de Aguascalientes no es la excepción. Nos falta pasar a una “cultura pluralista basada en la comunicación y la persuasión, una cultura de consenso y diversidad, una cultura que permita el cambio, pero también lo modere”.

  1. La corrupción, un gran problema

La democracia no ha cumplido lo que prometía, afirmó categórico el filósofo y politólogo italiano Norberto Bobbio, pues hay consolidación “institucional” de las prácticas oligárquicas sobre los intereses de la nación y la mayoría de la población. En México, hay que agregar, la democracia no ha disminuido la desigualdad social ni ha frenado la corrupción.

Durante la campaña, las dos candidatas a la presidencia de la República se acusaron de ser parte de grupos y partidos involucrados en actos de corrupción. Claudia Sheinbaum habló de los “gobernadores de PRIAN” que están presos por corruptos y Xóchitl Gálvez, por su parte, dijo que los hijos del presidente están usando el poder de su padre para enriquecerse ilícitamente. Todo esto sin mencionar los vínculos que existieron y existen entre políticos y grupos narco-criminales.

Sabemos que al lado de la corrupción está la impunidad. Recientemente, los medios de comunicación en Aguascalientes dieron a conocer que el hijo del exgobernador de Aguascalientes, Luis Armando Reynoso Femat, “cuenta con al menos tres propiedades en Dubái, una de las ciudades conocidas por su alta plusvalía en el mercado inmobiliario y ubicada por especialistas anticorrupción como un paraíso fiscal”. Pero ¿nos extraña la noticia? Claro que no.

Tenía razón Charles de Gaulle, cuando dijo que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos. La corrupción y la impunidad están en el gobierno, pero también en la iniciativa privada y, ahora lo sabemos, en instituciones educativa, como en la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA), donde han desaparecido más de 300 millones de pesos. Y no pasa nada, porque el problema de la corrupción se ha normalizado, nuestra cultura lo permite, diría Genaro Zalpa, sociólogo de la UAA, en su libro “¿No habrá manera de arreglarnos? Corrupción y cultura en México”.

Para mí, “entre las autoridades que roban y la gente que lo consiente, hay una complicidad vergonzosa”. Por esto, cuando no tomamos una postura en contra de la corrupción, tácitamente la estamos aceptando y, más aún, propiciando.

Con democracia esta problemática no desaparecerá pronto, es verdad, pero hay más posibilidades de fortalecer las instituciones que lo impidan y más personas participativas. Quien es demócrata defiende el bien común y valores como la honestidad y el respeto a los derechos de las y los otros. Además, “en el mundo modernizado, dice Giovanni Sartori, el que gobierna hoy sin democracia juega sin legitimidad”.

La democracia permite exponer problemas y busca los medios para resolverlos. No se aprende en las campañas electorales ni termina en las votaciones, implica la formación de valores y actitudes que se concretan en acciones positivas para beneficio de la colectividad. Bien lo dice el artículo tercero de nuestra Constitución Política: la democracia vinculada a la educación y a toda la sociedad debe ser entendida “no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

¡Salgamos a votar el próximo domingo y seamos demócratas de tiempo completo!