Por Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Me lo contó mi amigo Héctor Sergio Palacios, para los cuates «el gordo» y para los cabales «Cajerito de Jere'». Un grupo de alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM se reunían los domingos en casa del maestro Celestino Porte Petit, con el pretexto de ver el futbol. Algún domingo mientras estaban en la chorcha entró la sirvienta (espécimen casi en extinción), al lugar de reunión y le dijo a Don Celestino: «Maestro que son a seis», «Compra diez» le contestó. Alguno de los contertulios preguntó ingenuamente: «¿qué cosa va a comprar, Maestro?», «lo que sea, al cabo está muy barato», remató Don Celestino.

La anécdota anterior vino a mi memoria casi al mismo tiempo que el recuerdo del título del libro, creo que de Soledad Loaeza, “Compro, luego existo”. El pasado fin de semana, fin de semana largo le dicen ahora, las calles, los comercios, se vieron abarrotados de gente ávida de gastar, de aprovechar las ofertas, para adquirir cualquier cosa con tal de que estuviera barata. Lo de menos es la pertinencia o necesidad de la compra. Lo de menos es endeudarse por un tiempo más largo que la duración del objeto a adquirir. Lo de menos es si existen prioridades, lo único que importa es «aprovechar» la venta de oportunidad, convertirse en una «víctima» de la mercadotecnia diseñada para empeñar lo que sea con tal de no dejar pasar la «oferta».

Refunfuñando como aquel fulano del dicho, que hasta lo que no comía le hacía daño, pensaba en este país, este pobre país, al que han bastado unos cuantos días para que salgan a relucir lacras que pensábamos habían pasado a la historia con los «cambios estructurales» que la mercadotecnia política nos «vendió», como la solución total para los males del pasado y adentrarnos en la modernidad como corresponde a un país que se respete. Hete aquí que de buenas a primeras dos gravísimos incidentes, ambos en el estado de Guerrero, exhibieron que como en el extraordinario cuento de Tito Monterroso, cuando despertamos del sueño, el dinosaurio seguía allí.

Que una partida del ejército haya «fusilado» sin juicio y sin confesión a un grupo de jóvenes a los que se imputaban conductas delictuosas, ya era bastante grave, aunque justo es decirlo, la reacción de las autoridades, civiles y militares fue pronta y congruente. Los militares involucrados, o al menos un grupo de ellos fueron puestos a disposición del ministerio público del fuero común para ser procesados. Pero lo de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa, va más allá de toda lógica del ejercicio de poder. La respuesta violenta, salvaje, crudelísima, de los grupos de delincuencia, asociados presumiblemente al narcotráfico que en Guerrero sigue siendo empresa floreciente, ha hecho cimbrarse a la autoridad constituida del país. La respuesta tardía (cada hora contaba), hizo perder tiempo precioso en la investigación. Mi maestro de Medicina Legal, Rafael Moreno González decía que el tiempo que pasa es la prueba que se desvanece, y agregaba que las primeras cuarenta y ocho horas eran cruciales para la obtención de evidencias que conduzcan a la solución de los casos penales.

En Iguala, la Procuraduría de la República asumió la responsabilidad de la investigación ocho días después. Ocho días en que las autoridades de Guerrero a las que ahora se señalan como infiltradas por grupos de sicarios, pudieron «arreglar o desarreglar» los lugares, desaparecer las evidencias, ocultar las pistas, modificar las circunstancias e incluso desaparecer a los desaparecedores.

De la perplejidad, del asombro, de la incredulidad, los mexicanos hemos pasado a la indignación. La desconfianza en la autoridad crece con el enojo y la ira propicia las conductas extremas, que van desde las protestas ordenadas como las que se han dado en Aguascalientes, hasta los desmanes que ocasionan pérdidas y destrozos en bienes públicos y privados, y que hacen pagar precios a quien sin tenerla ni deberla, solamente tuvo la desgracia de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Sin comparación desde luego, a la masacre de Iguala, se han aunado dos escándalos que por sí solos, de no tener una explicación satisfactoria, colocaría en aprietos a un gobierno: la «casa blanca» y el «tren chino». La reacción gubernamental parece tibia y poco convincente y la sociedad espera respuestas.

Pero, el fin de semana pasado, las desgracias se olvidaron. Las protestas podían esperar. Las manifestaciones no tuvieron, no han tenido el tamaño de las hordas de compradores que en el «buen fin», olvidaron el «mal fin» de los normalistas de Ayotzinapa y el de los miles de desaparecidos que han pasado de la memoria a las estadísticas.

¡Eureka! Ya se encontró la forma de dejar atrás los problemas del país. Ya que la selección mexicana con todo y piojo y liendres que le acompañan es ineficaz de dar una alegría a este sufrido pueblo, la receta está a la vista y solo no la verá el que no quiera verla. Hay que hacer más «buenos fines» que con ellos se olvidan los «malos fines».

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