Beatriz Córdova Casillas

La palabra evolución significa cambio, movimiento, transformación. La usamos en campos tan diversos como la cosmología, la biología, la cultura, el arte y las ideas. Día a día todo cambia y lo constatamos por la gran variedad de entes que componen nuestro cosmos y nos hacen preguntarnos por el origen y desarrollo de todas esas maravillas. ¿Cómo no admirarnos del sinnúmero de estructuras cósmicas que pueblan el universo, de la asombrosa diversidad de los seres vivos, de la cambiante naturaleza de las lenguas y de los referentes culturales?  Comparto ahora, de forma muy breve y general, las principales ideas relativas a la evolución biológica, tan viejas como nuestra historia.

Anaximandro y Heráclito, filósofos jónicos (S-VI ac.), veían el cosmos como un fluir en evolución natural y todo existía en estado de continuo cambio. Durante la Edad Media, en nuestra cultura occidental y cristiana, predominó una imagen fijista del universo derivada del relato del Génesis de la Creación y del Diluvio Universal, y aunque algunos sabios como A. Magno (1206-80) fueron grandes observadores de la naturaleza, el principio de autoridad (Aristóteles, principalmente) prevaleció hasta el Renacimiento, época en la que se recuperó el saber de la antigüedad clásica y se establecieron las bases de lo que sería la ciencia moderna. En el campo de la Historia Natural varios hechos cambiaron el estudio de los seres vivos: naturalismo en el arte y observación detallada de organismos; exploración de nuevos territorios con animales y vegetales nunca vistos, con en el descubrimiento de América; progreso en los estudios anatómicos, como los dibujos de Leonardo da Vinci (1452-1519) y de A. Vesalio (1514-64), así como la creación de los primeros jardines botánicos y museos. Por este tiempo se trató de dar una explicación de los fósiles, ya conocidos desde la antigüedad, pero fueron interpretados como caprichos de la naturaleza o restos de organismos enterrados en las montañas por el Diluvio Universal. Tanto Leonardo como B. Palissy (1510-89, ceramista francés y uno de los primeros en formar colecciones de fósiles) rechazaron la hipótesis diluviana, pero sus explicaciones un poco confusas y complicadas, no alcanzaron difusión en el ámbito intelectual.

Los S-XVII y XVIII ampliaron los avances de las ciencias naturales del Renacimiento. El sueco C. Linné (1707-78) sentó las bases de la clasificación moderna de lo viviente. Las ediciones de sus Philosophia botanica (1751) y Systema naturae (1758) se consideran el origen de la sistemática y taxonomía modernas; ambas constituyen un catálogo de las especies conocidas hasta entonces, con dos nombres en latín: uno para el género y otro para la especie, nomenclatura que se utiliza hasta nuestros días. Aunque se ordenaron los organismos y se mostraron afinidades y diferencias entre ellos, persistía la noción fijista de la inmutabilidad de las especies y se difundió la idea de una escala, cadena del ser o Scala naturae de formas simples a más complejas, culminando con el ser humano. No se cuestionaba el origen de los seres más sencillos ni cómo se subía en esta organización, pues creían que las especies no cambiaban y el concepto de generación espontánea (ciertos animales podían originarse del material en descomposición) permeaba el pensamiento de la época. La llegada del microscopio y los experimentos de F. Redi (1626-96), mostraron la falsedad de esta idea; sin embargo, tal opinión sobrevivió hasta el S-XIX, cuando L. Pasteur (1822-95) demostró lo mismo para las bacterias y terminó con esa creencia.

Las ideas realmente transformistas surgieron a finales del S-XVIII influidas por el enciclopedismo, el racionalismo y un estudio más detallado de los fósiles, al considerarlos como restos petrificados de organismos distintos a los actuales, que vivieron en épocas pasadas. Se pensó también que la tierra había cambiado y el mar cubrió por mucho tiempo vastas regiones de los ahora continentes, conduciendo a estimar periodos de duración temporal muy superior a la admitida hasta entonces. El mecanismo de la sedimentación fue dilucidado y se localizaba el origen de los seres vivos en las aguas marinas, quienes por trasformaciones súbitas darían lugar a otras especies. El conde de Buffon (1707-88) afirmó que la tierra sufrió cambios profundos en grandes periodos de tiempo, durante los cuales el clima había cambiado y la flora y fauna aparecieron en cierto orden; también fue de los primeros en señalar que los fósiles correspondían a especies extintas. El médico E. Darwin (1731-1802, abuelo de Ch. Darwin) concibió un evolucionismo generalizado y concluyó que una sola especie había sido la causa de toda la vida orgánica.

Ya en pleno S-XIX, J.B. Lamarck (1744-1829) desarrolló un mecanismo para el cambio biológico. Creía en la producción gradual y sucesiva de grupos de seres vivos de simples a complejos en forma lineal, y pensaba que los organismos podían cambiar sus características debido a una “necesidad” de respuesta al ambiente. La función y el uso creaban el órgano y se heredaban estos caracteres adquiridos; ahora sabemos que eso no es posible. Por su parte, G. Cuvier (1769-1832), dedujo de sus investigaciones en vertebrados fósiles una sucesión de faunas distintas, sin formas de transición entre ellas; atribuyó a grandes cataclismos la extinción de especies coetáneas, sustituidas después por otras más avanzadas. Surgió así la hipótesis de las creaciones sucesivas (catastrofismo) para explicar los cambios en las especies, la cual no prosperó más allá de sus alumnos.

Hasta mediados del S-XIX, la mejor teoría de la evolución orgánica fue la desarrollada en forma independiente por Ch. Darwin (1809-82) y A. Wallace (1823-1913). Presentada el mismo día como trabajos separados sobre la Selección Natural en la Linnean Society (1858), pasó casi desapercibida; en contraste, la publicación de la obra de Darwin, El origen de las especies por medio de la Selección Natural en 1859, agotó la edición el día que salió a la venta. La teoría se basa en hechos observables que él recopiló durante muchos años: datos geológicos y paleontológicos, información de la biota y geología obtenida durante su viaje en el Beagle por el mundo, así como investigaciones de agricultores y criadores (selección artificial). El principio se basa en: la variación existente en los individuos de las poblaciones; la producción de más descendientes de los que sobreviven y la consecuente competencia por los recursos (lucha por la existencia); como resultado, solamente los que tienen características favorables en su ambiente dejan más hijos y estos rasgos favorables los heredaría su prole.

Aunque se ha expresado aquí en forma muy simplificada, la Selección Natural explica el fenómeno de la adaptación y sería el motor del cambio evolutivo. La teoría tenía varias objeciones que el mismo Darwin reconoció en su obra; no pudo explicar cómo se heredaban los caracteres favorables, por ejemplo, pues no conoció los trabajos de G. Mendel (1822-84) y los genes. Se dieron famosas polémicas en relación a su teoría y muchas de las objeciones se han sostenido, pero también varios de los problemas y lagunas en ella se han resuelto. La sustancia de dicha teoría, con el advenimiento del Neodarwinismo y la Genética de Poblaciones desarrollada durante el S-XX, condujeron a la Teoría Sintética de la Evolución, hoy ampliamente aceptada y de la cual forma parte la Selección Natural. La tesis evolutiva de Darwin dio orden y coherencia a una clasificación que tenía más interrogantes que certezas e influyó en el curso que seguirían las ciencias de la vida confiriendo sentido a la afirmación de T.G. Dobzhansky (1900-75): “Nada en la biología hace sentido si no es a la luz de la evolución”.