Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Si finalmente se decide destruir el mausoleo dedicado a Jesús F. Contreras, construido en la parte sur del Museo de Aguascalientes, estaremos frente a otro caso de dilapidación de recursos públicos que usted y yo generamos; uno más. Ignoro cuál habrá sido el costo de la obra –cualquier día le pregunto a la transparencia–, pero es obvio que dado lo reciente de su edificación, precisamente porque el edificio no ha sufrido la natural depreciación que el paso del tiempo ocasiona, su derribo significaría la pérdida de este dinero, y si se decide reconstruirlo en el lado contrario, o en otro lugar, su costo se elevaría a más del doble, considerando lo que tendría que pagarse para derribarlo y luego para volverlo a levantar (quizá la posible recuperación de materiales disminuiría el valor).

Por desgracia no sería la primera ocasión en que ocurriera una situación así. Que yo recuerde, están los casos del quiosco del Jardín de San Marcos, que fue sustituido por una fuente, y luego otra vez se levantó un quiosco, y las llamadas vueltas inglesas, construidas en el trienio municipal 2002-2004 en algunos cruceros de avenidas importantes, que el siguiente gobierno quitó casi de inmediato. Tal vez recordará usted que hubo una época en que los cruces de la Avenida de la Convención con José María Chávez, al sur, y General Barragán, al norte, tuvieron una glorieta, que luego fue quitada, etc.

Es obra pública úsese y tírese; los lujos de la pobreza. ¿Se ha fijado que en ocasiones tiramos la casa por la ventana, por ejemplo para celebrar unos 15 años, en tanto nos falta lo más elemental; lo que verdaderamente podría elevar nuestra calidad de vida? Así somos los mexicanos, gastamos nuestro dinero en infiernitos, mientras nos agobian la pobreza, la ignorancia y la corrupción.

Pero independientemente de lo que ocurra con el mausoleo; lo dejen ahí o lo conviertan en pasto de escombro, este caso tendría que mover a la autoridad a reflexionar en torno a la naturaleza de la obra pública, su pertinencia y viabilidad, el proceso de edificación desde el momento en que se decide llevarla a cabo; una planeación que considere el por qué; para qué se ejecuta; a quién beneficia, hasta su término, pasando por el pleno aprovechamiento de los recursos públicos, todo esto a fin de evitar decisiones caracterizadas por el capricho y la discrecionalidad.

En fin. Lo anterior corresponde a una dimensión política del asunto, pero sí se ve el mausoleo desde una perspectiva artística, se podrán advertir una serie de valores dignos de consideración. A partir de las conversaciones que he tenido con personas interesadas en el tema, no me queda claro si el mausoleo les parece horrible, feo en sí mismo, o si les parece horrible, feo, porque está ahí, pero si lo hubieran edificado en otro lado lo admirarían y asumirían que es una obra maestra, porque no es lo mismo una y otra cosa.

Esta reflexión me recuerda la secuencia final de la película de Stanley Kubrick 2001: Odisea del espacio, en la que aparece el protagonista; el comandante David Bowman en lo que parece ser el cuarto de un hotel de lujo, pero vestido de astronauta; algo por demás impertinente. Luego, minutos después se le ve, ya sin el traje, acostado en la cama de su cuarto de hotel, brutalmente envejecido, y frente a él se observa el monolito extraterrestre que ha rondado al hombre desde su génesis –y también la película. Así se me figura que sería el mausoleo, algo que está fuera de lugar en ese lugar. ¿Qué le parece la Puerta Saturnina? ¿Le gusta nuestra escultura de Sebastián? ¿Qué le parecería que la colocaran en la parte sur del museo? Supongo que sería el mismo caso; una impertinencia, algo fuera de lugar en ese lugar.

Lo peor de todo es que en más de algún caso, el repudio de que ha sido objeto la instalación ha llegado a un nivel que impide su apreciación. Así que, a riesgo de sufrir una excomunión cívica, intentaré una defensa del espacio que, por otra parte, no desmiente lo escrito en este espacio hace ocho días.

Para mi gusto la visión del mausoleo es más interesante desde el norte que desde el sur. Desde esta última posición se me figura que estoy frente a una estructura inabordable; una fortaleza con el techo inclinado, separado de la pared occidental; la del lado de la calle, pero unido al muro sur, que es más alto que el anterior, ambas paredes apartadas entre sí por una abertura que inicia a poca distancia de la base, y ciertamente el contraste del conjunto con sus vecinos es total. En cambio, visto desde el lado contrario, el edificio adquiere una suavidad, pese a sus formas agudas, aparte de que la forma como fueron diseñadas y construidas las paredes, propician que se vuelva más interesante a la vista.

Por ejemplo, es desde esta posición en que se advierte que el techo del cubo es también la base de la pirámide invertida, aunque ambas estructuras no llegan a tocarse por los lados norte y poniente, generando la impresión de que se trata de dos cubos, y no uno. Por otra parte, en realidad el lado norte de la estructura; la pared de ese lado, carece de la rigidez que uno esperaría en un cubo, en tanto cuerpo cerrado. Una parte permanece recta, en tanto que la otra se inclina hacia dentro para permitir la entrada. Es esta la parte que se une con el lado norte de la pirámide invertida, contribuyendo a su sostén y generando una inclinación que contrasta con la rectitud de la otra parte, y aquí me detendré nuevamente para compartir con usted la siguiente reflexión: quizá exagere; quizá, pero hasta donde recuerdo, con quienes he conversado sobre este tema y que repudian la construcción, nadie había entrado al lugar. Lo escribo porque me parece que la percepción sobre el conjunto de la obra tendría que cambiar si se le observa desde el interior.

Dentro de ocho días le cuento por qué. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).