Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Nos volvemos a ver. Año tras año

soñé con encontrarte en mi camino.

¡Sol de mis ojos, luz de mi destino!

¿No quisieras, mi bien, tomar un baño?

Nos encontramos uno al otro extraño:

Gordo tú, flaco yo -¡mundo mezquino!-

Y me complace ver -¡oh, desatino!-

que hay cosas que no cambian de tamaño.

Salvador Novo

«Dicebamus hesterna die…» Ayer al regresar a impartir clases en la UAA luego de una temporada con licencia para atender compromisos cívico-laborales, recordaba la frase que da título a esta columneja y que fuera pronunciada por fray Luis de León al regresar a impartir su cátedra en la Universidad de Salamanca (“Lo que natura no da, Salamanca no presta”), luego de haber permanecido preso alrededor de cinco años por la Sagrada Congregación para la Defensa de la Fe, más conocida como la Santa Inquisición. Preso y procesado por haber traducido libros sin autorización de sus superiores. Libros que se presumía podían contener o contenían expresiones contrarias al dogma y a la fe católica. Finalmente logró la absolución y al regresar a la universidad, lo hizo como si no hubieran transcurrido los años en la prisión y no hubiera sido sujeto de un juicio por la Santa Iglesia.

Algo parecido le sucedió a Don Miguel de Unamuno, una de las figuras literarias más distinguidas y uno de los principales pensadores de España de comienzos del siglo XX. En 1923, los acontecimientos políticos marcaron la vida de Unamuno. El general Primo de Rivera dio un golpe militar y se proclamó dictador. Unamuno publicó artículos que criticaban el régimen, fue expulsado de la universidad y tuvo que exiliarse en las Islas Canarias. Cuando regresó, luego de varios años a su universidad, la misma Salamanca, inició su cátedra con la frase: ‘Como decíamos ayer’… como si nada hubiese sucedido, tal como lo había hecho fray Luis de León cuatro siglos atrás.

Claro que en un lustro pasan muchas cosas. En la autónoma tenemos nuevo rector. Los salones ahora están equipados con pantallotas como para ver el Super Bowl. Aunque la puerta del salón que vuelvo a ocupar después de 5 años sigue sin cerrar, y las cortinas siguen a medio colgar o a medio descolgar, según se vea. Los jóvenes alumnos con el esplendor de la juventud y con la ilusión (¡pobres!) de que la universidad les aclare algo de su incierto futuro, acuden entusiastas los primeros días, entusiasmo que suele decrecer en el transcurso del semestre. El mejor incentivo para regresar a clases es, desde luego, sentirse entre los jóvenes, parafraseando a Marcel Proust, se podría decir: A la sombra de las muchachas y los muchachos en flor.

El segundo mejor incentivo para regresar a dar clases son los atardeceres de Aguascalientes. Efrén González Cuéllar -a quien extraño mucho más de lo que esperaba extrañar- decía que Aguascalientes ocupaba el segundo lugar en el mundo por la belleza de sus atardeceres. ¿De dónde sacaba que era el segundo lugar? ¡Saaabe…! ¿De dónde saca tantas cosas Efrén? Del güero Salvador Gallardo si sabíamos que obtenía datos, ideas y ocurrencias de la revista Mecánica Popular, pero Efrén… Quizás del cine, de los noticieros que se estilaban en las funciones dobles. Sin disminuir ni un ápice la belleza y el disfrute de los crepúsculos, hace unos años sufrí un desencanto parecido al de saber que el Niño Dios son los papás, o al de conocer que la columna de la Exedra no marca el centro geográfico del país. ¡Los atardeceres de Aguascalientes se explican por un sencillo fenómeno físico!

No recuerdo quién me “desinocentó”, pero seguramente fue en el Café de Andrea, y posiblemente mi maestro Héctor Valdivia, a quien debo una consideración especial. Resulta que el fenómeno es de refracción de la luz. Eso ya se sabe, pero lo interesante en nuestro caso particular es que el aire que proviene de los cañones zacatecanos -por supuesto no los de La Bufa, sino de Jalpa, Juchipila y demás-, es aire caliente que topa con la pequeña cordillera de la Sierra del Laurel y se eleva, en tanto que el aire que proviene del valle de Aguascalientes es aire varios grados más frío y también se estrella con la sierra, de manera que se elevan de ambos lados corrientes de aire con diferente temperatura y eso es ocasión de nuestros maravillosos atardeceres.

Pero no sólo vino a mi memoria fray Luis de León, sino también Salvador Novo y el fragmento jocoso del soneto que sirve de epígrafe y que hace alusión a una ausencia de algunos años. Jugando, jugando, pregunté a mis alumnos de mis dos grupos: ¿Quién sabe quién fue Salvador Novo? Nadie. Ninguno de cien alumnos universitarios de la carrera de Derecho tenía idea de quién fue Salvador Novo. Pregunté si habían cursado literatura mexicana y todos contestaron que sí. Por no dejar aventuré dos o tres más, preguntas buscapiés con igual respuesta.

Desde hace algunos años, el nivel de cultura general de los universitarios, al menos de los que me toca tratar, que son muchos y en muchos sentidos representativos, es bastante bajo. En general coincidimos los maestros en la apreciación de que cada vez leen menos y que sustituyen la lectura por la fugaz consulta al internet con el teléfono inteligente. Por supuesto que ello te hace salir del paso, resuelves la duda, obtienes el dato, terminas la consulta, pero… ¡no te queda nada! Como consultar un teléfono en la sección amarilla que te saca del apuro inmediato. Todos los alumnos traen un teléfono multitareas que utilizan y utilizan bien y rápido. Cotejan lo que los maestros dicen y señalan rápidamente los errores o equivocaciones, pero ¿qué queda?

En pocos años los alumnos actuales son producto de la sociedad de redes sociales. ¿Qué podrá hacer un maestro de gis y borrador frente a estos maravillosos jóvenes de instrumentos digitales? Al menos mostrar, como decía Ihering, hacia dónde está la justicia y decirles que, como la estrella polar, no se alcanza pero guía a los marinos.

(Mens sana in corpore sano.- Un grupo de entusiastas acarreados participó en una clase de activación cívica, reunidos previa convocatoria y supongo que también traslado y debidamente ajuareados los convocados, bailaron con la presidenta municipal al ritmo de la zumba. Sin duda la preparación física juega un papel importante en la campaña, perdón quiero decir en la condición física, pero como decía Baltasar Gracián en su oráculo manual, Arte de la Prudencia, no hay que ser persona de arranques, sino sostener una actitud, una práctica, una virtud. Una golondrina no hace verano.)

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