Moshé Leher

Se me estruja la tripa -perdón por mi elevado estilo-, cuando leo que nuestro asno trágico dijo, y miren que ya nada puede sorprendernos de sus salidas de tono, que el asesinato de la joven de Zapopan, quemada viva el pasado sábado y fallecida el pasado miércoles, era culpa llanamente de esa abstracción del mal que su cabecita delirante, pero hiperactiva, llamada neoliberalismo.

Yo pensaba y sostenía que sus salidas de tono, cada vez más demenciales, que tan bien le funcionaban para distraernos de los problemas que él, omnipresente, no sólo no solucionaba, sino que provocaba y que a pesar de que es la encarnación viva, no de la divinidad (¡qué va!), de eso que los matemáticos llaman ‘reductio ad absurdum’, su popularidad tenía (tiene) un par de llanas explicaciones.

La primera: que es el rey de los resentidos, en un país enfermo de resentimiento; la segunda: que en él se cumple el apotema ese de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.

Ahora pienso que debe haber algo más.

He ensayado mucho con la tesis del tribalismo de McLuhan y luego su uso para definir las nuevas luchas identitarias que le dio Fukuyama, pero la verdad es que el río se salió de madre y las últimas barbaridades del señor me tienen atónito y me hacen admitirme incapaz.

Alguien pensaba en la célebre escena de la Vía Láctea de Buñuel, la del duelo entre el jesuita y el jansenista, pero para explicar cómo las cosas absurdas que se nos ocurren nos llevan a callejones sin salida: dos sujetos batiéndose a duelo atendiendo la máxima de Tertuliano: ‘Creo porque es absurdo’, para tratar de explicarme y explicarse él mismo cómo los artículos de fe que salen de la boca presidencial (no necesariamente como un producto mental), luego tienen no sólo la aceptación, sino el entusiasmo.

Para ser un caso de psiquiatría, replico, el asunto se vuelve complejo cuando el delirio contamina a las masas, como las contaminó en la Italia de Mussolini, en la Alemania de Hitler (engatusó hasta a Heidegger) o en la España de Franco… la Rumania de Antonescu… Lo de Stalin, hay que decirlo, fue otra cosa: terror y más terror.

Por puro desencanto por mi manifiesta incapacidad para entender (no soy experto en patologías mentales y menos en delirios colectivos, y creo que ya las ideas de Benjamin y Ortega se quedan cortos), me pongo a enumerar los muchos males de los que podemos culpar al ‘espíritu individualista del neoliberalismo’, causa de estropicios desde antes de existir y desde tiempos inmemoriales, desde la tentación de Eva, la expulsión del Paraíso, el fratricidio de Caín contra Abel y así hasta la brutal muerte de la jovencita de Zapopan.

De esa manera, y para darle el peso teológico que se merecen las acusaciones presidenciales, el neoliberalismo es responsable de: el incidente de Babel, el diluvio universal, la caída de Sansón por culpa de la traicionera, filistea y posmoderna Dalila, la destrucción de Troya, la Guerra del Peloponeso, la derrota de los medos y los persas…

Por razones de economía y de espacio, y para no hacer de estas breves líneas un compendio universal de la infamia, me voy a la caída de Bizancio, el llanto de Boabdil en las murallas de Granada, la cruel conquista de América por parte de esos barbudos y neoliberales gachupines, la Peste Negra, el hundimiento del Titanic, la Guerra de Crimea (y perdón por violentar la cronología, que ya puesto de ocurrente da lo mismo), el asesinato de los Romanoc en Ekaterimburgo, el atentado contra Lenin, la Gripa Española, la Batalla de Vredum, la paz Brest-Litovsk, la asención de Al Capone, las salvajadas de Leopoldo en el Congo, la caída de una tía bisabuela mía en una noria, el Anschluss, la bomba de Hiroshima, las barrabasadas de los hippies, la Guerra de Corea, Vietnam, la disolución de Yugoslavia, el Maracanazo… el ‘no era penal’ del México-Holanda y cuanta desgracia haya soportado la humanidad, incluida la crucifixión de Jesucristo (¿no eran los romanos agentes globalizadores, ergo neoliberales’), el martirio de Alí y hasta la cancelación del programa de Chabelo.

Obviamente lo es del holocausto.

Si usted juzga que este artículo es deplorable, pues no lo dude, la culpa es del neoliberalismo y hasta de Felipe Calderón.

¡Shabat Shalom!

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