Víctor Hugo Granados Zapata

Después de más de dos años, las escuelas vuelven a admitir a todas las y los estudiantes a sus aulas. La espera que parecía eterna por fin ha llegado a su fin y, a la par de la Feria Nacional de San Marcos, estamos casi en la normalidad tal y como desde inicios del 2020. Sin embargo, gran parte de este retorno se lo debemos a las vacunas y refuerzos contra el COVID-19 y (hasta cierto punto) el uso continuo de medidas sanitarias, pero eso no debe hacernos olvidar a todas las personas que desafortunadamente fallecieron durante esta pandemia y al personal médico (quienes confrontaron la peor parte de la pandemia y nos dieron el ejemplo de cómo servir a nuestro país en tiempos de crisis). Ahora que por fin estamos de vuelta, ¿todo ha vuelto a la normalidad?

Aún tenemos un largo camino para volver a la “normalidad” en la que vivíamos previo al encierro, puesto que las clases en línea nos han afectado a todas y todos en nuestro rendimiento escolar, así como en nuestro futuro profesional. Hace un año, el Banco Mundial, Unicef y UNESCO publicaron un reporte llamado El Estado de la Crisis Educativa Mundial en el cual señala que nuestra generación tendrá una pérdida de ingresos, acumulada entre todas y todos los estudiantes, de aproximadamente el 14% del PIB mundial en 2020 (más de 10 billones de dólares). Lo anterior debe preocuparnos ya que, si antes las condiciones laborales eran escasas y las oportunidades limitadas, esta pandemia lo único que hizo fue ampliar estas circunstancias, lo que debería orillar a los gobiernos a plantear programas para: 1) reducir la brecha educativa, 2) mejorar la calidad educativa, 3) buscar la atracción de inversión privada para fomentar un crecimiento económico sostenido a la par de generar más empleos y 4) fomentar programas de innovación y emprendimiento. De esta manera, las futuras generaciones podrán llegar (quizás en un mediano plazo) a disfrutar de condiciones más prósperas, algo que desafortunadamente es muy improbable que mi generación pueda gozar en los próximos años (aunado a las pésimas decisiones en que se han tomado a nivel federal en materia educativa y de inversión pública).

Lo anterior es el enfoque económico que tenemos al frente, si pensamos en retrospectiva, la universidad a distancia impulsó a las instituciones de educación superior a mejorar sus instalaciones e incluso innovar sus plataformas virtuales para maximizar el aprendizaje a distancia. Estas nuevas herramientas no deben desperdiciarse una vez que nos acostumbremos a la normalidad, por el contrario, deberíamos hacer uso de ellas para implementar cursos intersemestrales, remediales o de asesorías, con la finalidad de mejorar el aprovechamiento escolar de todas las y los estudiantes. En cuanto a la educación básica, el programa de “Aprende en Casa” fue un total fracaso, mantenido en secreto por parte de la SEP al no haber realizado evaluaciones diagnósticas a inicios del ciclo escolar 2020-2021 e inicios de 2021-2020; sin embargo, esto no tiene por qué desincentivar la creación de sistemas de educación a distancia para este nivel educativo. Cientos de miles de docentes en todo el país tomaron cursos de herramientas digitales, los cuales pueden utilizar para complementar la formación de las y los alumnos en diferentes materias: Por ejemplo, dejar materiales audiovisuales en los portales oficiales y actividades dinámicas para que cada estudiante pueda reforzar sus conocimientos en materias como matemáticas, español, ciencias, etc. Obviamente, lo anterior requiere de una planeación rigurosa y acompañada evidencia, y no dejarle toda la carga a las y los docentes (cosa que el nuevo Marco Curricular y Planes de Estudios para el año 2022 hace).

Debemos entender que nuestro retorno a las aulas de forma presencial no es el final de la crisis educativa, sino el parteaguas al cambio. Ahora es el momento crucial para tomar todas aquellas medidas que debimos reforzar, en cuanto calidad educativa y oportunidades, que las y los tomadores de decisión de la SEP decidieron ignorar con tal de darle gusto al presidente. Ante una política educativa deficiente, el inminente (y desastroso) cambio del marco curricular y la indiferencia de las autoridades educativas a nivel federal, corresponde a las entidades federativas y las instituciones de educación superior promover el cambio que necesitamos y enderezar al sistema educativo. Esto es sólo el comienzo de una nueva normalidad.

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